Reúne canciones, como hilos de una urdimbre, sin pensar en un disco. Usa una expresión: ir haciendo. Después junta lo que el río de un concepto amontonó, como si cada canción fuese el tronco de un jangadero que fuerza propia une la corriente. Es entonces cuando Carlos “Negro” Aguirre graba.

Cuando se sienta para explicar eso, detiene la mirada de ojos verdes, como si el aire hubiera dejado de latir. Usa ese espacio para pensar, pero es como si viera correr el río sobre las ramas de los sauces que lo besan. Esa cara tiene cuando piensa, como si fuese a mover la reina o el peón. Cuando saca la vista del tablero de ajedrez, o del aire detenido, habla. “Alude a ritmos folklóricos latinoamericanos, pero no en estado puro. Tiene espacio de improvisación, aparecen los ritmos mixturados. Es una mirada latinoamericana, pero manipulada desde lo rítmico, porque me propuse un abordaje desprejuiciado”, avisa sobre “Orillania”, su nuevo disco, que empezó a nacer con sus pies caminando por las venas del continente. Viajó por América Latina, conoció los cultores de cada música, los ritmos que viven en las entrañas donde hundió el oído, como la pala de un remo en un río de música. El resto decantó: una canción por una vivencia, que casi siempre maduraba cuando el viaje ya había terminado.

Pueblos que cantan. Parece tímido Carlos, abstraído del bullicio del bar. No afirma rotundo, aunque se lo nota seguro. Vive en la entrerriana Paraná, a 50 metros del río marrón. Pero nació en Seguí, a 60 kilómetros de la capital de Entre Ríos, adonde vivió hasta los 14 años. Desde allí viajó a Paraná para estudiar una carrera ligada a las ciencias naturales. Intentó torcer el destino, pero en Paraná se quedó sin lugar y debió emplearse en un comercio, justo lo que no quería. Quemaba el fuego de la última dictadura militar y en ese caldo se cruzó con militantes del PC, del PI, de la FEDE, con quienes guitarreaba las milongas de Alfredo Zitarrosa, las loas al río de Aníbal Zampayo, el desgarro de Víctor Jara. “Ahí se gestó mi mirada latinoamericana”, dice. La moza del bar corta lo que parecía un viaje sin boleto a la adolescencia. Carlos retoma el cauce: “Ahí arranca eso: tener una mirada más abarcadora. Y también algo que pensé y fui confirmando en los viajes, que no es nada iluminado: las fronteras son un capricho del poder económico. Cuando hablás del Litoral, hablás de Chaco, Santa Fe, Uruguay, además de Corrientes, Entre Ríos y Misiones. Tenemos que asumir que somos negros también: somos eso, somos los pueblos originarios y somos también lo afro, negado históricamente”.

-¿No te parece que está cambiando eso, que Sudamérica empieza a mirarse los pies para ver adónde los tiene apoyados?

-Si, claro. Y en eso pongo a Evo Morales a la cabeza, porque por primera vez se reconoció que somos eso también. La balanza nunca había ido para ese lado: que un gobierno se rija con la lógica de pensamiento de los pueblos originarios, que no es la lógica hegemónica.

-Tal vez por ese cambio es que tu disco no está ajeno a este momento histórico. No se si hubiera sido posible grabarlo hace 10 años.

-No fue consciente eso en mí, pero es verdad. Porque también hay en el disco un montón de cruces con músicos del continente. Antes, tener un intercambio musical con Brasil era impensado y ahora pasa. Y es natural.

-¿Qué porcentaje de ese “ser latinoamericano” le toca a la música?

-Es un porcentaje importante. Porque la música, a través de la letra, reúne muchos otros aspectos de la cultura. Pusimos el ojo, en lo político y en lo cultural, en donde debíamos: no mirar tanto a Europa ni tomarla como juez. Muchas canciones aluden a comidas, a prácticas de la gente, a costumbres. En Salta reconocí lugares que ya conocía en las zambas de “Cuchi” (Gustavo Leguizamón) y fue alucinante eso. Simón Díaz en Venezuela, Daniel Viglietti en Uruguay, Víctor Jara y Violeta Parra en Chile, Chico Buarque en Brasil, Don Atahualpa aquí han sabido contar su lugar. Y cuando vas a esos lugares, vas para reconocerlos, porque ya los conocés por la letra, que funcionó como una foto del lugar, muy fiel al espacio que narra. Por eso la música engloba varias otras expresiones a la vez: hay un candombe uruguayo que habla de Figari, el pintor, otra de un venezolano que habla de los amores de Cabré, un impresionista de ese país.

Ritmo camaleón.  El río de las palabras sigue corriendo lento para él. Aguirre mira con ojos inquietos cuando cuenta su estrategia para entrarle a las canciones desde una mirada más personal. “Trato de ir a las fuentes, de procurarme una versión del compositor, porque hay rasgos que son como las huellas digitales de la canción y que si se los borrás, desaparece la canción como tal y puede ser cualquier canción. En eso, la melodía es fundamental y por eso la respeto a full. La armonía es un atuendo que tiene la melodía. Una melodía con una identidad fuerte resiste diferentes atuendos, entonces se puede experimentar con eso, armonizarla de diferentes maneras. Con la armonía podés jerarquizar algunas palabras para que resuenen más importantes: proponer una escucha selectiva de la canción, porque neutralizás una parte y resaltás otra, pero eso se da a partir del piso de la melodía.” Eso cuando reversiona. Cuando compone, ocurre esto: “Trato de hacerme zancadillas: voy por caminos diferentes cada vez y cada canción la empiezo desde un lugar distinto. A veces empiezo escribiendo, a veces componiendo: parto desde un tambor y canto sobre esa base. O disparo palabras que me resulten rítmicas. A veces uno empieza a componer y no sabe de qué está hablando y lo va encontrando en el camino.”

La visita a varias regiones le ha dado la certeza de que cada ritmo es diferente según el terruño.

Hay ritmos que se han ido aquerenciando y en cada lugar toman una característica propia. Eso muestra lo jóvenes que somos como país: necesitamos la identidad, nos agarramos de cosas, de ritmos como un modo de pertenecer. La Canción del jangadero la escribió Jaime Dávalos y no es de Entre Ríos (nota: vivió en Zárate). Escucho chacareras compuestas por un neuquino. Y está bueno que pase eso: no hay ponerse rígido”, dice. Y bebe un trago de gaseosa.

-¿No te parece que la canción litoraleña sí tiene identidad propia?

-Si, ese tilde arrancó con Chacho Müller en Rosario. Es una canción con una fuerte raigambre litoraleña, pero ya con una presencia universal, más urbana. Esa línea la continúa Jorge Fandermole y nos marcó a todos. También sigue por ahí Coqui Ortiz en el Chaco, que es diferente al Chacho, pero plantea una manera más abierta de abordar el chamamé.