Campos, campos y más campos. Selva marginal sobre el río de la Plata. Montes de talas. Ese era el panorama de lo que hoy es la ciudad de La Plata hace un siglo y medio. Ninguno de los habitantes de esa aldea llamada Buenos Aires podía imaginar que en ese lugar se iba a levantar una ciudad y, mucho menos, una capital provincial. Pero tal era el ímpetu de los hombres de entonces que, movidos por una convicción del gran tiempo en que vivían, lograron, en apenas unos pocos meses, crear una ciudad de la nada, que siete años más tarda ganaría la medalla de oro en la Exposición Universal de París.

Una vision positiva. El caserío más grande de la región era el Pago de la Magdalena. Estaba unida con Buenos Aires por un camino que llegaba hasta cerca de la actual rotonda de Gutiérrez y que fue rectificado a principios de la década de 1870 para que pasara por el casco de la estancia de Martín Iraola, el actual bosque de La Plata.
De antiguo se utilizaba el puerto natural de la Ensenada, donde se encontraba la estancia del Gato, propiedad de los Lara, uno de cuyos miembros se unió en matrimonio con Barragán y unificaron las enormes estancias aledañas de La Ballena y El Pato.
Luego de la Revolución de Mayo de 1810 comenzaron a levantarse los saladeros en torno al puerto que pronto comenzó a ser objeto de preocupación para mejorar sus servicios. A fines de 1872, llega el tren: se inaugura en todo su recorrido el Ferrocarril entre Buenos Aires y Ensenada.
No hacía mucho, apenas poco más de una década, que la provincia de Buenos Aires había vuelto a ser parte de la Argentina luego de casi diez años de autonomía. En 1880 se decide que la “Gran Aldea” sea la capital federal y, para abrir el juego, la provincia debe tener una capital propia. Hay ardorosos debates para definir el lugar: que Quilmes, que Olivos, que San Fernando. O más lejos: San Nicolás, Dolores, Bahía Blanca, Mar del Plata… Por fin, se escogen las lomas de Ensenada, donde se construirá la ciudad cabecera llamada La Plata, a sugerencia del senador José Hernández, autor del Martín Fierro.

El hombre. Dardo Rocha fue el primer gobernador de la nueva capital. Había nacido en Buenos Aires en 1838 y, como varios de los prohombres de esta época de la organización nacional, cumplió en sí mismo tres facetas: abogado, militar y periodista. Se recibió en la Universidad de Buenos Aires. Estuvo en las batallas entre la Confederación Argentina y la provincia de Buenos Aires, y en la Guerra de la Triple Alianza fue herido de gravedad en Curupaity. Luego ingresó en la política de escritorio y defendió la capitalización de la ciudad donde había nacido.
En 1881 asume como gobernador de la provincia secundado por el terrateniente Adolfo Gonzales Chaves. Rápidamente presentó el proyecto de la fundación de La Plata y el 19 de noviembre de 1882 se colocó la piedra fundamental en lo que fue el primer acto oficial en donde se levantaría el nuevo conglomerado.
En 1884 dejó su cargo. Siendo amigo del presidente Julio Argentino Roca y activo militante del Partido Autonomista Nacional, creyó que iba a sucederlo en el sillón de Rivadavia, pero fue desplazado por Miguel Juárez Celman. Entonces vuelve a enfocar su interés en la ciudad de las diagonales y funda, en 1887, la nueva Universidad de La Plata, a la que dirigirá hasta la nacionalización en 1905.
Luego tendrá activa participación en cuestiones limítrofes con Chile y Bolivia. Hace noventa años, en septiembre de 1921, falleció en la ciudad de Buenos Aires, aunque es recordado, por siempre, en La Plata, que el año venidero cumplirá 130 años de vida.

Manos a la obra. Para construir la ciudad se contaba con elementos muy valiosos: la cesión a la Nación del ejido porteño (con las consecuentes rentas) para que lo hiciera su capital le otorgó una buena suma de dinero para ejecutar el proyecto. Además, había que dejar bien en claro que la nueva ciudad sería la cabeza de un gran estado de 600.000 habitantes que crecía al ritmo de los feraces campos que lo integraban. En consecuencia, la ciudad tendría que tener un brillo acorde e, incluso, superar a la madre “Santa María de los Buenos Aires” en su aspecto y, muy importante, en su impronta positivista. De allí que La Plata no tenga en sus inicios rasgos de hispanidad ni indigenismo.
En 1881, Rocha encomendó el trabajo del trazado de la ciudad al Departamento de Ingenieros de la Provincia que, acorde con el citado basamento distante de la América original y española, estaba dirigido por Pedro Benoit, hijo de un arquitecto francés. Benoit conocía muy bien la zona pues ya había trabajado en el tendido de un camino a Ensenada y el tendido de un tranvía entre este pueblo y Tolosa.
Francia se consideraba el epicentro de la visión moderna de la arquitectura. Como recuerda el historiador Andrés Ravelli, en su magnífico libro “La Plata: memoria visual de la fundación y construcción de la ciudad de Dardo Rocha”, tres años antes de que naciera esta capital, Julio Verne había escrito “Los 500 millones de la Begum”, donde el doctor Sarrasin proyectaba la ciudad perfecta, France-Ville, con “calles cortadas en ángulos rectos (…) trazadas a distancias iguales. Su ancho es uniforme, tienen árboles en sus costados y son designadas por números (…) cada 600 metros existe una calle más ancha que lleva el nombre de bulevar o avenida. En sus encrucijadas figura una plaza pública”. Toda coincidencia con La Plata no es pura casualidad.
El trazado original de la ciudad cuyo nombre se debe, según se cuenta, al gran poeta gauchesco José Hernández, es un gran cuadrado de cinco kilómetros de lado delimitado por bulevares. En el interior, la plaza Moreno ocupa el centro desde donde se cruzan las avenidas principales y dos diagonales que, a su vez, tienen dos paralelas exteriores cada una.
Pedro Benoit mismo dirige la obra y es uno de los jurados del llamado a concurso para la construcción de los edificios cívicos, ímproba y acelerada tarea que se inició en 1883 con algunas consignas muy clara: deberían ser de dos plantas y usar materiales de nuestro suelo (como piedras de Azul y Tandil, y maderas de árboles locales). Nos imaginamos, y algo podemos vislumbrar por las fotos, lo que significaban aquellas verdaderas moles alrededor de la  nada, en medio del campo.
Pero el día de la inauguración solo había un edificio, el salón para el banquete, y los palcos más la plaza y unas pocas calles apenas jalonadas por los hitos para delimitarlas. Hubo algunos hechos curiosos para destacar: el calor fue el principal, pues arruinó el gran asado y, según la crónica de un diario opositor, como La Nación, “fue un martirio (…) y hasta el agua se vendía”. Otra rareza fue la ausencia de las principales autoridades. Roca, Pellegrini, Sarmiento, Avellaneda no concurrieron mostrando a las claras que era otro su parecer. Pero si esto es extraño, más lo es el hecho de la forma en que Dardo Rocha disimuló este desplante. Sobre la base de una foto de Tomás Bradley, contratado especialmente tanto para esta ocasión como para que documentara el crecimiento vertiginoso de la ciudad, mandó confeccionar medio millar de oleografías en Italia, donde agregó, entre otros, a Roca y Sarmiento con un truco de fotomontaje.
Nada amilanaba al gobernador: en abril de 1884 se asentaron  Los poderes públicos en La Plata y a solo cinco años de la fundación ya se dieron por terminados los principales edificios. El primero fue el Departamento de Ingenieros, habilitado ya a finales de 1883.

Mezcla de estilos. En los enormes edificios que surgían como plantas en la llanura se nota la pluralidad de corrientes arquitectónicas y nacionalidades de origen de sus constructores. Al arquitecto Julio Dormal, que vivía en Buenos Aires, se le encomendó la Casa de Gobierno, de 14.400 metros cuadrados. Recién fue terminada hace un siglo, junto con la casa privada para el gobernador, que se encuentra en la calle posterior. Los arquitectos Juan Buscchiazzo y Luis Viglione se encargaron de los edificios de los bancos Hipotecario (actual rectorado de la Universidad de La Plata) y de la Provincia (modificado en 1911). En ambos privan las líneas italianas. Los germanos Haine, Hageman y Nordman (este luego se radicó en la Argentina) tuvieron a su cargo la construcción de la Legislatura, de estilo neoclásico. El Palacio Municipal también es obra de alemanes: Stier y Meyer (este último también se quedó a vivir en la Argentina).
El italiano Francisco Pinaroli le dio a la estación de trenes (19 de Noviembre se llamó, hasta 1884, la terminal que hoy día es el pasaje Dardo Rocha) toques del clasicismo francés y el renacimiento italiano. La estación actual sobre calle 1 fue construida por el Ferrocarril del Sud en 1906. El también peninsular arquitecto Leonardo Rocchi construyó el teatro Argentino y además lo administró en sus primeros tiempos, así como el fastuoso Palacio D’Amico (sucesor de Rocha), jaqueado por la crisis de 1890 y sede actual del Arzobispado de La Plata. La Catedral, obra del citado Benoit, es tardía. El primer templo católico fue la Iglesia de San Ponciano, terminada ya en 1890.
Aprovechando los terrenos de la estancia de Martín Iraola se conservaron sus grandes bosques y se construyeron el Hipódromo, proyecto del arquitecto español Joaquín Maqueda, el Observatorio Astronómico (Benoit), el Museo Antropológico y Arqueológico de Buenos Aires (actual Museo de Ciencias Naturales; obra del sueco Enrique Aberg y el alemán Federico Haynemann).

Los trenes. En ese momento de la vida argentina, una ciudad moderna y capital necesitaba un ferrocarril que la uniera a Buenos Aires. El Ferrocarril Oeste (por entonces, de la provincia de Buenos Aires) traza una línea del tipo Decauville desde la estación Ensenada hasta Tolosa. Desde esta llegaron los invitados hasta la Plaza Moreno cuando se inauguró la ciudad. Meses más tarde, el Oeste empalmará con el Ferrocarril del Sud a través de una línea entre Ringuelet y Ferrari. Enseguida, un ramal entre Pereyra y Ringuelet evitando, entonces, llegar desde Buenos Aires hasta Ensenada para luego desviar a La Plata. En 1884 se traza una conexión desde Temperley a La Plata por empalme Pereyra (luego Villa Elisa) para que los trenes del Ferrocarril del Sud accediesen directamente desde Plaza Constitución. En 1887 nace la línea de Tolosa a Magdalena, cuya administración se divide un año más tarde: desde Rufino de Elizalde a Magdalena lo maneja el Ferrocarril Buenos Aires, Ensenada y Costa Sud y desde Tolosa a Elizalde por el Ferrocarril del Sud. En 1889, el Ferrocarril del Sud construye un ramal al Puerto de La Plata y posteriormente adquiere casi todas estas líneas que hicieron de La Plata un verdadero nudo ferroviario con los grandes talleres de Tolosa desde 1887.
En la primavera de 1883 se inició la construcción del puerto que fue un verdadero dolor de cabeza. El altísimo costo implicó el pedido de dos empréstitos millonarios a fines de esa década y, si bien se terminaron las obras, no dieron los dividendos esperados y en 1904/5 el gobierno nacional tuvo que hacerse cargo de las deudas y del puerto.