Para encarar al mundo de a caballo hacen falta unas cuantas condiciones que Eduardo Díscoli siempre creyó tener y decidió poner a prueba en aquellos difícilmente olvidables días de 2001. Entonces tenía 51 años y ya nada le impedía hacerse al camino. Por motivos de su futuro viaje o de la vida misma había vendido la chacra en la que tenía un criadero de cerdos, se había separado y antes de partir liquidó los pocos bienes materiales que le quedaban.
Montando alternativamente a El Chalchalero, Niño Bien y Chajá, pretendía, en  principio, emular el extenso recorrido que Gato y Mancha hicieron en 1925, pero casi cuatro años más tarde, los 18.500 kilómetros que anduvo lo entusiasmaron para redoblar el desafío. “Se le toma como una adicción al camino después de tanto andar. Tengo que admitir que tuve mucha suerte pero los caballos tienen algo especial y me abrieron muchas puertas”, reconoce el viajero. Cuando llegó a Estados Unidos, la empresa Coca Cola fue su sponsor en ese punto del camino y le costeó el viaje hasta Holanda, cruzando el Océano Atlántico a él y a dos de sus caballos, un Mustang que le habían regalado en Estados Unidos, y a El Chalchalero. Ya en Europa, desde Amsterdam, comenzó un recorrido que culminó varios años más tarde en Israel.
Sabía que en su viaje hallaría un panorama muy distinto al que Aimé Tschiffely debió sortear setenta años antes. La partida había sido de algún modo rimbombante. El Día del Caballo Criollo le había secundado varios jinetes desde el predio de la Sociedad Rural de Palermo portando las banderas de los países que pensaba atravesar en su camino hacia el Norte.   Se despidió de sus dos hijos, Agustina y Juan Ignacio, y unos días más tarde se puso en marcha desde su Santa Lucía, un pueblo de 2 mil habitantes en el partido de San Pedro, el mismo en que vive actualmente y donde atiende a El Federal durante una calurosa mañana, en el salón de un boliche cuyas paredes están empapeladas con recortes de diarios de distintas nacionalidades que lo entrevistaron a su paso. 
Cabalgó rumbo al Norte, por Salta pasó a Bolivia y casi sin sobresaltos llegó hasta Colombia. Por el camino le fueron regalando caballos típicos de cada país: acumuló uno peruano, uno colombiano, uno azteca y el mustang que cruzó el mar.

EL DIARIO DE TODOS. Tuvo el auspicio de la Cancillería y los consulados. En cada país iban avisando al próximo de su presencia en el mismo para que lo estuvieran esperando. En su recorrido fue armando un diario de viaje con los mensajes que enviaba a sus amigos y las respuestas de estos, más las fotografías que la gente colgaba en la página   HYPERLINK “http://www.deacaballoalmundo.com/”www.deacaballoalmundo.com, que será el eje del libro que ya se halla “casi listo” y en el que contará las glorias y peripecias de un viaje tan particular.  
Según ese mismo diario, en diciembre estaba en Potosí y el 25 de mayo de 2002 participó de los festejos de la Revolución Americana junto a las autoridades peruanas en el acto oficial de ese país.
Sin embargo, un poco más al Norte comenzaron algunas peripecias que después se reiterarían en distintos puntos del camino. Uno de sus caballos se empantanó, y de no haber sido por unos lugareños que lo ayudaron a rescatarlo, se lo hubiera tragado la ciénaga. Le robaron su dinero de la alforja cuando regresaba en un bus, luego de una recepción que le habían brindado durante un partido de polo. En plena zona selvática una víbora se le arrojó sobre su montado y le provocó además del golpe una demora importante, pero entre peripecia y goce fue atravesando Ecuador en medio de una bellísima geografía conformada por montañas y volcanes con temperaturas bajo cero, en zonas de altura y hasta se fotografió frente al monumento que recuerda la batalla donde combatieron las tropas del general Juan Lavalle, en Riobamba, y más tarde en Pichincha.
A poco de llegar a la capital, estuvo a punto de caer al vacío desde un puente colgante, que sus cuadrúpedos sortearon a duras penas,  aterrorizados.
Cruzó por las zonas más violentas de Colombia con una boina blanca con el símbolo de la cruz roja a fin de no quedar en medio de los cruces entre los guerrilleros, los narcotraficantes y los militares. Encontró allí mujeres bellas y hombres fanáticos de los caballos que llegaron a organizar durante su visita un desfile de equinos dentro de un restaurante durante el cual  comían y bebían montados.
Luego debió  aguardar una cuarentena por motivos sanitarios para ingresar a Panamá, donde llovía torrencialmente y a veces había terremotos. Para entonces ya había tenido que dejar a Chajá, uno de sus caballos que se hallaba enfermo y sin posibilidad de continuar la marcha.   

EASY RIDER. En el viaje lo fueron auspiciando la gente ligada a los caballos, los polistas y las instituciones hípicas. Díscoli fue jugador de polo en el tiempo en que ese deporte era amateur. La metodología era sencilla y hasta amena. Organizaban un asado, cobraban una entrada y hacían algun sorteo. “Recorrí de esa manera 33.900 kilómetros de 35 países en nueve años”, dice Díscoli. Su voz grave retumba en los rincones altos de ese almacén de campo, de piso de ladrillos donde vive en una de las piezas de lo que él mismo denomina con el antiguo término de “fonda”. Relata que su viaje era un sueño de juventud y que a pesar de haber nacido en ese pequeño pueblo donde la familia tenía campo, estudió derecho, fue procurador y martillero público. “Le vendí el campo a mi hermana, en parte para realizar este viaje”, recuerda.
La diversidad de lenguajes extraños no lo halló desprevenido. “Durante mis años de estudiantes había aprendido inglés y francés, dos idiomas que me sirvieron mucho. Y en las esperas que tenía para ingresar de un país a otro los estudiaba para afianzarlos un poco más. Yo he tenido mucha suerte y Dios y la Virgen me acompañaron porque cada vez son más las prevenciones sanitarias que se imponen. Yo he estado hasta dos meses esperando para ingresar a un país”, recuerda con fastidio. Recibió cantidad de regalos entre las que se cuentan monturas, caballos, lapiceras y sobre todo banderas, que iba dejando en los consulados para no recargar tanto el equipaje (llegó a acumular doscientas que están en la embajada argentina en Francia).
A paso lento y con muy poco dinero subió por América  Central, con muchas precauciones sobre la seguridad y recibió la solidaridad y hospitalidad de gente que organizaba cócteles para costearle otros tramos del viaje. “Me iba acompañando con la guitarra. En cada lugar en que había argentinos seguro que hacíamos un encuentro grande y había asado y guitarreada. Se cobraba una entrada y sorteábamos las herraduras de los caballos para obtener algo más de dinero para el viaje”. Para entrar a Estados Unidos tuvo que pagar 3 mil dólares para ingresar los caballos. 
De Holanda pasó a Bélgica durante el frío diciembre europeo de 2005. Y sin permiso oficial y con la complicidad y colaboración de algunos argentinos residentes en París, consiguió filtrarse con los caballos en la ciudad y tomarse una fotografía con la torre Eiffel de fondo. Fue acompañado durante un día por la televisión francesa y su presencia no pasó inadvertida para los medios. “Mas adelante se cortó la cadena de los centros ecuestres y centros de equitación que habían sido mi sitio de hospedaje y estuve durmiendo en puertas de iglesias, granjas, estaciones de tren y a orilla de lagos y ríos”, dice Díscoli, y se acuerda de que el frío no terminaba de irse aun entrada la primavera.
En la ruta 340, cerca de Barcelona, cruzando un puente angosto, fue atropellado por el acoplado de un remolque que ni se enteró del suceso. “A mí me despidió en el impacto hacia un guarda rail contra el que perdí un diente. Por suerte no fue grave, aunque Chalchalero se hizo una herida que poco a poco fue sanando.” Luego llegó al Vaticano, donde el cónsul le arregló una encuentro con el papa.   
EL ESTE. “En Eslovaquia, por un artículo periodístico de un diario local que lo llamaba doctor Eduardo, me confundieron con un mano santa y los automovilistas paraban para pedirme curas milagrosas. Yo, como no había leído la nota, no entendía nada. Hasta que la vi y entonces me interné en una ribera rocosa para tratar de entrar lo más rápido a Hungría, donde fui invitado a grabar junto al guitarrista chileno Patricio Baeza”, dice entre risas ya que se reconoce un cantor muy desafinado.
“Tuve varios incidentes, pero el más grave fue un intento de robo complicado cuando unos gitanos, en Bulgaria, a bordo de un carro, intentaron primero comprarme los caballos y, cuando les dije que no estaban a la venta, comenzaron a amenazarme para que se los entregara.”  En un precario y confuso inglés, ayudado por señas mucho más explícitas que sugerían que le cortarían el cuello, entre otras cosas, los gitanos comenzaron la persecución tratando de obtener un bien inestimable en Bulgaria como son los caballos. Para suerte de Díscoli, hubo una acequia que sus perseguidores no pudieron badear y allí termino esa historia. Pero lo esperaba algo parecido a pocas horas y así lo relata en su mensaje a un amigo: “Me dejaron despilchado. Fueron unos gitanos en una ciudad cercana a Sofía. Dejé el equipaje para ir a Internet y a mi regreso todo estaba revuelto, de los aperos de los caballos no tocaron nada, solo se llevaron las herraduras. Era una familia muy pobre, vivían en una especie de vagón de ferrocarril, dormían de a ocho en una pieza”.
El viaje también tuvo la otra cara, la del placer y el reconocimiento. Fue condecorado, tratado como un turista ilustre y hasta invitado a visitar el legendario castillo del conde Drácula en su paso por Transilvania. Los residentes argentinos y los consulados le facilitaron mucho el paso por los países. En varios lugares armaron grandes recepciones que generaron recursos económicos para descomprir la asfixiante situación económica que lo acompañó en buena parte del camino.   
En Grecia, debido a la negativa por parte de Turquía para pasar por allí y seguir rumbo a Oriente, lo obligaron a embarcarse hacia Israel sin saber que entraba en un sendero sin continuidad ni retorno. Por cuestiones burocráticas y sanitarias, no pudo seguir ni hacia Jordania, ni a Egipto y tampoco a Siria.
En Israel finalizó un largo camino que hombre y caballos hicieron juntos. Allí también quedaron esos dos caballos por los que Díscoli busca ayuda económica para poder repatriarlos a un costo de 20 mil dólares. Quizá esos animales que conocieron todos los climas y geografías de tres continentes algún día puedan trotar nuevamente por esta llanura de la que salieron, sin tantas ambiciones, hace diez años a caminar por el mundo.