Por Patricia Blanco Fernández

Si se toma cinco minutos, ¿qué hace? Todos conocemos la respuesta, porque una publicidad la hizo famosa y nos hizo ver el valor que tiene relajarse frente a una exquisita taza de té. Costumbre inglesa de las cinco de la tarde, ritual chino repleto de secretos, el té es, por naturaleza, una infusión única. Eso todos lo saben. Pero la novedad es que la Argentina ocupa el séptimo lugar como productor mundial de esta infusión y que exporta casi todo ese volumen. 
Sin embargo, con los sommelier a la cabeza, no son pocos los que le reclaman al té argentino un salto de calidad que le permitiría conquistar mercados más exigentes como el europeo, algo que no se produce por falta de inversión. En el sector predominan los productores pequeños, que se dan por satisfechos con los compradores seguros que supieron conseguir y que no tienen margen para tomar riesgos.   
El ingeniero agrónomo (magister) Sergio Prat Kricun es quizá la persona que más sabe del manejo y mejoramiento en la producción de té en la Argentina. Desde las oficinas del INTA en Cerro Azul, Misiones, trabaja desde hace 38 años a la par de productores para desarrollar tecnologías que los beneficien. Así, avanza en estudios de nuevas variedades que aporten a la diversificación genética de los clónales híbridos de té. “El té es muy buen negocio -dice Prat Kricun a ‘El Federal’-. La Argentina produce entre 90 y 95 mil toneladas de té por año. Esas 90 mil toneladas significan 90 o 100 millones de dólares por año. Solo cinco o seis mil son destinadas al mercado interno, porque el resto se vende en el extranjero. Y si hiciéramos más, también lo comprarían”.

Estamos invitados. De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el ranking de la producción mundial del té lo encabezan China e India, seguidos por Kenya y Sri Lanka, Turquía e Indonesia. Ahí llega el lugar de la Argentina. El 55 por ciento de nuestro té se envía a los Estados Unidos y un 20 por ciento, a Chile, señalan las últimas estadísticas. En el exterior, el té argentino es considerado de “llanura”, porque se desarrolla entre los 250 y los 300 metros sobre el nivel del mar. Es la zona más austral del mundo donde crece este cultivo.
Sin embargo, el mejor té del mundo se cultiva en la zona norte de la India, a una altura de 2.000 metros sobre el nivel del mar. En las plantaciones situadas a mucha altitud, la planta del té naturalmente crece mayor lentitud, lo cual lo convierte en una bebida particularmente sutil y aromática.
Por eso, dicen los expertos, sería muy difícil hacer crecer en el país variedades como el té rojo o el blanco, que sin embargo podemos encontrar en las góndolas de los supermercados como si fuesen un producto local.
“Tenemos un problema de altitud que es imposible solucionar para pensar en esos cultivos -explica el sommelier de té Horacio Bustos-. Eso nos perjudica para enfrentar otros mercados y se nos hace muy difícil competir. Pero, de todas maneras, las semillas que importamos deberían ser de mejor calidad, para poder ofrecer un té argentino de selección”.
Según Bustos -profesor del Centro de Estudios e Investigación sobre Té (ICAT)-, “los argentinos podríamos exportar productos de mejor calidad, pero para eso es necesario inversión. El problema es que el 95 por ciento de los productores locales disponen de pocas hectáreas y, por lo tanto, de pocos recursos. Son productos muy rústicos, como eran los vinos argentinos en los años 70”.
Las palabras del sommelier se ven corroboradas por un reciente informe del Consejo Federal de Ciencia y Tecnología (Cofecyt), que recomienda “lograr una mayor eficiencia de los cultivos, mejorar paulatinamente la calidad del té, y la capacidad para ofrecer un producto con mayor valor agregado”, con el fin de llegar a mercados “más exigentes, como el europeo”.
Para los expertos del Cofecyt, el principal problema de las plantaciones argentinas es que “son de gran heterogeneidad, como consecuencia de la utilización de semillas de diversas procedencias” y ”los brotes obtenidos a partir de estas suelen ser pequeños y con hojas duras”.

Te quiero así. Sin embargo, el ingeniero Prat Kricun refuta, convencido, estas expresiones: “Los sommelier saben de sabores, pero nosotros sabemos de agricultura. Podemos hacer un té de excelente calidad a nuestra altura. Nunca vamos a poder hacer variedades como las de la India, pero se puede hacer un té muy bueno, como hemos logrado realizar con los vinos. Somos diferentes de los vinos franceses, pero hemos creado la marca del vino argentino. Podemos hacerlo también con el té”.
Al respecto, el especialista del INTA afirma que la necesidad de mejorar la producción estará dada por las iniciativas que tenga el sector. “Hacemos este tipo de té porque hay un mercad que nos compra y que quiere este tipo de té de baja calidad. Si quisiéramos producir el doble de la cantidad que tenemos hoy, lo venderíamos tranquilamente. Hay suelos adaptados, tecnología y conocimiento. La Argentina tiene todas las posibilidades para hacerlo porque la demanda existe”.
Ante ese escenario, la pregunta lógica es por qué, entonces, no se hace. “Porque hacer una hectárea de té es una inversión importante, y no de corto plazo. Son varios miles de dólares que se van a ir recuperando a lo largo de 25 años. Y hay que pensarlo bien. Por eso, como ya se manejan volúmenes importantes y mercados seguros, algunos productores piensan que invertir en un té de mejor calidad no es un buen negocio en este momento. Un cambio implica una gran inversión y pensarlo bien. Pero si se quisiera, podría hacerse sin inconvenientes”.