Aunque durante muchos años la historiografía oficial contrapuso el “salvajismo” del Partido Federal frente al “pacifismo” del Partido Unitario con su deseo de organizar constitucionalmente la República, el pacto de paz del 24 de junio de 1829, firmado entre el general unitario Juan Lavalle y el federal Juan Manuel de Rosas, demuestra lo contrario.
Había pasado poco más de medio año desde que el general Lavalle fusilara al  gobernador de Buenos Aires, coronel Manuel Dorrego, y ocupara su lugar de facto, cuando su administración no contentaba siquiera a sus propios partidarios. Lavalle había intentado convencer al general José de San Martín para que asumiera el mando, pero el Libertador, recién llegado de Europa con el sueño de establecerse en su chacra en Mendoza, se negó a desembarcar ante el estado de violencia en que encontró a la provincia. “Mi sable jamás se desenvainará en guerras civiles”, dijo y se volvió a Francia.
En cuanto Lavalle se instaló en el gobierno, decretó la proscripción de dirigentes federales, quienes fueron acusados de conspiradores, y muchos de ellos fueron fusilados en la plaza de la Victoria. Sin embargo, al poco tiempo, las diferencias internas afloraron y comenzaron a exigirle a Lavalle que reorganizara su gabinete y más de 600 unitarios decidieron emigrar, entre ellos, Bernardino Rivadavia.
La situación era tan caótica que Salvador María del Carril, el mismo que había recomendado la muerte de Dorrego, le escribió a Lavalle: “Un solo espíritu hay hoy, y tal se puede decir que es la opinión pública, que Lavalle y Rosas son necesarios para dar la tranquilidad a la Provincia y garantía a los individuos, en lo que puedan salvar después de la tormenta. Si Usted y Rosas no satisfacen la opinión pública, el país va a despedazarse por las convulsiones de una anarquía nueva y extraordinaria. ¡Dios nos libre si ustedes no se entienden!
El 14 de junio de 1829, una vez más, Lavalle siguió las indicaciones de Del Carril y decidió proponerle a Rosas la reconciliación creyendo que su partido iba a acompañarlo. Montó su caballo y salió rumbo a Cañuelas donde su enemigo tenía el cuartel general. Fue acompañado nada más que de su ayudante y dos soldados.
Llegó de noche y cuando los soldados federales se recompusieron de su asombro, le informaron que el jefe había salido. Lavalle, cansado por el viaje, pidió un mate, se recostó en la cama de Rosas y se durmió. Cuando don Juan Manuel regresó, ordenó que lo dejaran descansar y que le avisaran cuando despertara.
Así sucedió. El mismo Rosas relató el encuentro: “El general Lavalle se dirigió a mí con los brazos abiertos y los dos nos abrazamos enternecidos y conferenciamos detenidamente y con franqueza”.
El resultado del encuentro fue el pacto de paz firmado el 24 de junio de 1829, por el que acordaron el cese de hostilidades y la convocatoria a elecciones, comprometiéndose a que ambos se someterían al gobernador que resultara elegido. Confeccionaron una lista común y aseguraron que nadie sería molestado por sus opiniones políticas.
Rosas logró encuadrar a sus partidarios, pero Lavalle tuvo que enfrentar la resistencia de los suyos que no concebían un acuerdo con el enemigo: “Yo no dudo que usted ha de concluir con estos salvajes, pero es necesario que esto se logre cuanto antes”, le escribió Julián Seguro de Agüero antes de embarcarse hacia Europa.
Disgustado, Lavalle le confesó a Rosas los artilugios de los unitarios: “Los suburbios de la ciudad están llenos de ladrones. Esto es natural después de la gran conflagración que ha prendido. Lo peor que esto trae es que se pelean con los compadritos de aquí y que a estas peleas siguen las puñaladas. A los enemigos de la paz (los unitarios disconformes) les conviene decir y lo dicen que no son hombres sueltos sino partidas de usted. En esto llevan dos objetos, el primero desacreditar a usted y el segundo hacer creer que usted está siempre hostigando al pueblo; pero los enemigos de la paz son impotentes”.
Los unitarios desconocieron el acuerdo y se presentaron a elecciones con lista propia, pero debieron recurrir al fraude y a la violencia para obtener un triunfo que Lavalle no reconoció. Finalmente, y ante la amenaza de los federales de reiniciar la guerra civil, coincidieron en nombrar al general Juan José Viamonte como gobernador provisorio.
El nuevo mandatario dio a conocer uno de los últimos decretos que Lavalle había firmado, por el que acordaba dádivas de 25 mil pesos a 10 jefes del ejército unitario, los mismos que ocho meses antes justificaron el golpe contra Dorrego denunciando “el saqueo vergonzoso de sumas ingentes que se han distribuido” entre el gobernador depuesto y los miembros de la legación del Brasil cuando se resolvió la guerra con ese país, cuestión que nunca pudo probarse.