Así como ocurre en Roma con Gian Lorenzo Bernini y en Barcelona con Joan Miró, pasear por San Fernando del Valle de Catamarca es, al mismo tiempo, visitar un museo a cielo abierto con las obras de Raúl Guzmán. Desde el imponente Monumento a la Mujer Aborigen, en el mirador del dique El Jumeal, hasta murales en rincones escondidos, más de 30 obras esparcidas por la capital provincial generan una conexión instantánea y permanente con los primeros pueblos que habitaron estas zonas de la Argentina, y resumen a la vez una búsqueda en continua evolución. “Muy de chico, cuando ya pintaba, recorría las zonas cercanas a mi casa, que todavía eran bastante vírgenes. Era muy común que encontrara piezas arqueológicas con las que me quedaba fascinado. Más que pensar en el pasado, me llevaban más hacia el futuro, por la abstracción que tenían y por el sentido expresivo de las obras. Yo volvía a enterrar las piezas para resguardarlas, pero me quedaban las imágenes en la cabeza. Eso me sirvió para valorizar y salir a reflejar nuestras raíces, mostrar que tenemos un tesoro valiosísimo”, dice el artista plástico nacido en Andalgalá.
Si bien al día de hoy no abandona la pintura clásica en caballete, desde hace más de 40 años que Guzmán tiene claro que su campo de acción está en las grandes dimensiones. Fue así que comenzó a diseñar las escenografías de festivales populares como el del Poncho y el Aguardiente, y pronto conectó con el movimiento muralista que tenía a su admirado Ricardo Carpani como uno de los motores principales. Siempre desde los tópicos precolombinos, su obra empezó a tener presencia en buena parte del país, a llamar la atención de coleccionistas en Estados Unidos, Alemania, Chile y México, y a compartir cartel con consagrados como Pérez Celis y Luis Felipe Noé.
La figura de Guzmán en su Catamarca natal tomó todavía mayor dimensión a partir de la inauguración en 2003 del monumento y portal al Parque Adán Quiroga. Un trabajo que homenajea las culturas Cóndor Huasi, Aguada y de los Valles Calchaquíes, cuya base está construida con piedras de cuarzo y que incluye puertas trapezoidales como una semblanza a los restos del  poblamiento incaico “El Shincal”, descubierto por el reconocido escritor y arqueólogo sanjuanino que le da nombre a la principal área verde de la ciudad. Fueron momentos también en los que el artista se vio seducido a transitar terrenos inexplorados y con perfil más alto, como la política, en una experiencia como diputado provincial que terminó en una resonante ruptura con Eduardo Brizuela del Moral, gobernador hasta fines de 2011.
En su casa en la zona de Huayra Punco, acariciando a su perra Frida, Guzmán se siente cómodo otra vez de vuelta en sus bases. Prepara la confección de un mural de 65×8 metros en Rodeo y también proyecta una muestra individual en el Palais de Glace de Buenos Aires para mitad de año. Eso sí: siempre se hará lugar para, cada 1 de agosto, rendirle tributo a la Pachamama, en el pequeño monumento que moldeó con sus propias manos y erigió en su puerta de entrada.
 – ¿Cuánto le costó instalar los temas que reivindican a los pueblos originarios?
– La verdad que mucho. Recuerdo el momento de inaugurar mi primera obra pública, el Monumento al Aborigen en Valle Viejo. Llegaba a trabajar en la piedra y veía escrito todo tipo de calificativos negativos. Hubo que enfrentar esa tormenta. Algunas personas decían que estaba destapando tumbas de algo que ya pertenecía al pasado. Porque yo quería reflejar nuestra cultura, los orígenes. Yo sentía que el avance de otras culturas nos iba a destruir, iba a ser ajenas a nosotros, entonces veía que teníamos que hacernos fuertes en nuestra propia identidad.
– ¿Siente que es un movimiento y una búsqueda que está con más fuerza que nunca en el país?
– No sólo en el Norte, sino también en el centro del país e incluso Buenos Aires, está creciendo totalmente, la gente se va sintiendo identificada en las culturas precolombinas. Hay mucha más visibilidad que antes. En ese sentido, el Bicentenario rescató la historia no contada. Así aparecieron personajes federales de la historia y caudillos que estaban prohibidos y desprestigiados por tantos años. Hoy hasta los medios de comunicación reflejan esa historia.
– ¿Cómo aprovecha los materiales naturales de donde vive?
– En algunas obras busco reflejar los atardeceres y amaneceres, que en esta zona son tan distintos. Hay mucha riqueza cromática incluso durante el día. Tenemos la suerte de tener un cielo limpio, entonces podemos rescatar violetas, azules, tierras, muy rico. Tenemos una geografía muy importante, caminamos sobre una paleta bellísima y también piedras muy llamativas, que vamos incorporando a los murales y se va armando como un mosaico.
– ¿Cómo llegó a especializarse en los murales?
– El arte público me apasiona. La gente ve cómo se procesa una obra, se integra, pregunta, a veces colabora y esa es una forma en la que la gente se siente compenetrada y la sienta propia. Es sacrificado, porque hay que estar a la intemperie y luchar contra los agentes climáticos, pero es apasionante estar hasta altas horas de la noche, uno se siente con mayor libertad. En cualquier caso, el resultado siempre es una recompensa. El arte es transformador, puede sacar incluso a la gente de la perdición. •