La escena ocurrió un día preciso, pero pudo haber sido un día cualquiera. El hombre sorteó los pasillos del Museo del Prado, en España, y llegó hasta su posición preferida, frente a los cuadros de Diego Velázquez que en Entre Ríos había visto en los libros y copiaba con la zurda urgente de niño curioso. Los miró como si fuera la primera vez. La gente se agolpaba asombrada ante la imponencia de Las Meninas, mientras en el otro pasillo los cuadros de Pablo Picasso veían pasar a los visitantes como el agua por las piedras. Guillermo Bekes quería, como los chicos traviesos, verbalizar el suceso. Pero estaba solo. “Sigue ganando Velázquez”, le dijo, pícaro, al empleado de seguridad. “Por goleada”, le respondió. Esa escena puede resumir el pensamiento del pintor santafesino dedicado al arte expresionista de pintar lo que ve sin caer en abstracciones que lo lleven a una realidad que no existe en la realidad. “La realidad es muy interesante”, dispara. Y por debajo de las lentes se ven sus ojos celestes riéndose.
 
Oficio de pintor. Nació en Santa Fe y a los siete años se mudó a Concordia y esa ciudad nombra cuando se le pregunta de dónde es. Vivió 10 años allí. Por la ventana de su taller -como nombra a su atelier- vio pastar los caballos, miró pintarse el horizonte con esos colores que buscó en su paleta, oyó a los pájaros suplicar por el sol y sintió el balido de Florcita, su cabra mascota. Cuando se mudó a Buenos Aires pensó que no iba a seguir pintando porque el escenario había cambiado: ahora veía el Obelisco por la ventana del taller.
Su primer contrato serio fue en la galería Praxis, cuando amanecían los años 90. Empezó a ser conocido y sus óleos salieron del país con su estilo: la pintura de género, el faro que ilumina el camino de su arte. “Mi concepto del arte de basa en el oficio del pintor, en la pintura de caballete, al estilo clásico, que no es el estilo académico, como la consideran hoy en día. Hay un error conceptual en creer que el paisajismo lo es, porque lo academizante es lo que baja línea desde los centros de poder. Y la pintura clásica es, hoy día, todo lo contrario: somos más bien underground y lo académico es lo llamado arte contemporáneo. Hace 20 años que no hay en los salones de ninguna galería paisajes clásicos. Nos rechazan porque no respondemos a un patrón establecido: no muestran un cuerpo desnudo, un bodegón, un paisaje, más allá de que responda a una idea de arte que no ha pasado de moda porque nunca estuvo de moda; es un género de la pintura que se pinta desde la Edad Media.
-¿Necesita una revolución la pintura?
-Sí, pero una revolución de verdad. Porque hoy está la falacia de que un artista que pertenece al ámbito académico se autoproclama rebelde para romper algo. Pero cuando hoy se hace una instalación no se está rompiendo nada, se está avalando un sistema impuesto. La revolución es anónima, viene por abajo y de pronto se ve. El mercado es un antídoto para la revolución; el rock, por ejemplo, que ahora lo auspicia Pepsi o Coca Cola. Ese es el símbolo de cómo el sistema se traga una revolución sin armas, sino comprándola. Desde mi pintura pienso que si logro que alguien se detenga a mirarla ya es un acto revolucionario. Tal vez la revolución pase por la quietud, por ver qué nos pasa adentro, por detener el tiempo que nos corre, por liberarnos hacia una actitud más reflexiva de la vida.
-¿No se choca eso cuando uno vende?
-Hay diagonales entre lo que exige el medio y las necesidades expresivas de uno, pero nunca renunciar a una expectativa íntima de lo que uno quiere decir. Eso sería negarse a sí mismo. Podés ganar dinero, pero no más que eso. Y hay muchas otras formas de ganar dinero.

El arte de mostrar. “El taller es mi lugar de vida”, confiesa. Allí se pasa el día pintando, toma mate, oye Sting o Bach y ya no colma ceniceros con puchos nocturnos. Le gusta el sol, disfruta de la maravilla de oír a los pájaros palpitar la salida del sol y, una vez que sale, disfruta de verlo asomarse entre los árboles. Guillermo se pierde en las palabras como en su mundo de relieves y entonces demora una eternidad en devolver el mate. Elige palabras como colores y a uno de ellos se sube para viajar a la infancia. Todavía no usa lentes ni sabe que algún día va a exponer a cuadras de su admirado Velázquez. “Soy el único pintor de la familia. Me conecté con la pintura leyendo un libro del Museo del Prado”, confiesa y enseguida, como si fuera un trazo en el lienzo, pinta una risa sobria, casi pudorosa. “La raíz clásica de mi obra tiene que ver con el entorno familiar que comparto con mi hermano, que escribe sonetos, a contrapelo de la época. Porque se trata de seguir un sentido propio y libre: ese es el camino del arte. Si uno no se siente libre de ir contra la corriente, siempre estará tergiversando su vocación”.
-¿Pintar lo vivido es como medir la distancia que tiene hoy con la infancia?
-El paisaje es un camino, nos conecta con la infancia, porque es el paisaje de la infancia el que nos acompaña toda la vida. En una muestra se acercó una señora muy paqueta, muy urbana y me dijo “Yo nací ahí” señalando la casita del cuadro. El arte que respeta la conexión con lo profundo de la vida es el único que tiene un valor; el que refleja la vida es el arte necesario.
Pero el hombre es amplio. “Me gusta mucho la pintura abstracta: una instalación, algo que genere un movimiento. Pero si el siglo XX trajo la idea de un artista libre que explore en sí mismo y exprese lo que allí encuentra, el siglo XXI obliga a todos a hacer lo mismo, a costa de todas las identidades culturales del planeta: hoy ver una muestra en Londres, en Japón o en Nueva York es ver el mismo arte, como si vivir en Japón no fuera distinto de vivir en otro lado. El arte clásico tiene una marca que proviene del contacto con el entorno. La famosa frase de León Tolstoi pinta tu aldea y pintarás el mundo no existe hoy como concepto, porque se pinta lo que se pinta en el mundo, no lo que se pinta en la aldea. Eso genera una confusión en lo que se considera arte contemporáneo, porque yo me considero contemporáneo: comparto el tiempo con todos los artistas que trabajan hoy. Lo cierto es que en las galerías y en los centros de arte, en las escuelas y en los talleres, es todo lo mismo”. Dice que esa bajada de línea abarca a la literatura y   que la música ha hecho una finta entre los intersticios de las reglas impuestas, como un quiebre de cintura de Lionel Messi.
En Madrid, donde vive la mitad del año, observa que el sistema se permite la diversidad. “Hay menos prejuicios. Acá si no hacés tal cosa no pertenecés a cierta elite.” Eso lo sufrió en un ArteBA que perdió su tinte diverso. “Se baja una línea uniforme; hoy está todo dentro de un concepto que elimina al paisaje. Es imposible entrar allí con una pintura de género. En otros países, las ferias son ferias y el jefe es el público, al elegir. En las ArteBA que participamos, los paisajes llevábamos la delantera en ventas porque este arte va directo a la emoción; no tenés que leer 200 libros de arte para disfrutar de un buen paisaje. La pintura es para analfabetos, así surgió. Pero eso no pasa hoy con el arte contemporáneo, donde nadie se detiene, jamás, en una obra. Van porque hay que ir”, dispara.  
-¿No será que otros no tienen demasiado para contar?
-Puede ser. Hoy hay poca introspección. Vivimos en una época de hipercomunicación sin mucho que decir. Estamos conectados por todos lados, pero decimos bolucedes y eso nos desconecta de nuestro adentro, cuando toda expresión proviene de allí: yo pinto porque tengo que decir cosas y no puedo decirlas de otra manera. Así me comunico con mi medio.