Fuente Télam
 
Según el libro del periodista Gaspar Astarita, “Cortázar en Chivilcoy”, un retrato del escritor en sus años de docente en esa ciudad entre 1939 y 1944, fue aquí donde Julio Florencio, de 25 años, escribió cuentos esenciales de su obra, como “Casa tomada”, los textos breves de ficción del libro “La otra orilla” y una novela inicial nunca publicada.
 
En el libro de crónicas que publicará próximamente la editorial de la municipalidad chivilcoyana (EMCH), Astarita presenta un Cortázar entusiasta participando en actividades relacionadas con la literatura, la traducción, además de dar conferencias, adaptar una obra para teatro y escribir junto al director de cine Ignacio Tankel el guión de la película “La sombra del pasado”, filmada en esa ciudad y estrenada en Buenos Aires.
La obra de Astarita (1928-2006), cuenta con dos ediciones de 1997 y 2004, hoy casi inhallables. El libro contrapone la imagen de un Cortázar encerrado en su habitación y concentrado en el mundo de los libros, a un joven que, aunque “atildado” y “retraído” de a ratos, se ve desbordado por inquietudes múltiples, abriendo diálogos con interlocutores varios ajeno a cualquier tipo de figuración, con ese don que mantendría siempre: el vincularse con el otro al punto de convertirse en un compinche íntimo.
 
Así, la experiencia del joven Cortázar está enlazada a su vida social y a una forma peculiar de relacionarse con sus alumnos, los otros profesores, sus compañeros de pensión y distintas personas de la zona que incorpora a sus libros como personajes: entre ellos al escritor Ernesto Marrone y a Micaela, dueña de la pensión Varzilio, incluidos en las páginas de “Rayuela”.
 
Otro personaje es el extravagante Francisco Musitani, vendedor de fonógrafos, que entrará con su bicicleta atiborrada de cornetas y timbres al libro “La vuelta al día en ochenta mundos”, espoleado por su manía de pintar todo de verde, desde su casa hasta su caballo: con muchos de estos chivilcoyanos el escritor mantendrá correspondencia por años.
 
Entre esos relatos destaca “Llama el teléfono, Delia” cuya trama -la voz acongojada de un hombre que clama por un perdón, tras haberse ausentado de su hogar- se sobreimprime a la del propio padre de Cortázar, que abandonó la casa familiar cuando su hijo tenía sólo seis años.
 
Respecto a muchos textos que críticos como Pedro Luis Barcia señalan que fueron escritos o “iniciados” en Chivilcoy -“Casa tomada” y “Distante espejo” son solo dos ejemplos- hay cartas del autor a su amiga Rosa Varzilio –hija de la dueña de la pensión donde se alojaba- en esa dirección y un wwwimonio de Astarita tomado a Ernestina Yavícoli.
 
En carta fechada en 1946 en Buenos Aires a Varzilio, Cortázar le señala: “Los cuentos que tan gentilmente me corrigió usted irán a imprenta y posiblemente aparezcan a fin de año”; añade Astarita el presentimiento de que “cuando partió de Chivilcoy, Cortázar llevaba también los originales de’Bestiario’”, el primero de sus libros de relatos editado.
 
Respecto a “Casa tomada”, integra la primera edición de “Bestiario” en 1951, aunque apareció cinco años antes en “Los Anales de Buenos Aires” ilustrado por la hermana de Jorge Luis Borges, Norah, incluye Astarita un wwwimonio de Borges en 1944, cuando aún Cortázar vivía en Chivilcoy. Borges dice haber sido visitado por “un muchacho muy alto con un manuscrito…me dijo que se trataba de un cuento fantástico. Solicitó mi opinión. Le pedí que volviera a los diez días” y cuando volvió “le dije que tenía dos noticias. Una, que el manuscrito estaba en imprenta; otra, que lo ilustraría mi hermana Norah”.
 
El valor del libro de Astarita crece aún más con el rescate del Cortázar maestro, en el que pese a su juventud se perfilan rasgos del intelectual que asumirá senderos libertarios en lo creativo y en sus posiciones políticas. Reproduce una nota de 1939 que el autor de “Rayuela” escribió para un boletín escolar: “Esencia y misión del maestro”, en la que alude al tema de la enseñanza desde los plano ético y estético, que se complementan, dice, como “elementos esenciales de la condición humana”.
El joven profesor interpela a la “enseñanza” basada en la mera repetición, y se explaya sobre la responsabilidad de aquel que debe instruir, educar y “dar alas a los anhelos”. En esa labor formativa destaca la confluencia entre el conocimiento y la espiritualidad, y entrega una idea sustancial: la del maestro que “construye descubriendo”, al tiempo que señala que el estudio debe ir en paralelo a “una amplia visión de la realidad”.

Astarita acerca consideraciones que quizá expliquen el por qué del afecto inalterable del público lector al autor de “Rayuela”: era “extremadamente cortés”, “desbordaba simpatía” y “reunía las cualidades del buen amigo”.