Aún hoy uno espera que alguien, en alguna viñeta suelta, en algún globo de diálogo, salga a desmentirlo. El Clementesaurio no lo puede creer. Ni el propio Clemente lo cree, acurrucado entre las tetas de La Mulatona. Se silenció el hincha de Camerún porque parece que es cierto que murió Caloi. El Negro, el papá de Aldana, de Juan Matías “Tute” y Tomás, pero también el papá de Clemente, su criatura más conocida, se fue temprano, el pasado 8 de mayo.
Carlos Loiseau, tal su nombre verdadero, era el único porteño nacido en Salta, hace 63 años. Había empezado a dibujar cuando apenas podía caminar. “Dibujo desde que puedo alzar un lápiz”, contaba. Dibujó a su hermano entre las sábanas del corralito y más tarde se conectó con el afuera: empezó a plasmar la vereda, contaba en trazos lo que veía y esa cualidad hubo de mantener en todo su camino. Su carpeta del secundario parecía más una revista de historietas donde los personajes eran sus compañeros y los profesores, que aquello que debía ser. A poco de salir de la escuela, cuando todavía era un adolescente, publicó sus primeros trabajos en Tía Vicenta, la revista fundada por Landrú en 1957, cerrada por el dictador Juan Carlos Onganía tras la aparición de una caricatura donde el presidente de facto aparecía dibujado como una morsa. Dos años más tarde, a los 19, Caloi ya tenía su espacio en Clarín, Caloidoscopio, pero aún no había hecho nacer a su hijo pródigo: Clemente. El mismo diario lo impulsó a formar un equipo de humoristas gráficos: Caloi llamó a un rosarino llamado Roberto Fontanarrosa, a Bróccoli y a Crist. Con ellos, desde la retaguardia del diario, El Negro revolucionó el humor nacional. Por esos años, se dio un gusto ilustrando el libro que Almendra lanzó para celebrar la edición de su primer disco. En esos turbios 70, repartía su militancia peronista con los dibujos de humor en Satiricón. Y entre 1968 y 1971 dibujó para la revista Análisis. En 1970, a los 22 años, le dio forma a un cortometraje de dibujos: “Las Invasiones Inglesas”. Y algunos años más tarde, en 1990, construyó una trinchera creativa con “Caloi en su tinta”. Gracias a ese programa, que se mantuvo al aire por 18 años, dio a conocer cortos de historietas y de animación. Primera Plana y Siete Días fueron otras de las revistas en las que publicó.
Clemente, mascota nacional. Cuando creó Clemente, la indefinible mascota de Bartolo, el protagonista de la tira, era difícil imaginar que la criatura iba a cambiar su aspecto y se iba a volver una especie de psicólogo capaz de explicar al argentino desde el lugar más incómodo: siendo él más argentino que nadie.
“¿Lo hace de taquito a Clemente o es hijo del rigor del cierre diario?”, le preguntó Sonia Renison en una nota que apareció en el número 69 de El Federal. “Para Clemente necesito la adrenalina del cierre, que en este caso es saludable”, respondió. Para Caloi, en el arte de la escritura tanto como en el dibujo de humor existía la angustia de la página en blanco. Por eso se animaba a decir que su mayor fuente de inspiración era tener que cumplir con el cierre. Las historietas de su criatura más famosa sufrían el rigor del viaje de Caloi desde Lomas de Zamora, adonde vivió varios años, hasta la sede del diario Clarín, en Barracas. Cuando se mudó a San Telmo la cosa cambió, pero era su compañera, María Verónica Ramírez, la que le ahorraba el viaje escaneándole los trabajos que aparecieron desde 1973 en la contratapa del diario. “Clemente, como tira diaria, está inspirado en la realidad. Pero no hay una fórmula para el chiste. Cada humorista tiene su propio catálogo. Yo priorizo que tenga una cuota de ingenio grande. Debe pasar por las venas de uno; las ideas deben pasar por la sangre. Si no atraviesan los órganos, es muy difícil que salga algo ingenioso.” Esa pasión que lo atravesaba lo envolvió en algunos cruces: el más famoso es el que en 1978 lo enfrentó con José María Muñoz (“Murióz”, para Caloi). El tema: el relator pretendía dar una imagen de limpieza (en pleno plan aniquilador de la dictadura) pretendiendo que nadie tirara papelitos en los estadios de fútbol. Una tarde nublada de ese invierno mundialista, la FIFA dibujó a Clemente en el tablero electrónico del estadio de River Plate con una leyenda que el personaje pregonaba desde el diario: “Tiren papelitos, muchachos”, decía. Caloi, su plumín creativo y su compromiso, habían ganado la batalla: las hinchadas cantaban: “Muñoz, Muñoz, Clemente te cagó”.
En los años de la dictadura, de 1976 a 1982, se ganó su página de humor deportivo en la revista El Gráfico. Le empezaron a llover premios propios (a él) y ajenos (a Clemente). Empezaron los años del reconocimiento: lo publicaron en varios países, pero su humor y su criatura nunca dejaron de ser un reflejo del porteño y del argentino. Así era su humor: atorrante, pícaro, a veces ácido, a veces tierno. Pero siempre agudo. Un bicho indefinible que vuela pero no tiene alas y que sobre todo tiene ojos para mirar lo cotidiano con los ojos de quien ponía los ojos en el diario: el hombre común. Muchos de ellos pasan hoy por su otra patria, Adrogué, para mirar de cerca la plaza con el nombre de ese agudo lector de la realidad nacional: Clemente, capaz de hablar de los estudios de ADN en el diario de la dueña cuyos hijos se discutía su origen.