Fotos Marcelo Arias

Dejamos la ruta y vamos por un camino rural, un mejorado de tierra firme rodeado de monte. En medio del camino, sin razón aparente, el también chaqueño Marcelo Carbajal frena la camioneta en un altar donde un puñado de cintas rojas se revuelven con el viento. “Acá hay que parar porque esa tumba evoca a un señor que le mataron acá. El mito dice que si no paramos ahora, podemos tener un problema en el camino”, explica. A esta zona mágica de Puerto Tirol, monte adentro, con palmeras y árboles verdes por las extraordinarias lluvias de este año, llegamos para conocer a un ganadero de otro tiempo, un hombre que empezó con cinco vacas.

Primero cruzamos el río Salado y después la tranquera; damos con el campo Don Loncho. El sol transforma el pasto, prolijo y verde, en una alfombra multicolor. Mario se presenta con el apellido y aprieta la mano con fuerza. “Schipani”, dice y, por cortesía, se quita su gorra de cuero con la que ataja el extraño y cálido sol de un invierno que parece primavera. Estamos en Puerto Tirol, Chaco, adonde llegamos de la mano del veterinario Marcelo Carbajal, hombre que conoce El Impenetrable con pelos y señales, pero que también sabe que en la provincia, zona de productores de terneros, hay uno que con servicio directo, sin alimento balanceado y casi sin personal, hace los mejores terneros de esta región: se llama Mario Schipani. 

Una vez que saluda, con un ademán que nadie ve, Mario se vuelve a poner la gorra. Tiene los ademanes simples del hombre de campo, las manos grandes y rústicas, una sonrisa pudorosa y un temor que los compradores –estafadores que tienen feed lots- le convirtieron en ingenio. El hombre cuenta todo, como quien demuestra que el único secreto es esto que hace todo el año, cada día de estos días y de los otros que vendrán: trabajar. “Los vientres que están acá son nacidos y criados acá”, dice. Empezó en 1996 en este campo que era de su abuelo, el hombre que le enseño a trabajar la hacienda: era cuando con una vaca se compraba una hectárea: tenían 1300 vientres.

Habla de domesticar la hacienda. “¿Domesticar?”, le preguntamos. Explica: “Claro, porque si yo los acostumbro de una vez, después las llamo y vienen; se me facilita el trabajo para cambiarlos de potrero a los terneros”. Sus animales son mansos y él lo demuestra así: toca una vez la bocina de la camioneta: el ruido se pierde en un verde de pastizales. Las vacas levantan la cabeza de la gramilla y miran. Él se baja de la chata y grita. Cuando ellas escuchan su voz, vienen conducidas como por un imán. Mario sonríe, como chico que acaba de cometer una travesura. Y, por pudor, habla de otra cosa.

El hombre de las cinco vacas

Esta es tierra arrasada por La Forestal, como le dicen a la empresa productora de tanino que aún funciona en Puerto Tirol. Cuando se llevó todo el quebracho de esta zona, también arrancó con las vías del tren de trocha angosta con que transportaba esa preciada madera: se llevó hasta los durmientes. En esa tierra devastada hizo magia Blas Schipani, el abuelo de Mario, que le compró a la empresa hasta el puente que cruza el río Salado y figura en la escritura de este campo. De otro modo, hasta el quebracho del puente se hubieran llevado.

“Me dedico a hacer terneros de invernada”, se destaca Mario. Habla con orgullo de los 250 vientres Braford que tiene en servicio. Tiene servicio natural, directo, desde noviembre. Le compra genética a La Leonor, de Cabaña Las Lilas. “Trabajo todo mi rodeo con tres toros”, cuenta. Tiene un 80 por ciento de preñez y casi un 100 por 100 de terneros que se crían.

Abre la tranquera y entramos: dos toros monumentales comen. Mario los acaricia, les da palmadas en el lomo, les habla. Dice que un toro le falló, pero va a cambiarlo. Con esos dos preñó vacas de las que nacieron 212 terneros, 204 de los cuales se criaron. “La asistencia al nacer es lo que reduce o aumenta la merma”, explica. Los toros sirven hasta febrero y viven siempre a campo. Siempre. Entoró vacas con terneros al pie: de 150 y se preñaron 130.

Acá hay garrapata, un verano duro que la multiplica y un invierno que echa un manto blanco de hielo. Esto último, por suerte, no ocurre. Dice Mario que en octubre/noviembre, con las primeras lluvias, hay que empezar a revisar a los animales y a bañarlos contra la garrapata porque aparecen cada 20 días, pero sin pasarse de la raya para no atentar contra los anticuerpos que crea el animal por sí solo.

El 1 de noviembre los toros están de fiesta porque entran en servicio. “Desde que empiezan a nacer los terneros hasta febrero, cuando saco los toros del servicio, es donde concentro mi trabajo. Me preocupo por el estado corporal de las vacas, que sea progresivo y que se sostenga ese peso”, dice mientras cantan unos pájaros que aterrizan en un ombú inmenso.

Un gaucho en cuatriciclo

Para aprovechar su tiempo y poder recorrer todo el campo, Mario debió dejar el caballo sólo para pasear y anda el campo en cuatriciclo: son 900 hectáreas heredadas de la familia que debe recorrer para cambiar a las vacas del potrero, para asegurarse de que les esté llegando el agua, para controlar que ningún cuatrero le corte el cuello a sus terneros. Dentro de su campo, hizo 7000 mil kilómetros en tres meses en el cuatriciclo. Pero no porque le gusta la velocidad, ni las trepadas, ni la adrenalina. Mario entendió que había que aprovechar el tiempo. “Igual ahora estoy de vacaciones”, dice, porque las vacas están siendo servidas. Su trabajo mayor es cuando los terneros nacen. Ahí trabaja las 24 horas.

Vende con 180 kilos de promedio, que despacha entre marzo y abril. “En la venta se tranca todo, porque vienen los intermediarios para hacer su negocio. Estamos siempre renegando con el precio de la venta”, se lamenta, mientras nos metemos en los potreros para ver sus animales. “Esta es mi sala de maternidad”, dice, entre risas. Hay árboles grandes, una brisa apenas fresca, un sol glorioso y un grupo de vacas. Las vemos acá y pensamos que Marío no cría vacas, cría vacas felices. Porque todo ocurre bajo el cielo chaqueño, sin techos ni salas de laboratorio, sin pajuelas, sin otra cosa que la naturaleza. Demuestra que así también se puede producir vacas de alta calidad.

El problema es que tiene que vender de contado por la falta de seriedad en el negocio: algunos feddloteros de Salta y Tucumán pasaron por Chaco y dejaron el tendal de una deuda que a mucho productores chaqueños los dejó en la loma. “Los intermediarios hicieron desastres acá: estafaron a cinco productores por tres millones de pesos”, se indigna Mario. De todos modos, por hombres como él, pujantes y creativos, es que el Chaco se va metiendo en el mapa de la ganadería nacional. Hay algunas cabañas de afuera que se instalaron en la provincia, como Don Pano, de Corporación América, de Eduardo Eurnekian. Y hay otras en los alrededores de Resistencia que se meten entre los mejoradores de raza más importante de los Brangus y los Braford. Pero prevalecen los tipos como Mario, laburantes por sobre todas las cosas.

A rotar mi amor

Va rotando los terneros por los potreros, un trabajo que hace cada cinco o seis días. Le pone una carga alta al potrero, porque el suyo es un sistema de rotación intensiva. Todo depende de las lluvias y el rebrote posterior. “Siempre entro a los animales en los potreros cuando el pasto haya semillado, que sea pasto maduro”, dice. Tiene 28 potreros para rotar las vacas, donde tiene toros, vaquillas de primer servicio, vacas preñadas, vacas vacías y vacas de rechazo de venta. Hoy tiene cinco ocupados porque hay piquetes que no se ocupan por tres o cuatro meses. Eso le permite a las pasturas (licantio) reverdecer, desarrollarse y madurar.

Además de inventar una parrilla circular, está diseñando una desmalezadora para talar una parte del monte que le impide el uso. Mario es, además de un trabajador, un creador. Mario cuadriculó los campos con alambre con boyeros: le puso logística al campo. “Sin infraestructura no se puede hacer nada y sin manejo tampoco”, dice. Por eso tiene balanza, piletas de agua, bolleros de cuatro hilos.  

Registra el ternero con sexo y fecha de nacimiento más número de caravana. Sus animales parecen vacas de cabaña más que animales de rodeo que tras ser engordados terminarán en el matadero. Mientras él atiende el nacimiento, le pasa el dato a su mujer. “La patrona”, como dice él. “Y este año voy a identificar al ternero con respecto de su madre y voy a separar machos de hembras.”

“Aviso a base para que preparen el mate”, dice. Toma la radio. Llama a la mujer. Cuando volvemos a la casa, ella no está, pero sí el mate y el termo, listos, en la galería. “Todo lo hice con mi ingenio: ensayo con mi plata”, dice, mientras se ríe y cebas mates amargos. La tarde se hace atardecer y el sol va poniendo naranja todo el verde. Mario nos vuelve a dar la mano. La aprieta fuerte, se vuelve a sacar la gorra por cortesía. Subimos a la camioneta y nos vamos. El hombre que nos saluda con la mano quieta en el aire es un fuera de serie la ganadería moderna, aunque él se crea uno más.