Por Ariel Cukierkorn. Fotos: Bruno Bertagna.

Lejos de interesarse en construir casas o edificios, Graciela Silvestri encontró en la arquitectura su plataforma espacial para interpelar al mundo. Su camino de investigadora transita por conexiones entre el urbanismo, la cultura, la historia y el lugar simbólico del paisaje como señal de identidad para las ciudades. Pero pocas veces estuvo expuesto su enfoque multidisciplinario como cuando en 2010 fue elegida editora de Paraná Ra’Anga, una expedición científico-cultural que por 20 días remontó los ríos de la Plata, Paraná y Paraguay, desde Buenos Aires hasta Asunción. Nuevamente en tierra firme, y a propósito de su último libro, “El lugar común. Una historia de las figuras de paisaje en el Río de la Plata”, incita a darle volumen real a tantas imágenes grabadas en nuestras cabezas.

– ¿En qué consiste la construcción histórica a través del paisaje?
– Los historiadores estamos habituados a seguir la flecha del tiempo y los acontecimientos humanos, y la historia natural se la dejamos a los científicos. Trabajar sobre cómo se construyó el espacio habla de cómo los humanos habitamos en el mundo. Esto no es nada obvio y en diversos países y regiones la relación es totalmente distinta. De hecho, en la ciudad y en el campo es totalmente distinta. A partir de esa relación y de la mirada que tenemos de eso se construye el ámbito humano.
– ¿El lenguaje visual puede acompañar o reemplazar al escrito como una ficción orientadora?
– Exactamente. Además del paisaje, tomé el tema de cómo se construyó la nación argentina, un hecho relativamente reciente. Para el momento que fue claro que había que construir algo que no era siquiera las Provincias Unidas del Río de la Plata, sino la Argentina, el tema de la naturaleza y los recursos naturales se convirtió en central en un país tan vasto y, de algún modo, poco habitado. Sarmiento no conocía la pampa cuando escribió Facundo y en ese sentido la literatura es muy importante en nuestra tradición cultural, más que las artes plásticas y visuales. Tuvimos maravillosos y poderosos escritores desde los inicios del siglo XIX, que hicieron una descripción de lo que veían y de lo que no veían. A veces sólo leyendo algo se lo imaginaban y lo interpretaban. Había una red de textos que comparaban a la pampa con el desierto del Sahara o con las estepas venezolanas u otros lugares que podían ser tan inmensos y vacíos. Se tomaba eso y se creía que era así. El problema es que eso se puede convertir en un cliché, y podemos pensar que es ese espacio llano, con gauchos atravesándolo.
– ¿Cuáles serían específicamente los aspectos perjudiciales?
– Por un lado, uno se da cuenta de que la pampa no es una, sino muchas. Que la gente vive ahí, que no es sólo un modelo de representación, que la transforma. Y que esa transformación no es objeto de una mirada, de una reflexión, de una mirada literaria. Para eso hay que romper el cincel de la cautiva y los gauchos.
– ¿Los prejuicios se pudieron haber acentuado con el conflicto entre el campo y el gobierno que sigue latente desde 2008?
– No sé si abrió, pero espero que una vez calmados los ánimos sirva para mostrar la variedad que significa el campo, en todo sentido. A mí siempre me sorprendió muchísimo cuando uno va en avión a Rosario y mira desde arriba cómo la tierra que está poco dividida en Buenos Aires se va dividiendo a medida de que avanza al sur de Santa Fe o el sur de Córdoba. Viajando se da cuenta de que los suburbios de Buenos Aires son la pampa, pero uno va hacia Junín y la pampa ya es ondulada, se mueve. Y el recuerdo que yo tenía de chica me engañó, porque ahora la pampa es otro verde, es verde soja. Pero también está la forma que lo mira la gente que está viviendo ahí, que no es sólo paisaje.
– ¿Y cómo se congenia al mismo tiempo esa idea que tenemos de vivir en mucho más espacio del que viven, por ejemplo, en Europa?
– En Tristes Tópicos, uno de sus libros de crónicas, Levy-Strauss se mostraba sorprendido porque los paisajes en Sudamérica no tenían una arquitectura establecida. Estaba acostumbrado a la tierra europea, trabajada durante siglos y siglos, como si estuviese urbanizada, y acá se encontró con ciudades que crecen como San Pablo, sin fronteras entre la ciudad y el campo, que por supuesto también era otro campo… Es otro mundo y no sabemos aprovecharlo. A mí me interesa mucho el arte, pero sobre todo la percepción. Paisaje no es ambiente, sino la percepción. Los artistas son capaces de mostrar la sensibilidad en dos o tres dimensiones. Eso provoca que a veces tengamos nostalgia de un bello paisaje italiano que acá no tenemos, y la cuestión es cómo ver lo que realmente tenemos.
– Ese proceso se da de manera abrupta en las ciudades, con la dualidad de la nostalgia que provocan los cambios o la sensación de estancamiento si todo sigue igual…
– Eso es típico. Yo empecé estudiando los barrios. Veía que esa nostalgia que uno tenía se repetía en los escritores de los años 30. Me interesé en Villa Crespo porque había una serie de fábricas que me interesaban, y me fui al conventillo La Paloma. Había un poema lindísimo de Alberto Vaccarezza que decía: “¡Villa Crespo!…Barrio reo/ el de las calles estrechas / y las casitas mal hechas / que eras lindo por lo feo, / ¿dónde están que no los veo?”. Era un canto de nostalgia por el barrio en 1910, los baldíos, las casitas sin pintar… Es muy lindo. Porque era una época de progreso, con los que siempre se gana y se pierde. Quizá un fotógrafo o un artista encuentre con su mirada estética la belleza de la decadencia, pero hay que encontrar un punto medio. Un verdadero problema para quienes somos arquitectos de origen.
– En sus escritos menciona los “fines políticos del paisaje” en momentos de conflicto. ¿A qué ejemplos específicos se requiere?
–  Es algo que se dio muy fuerte en lo que se llamaba Parque del Sur, que se iniciaba en el Nahuel Huapi. Las naciones sudamericanas se independizaron a principios del siglo XIX y las fronteras no estaban claras. Entonces hay toda una zona de frontera que tenía que alcanzar visibilidad y definir a qué país pertenecía. Para la época de la Conquista del Desierto, a Buenos Aires llegaban noticias de que el terreno entonces conocido como Patagonia estaba empezando a ser habitado por chilenos y españoles. Había que tomar posesión de eso y convencer de que era nuestro. El perito Moreno tenía el modelo estadounidense-canadiense, de un parque binacional, que a mí me parece fantástico, pero no prosperó. Pesó mucho más el tema de las fronteras. Estas nociones se profundizaron con el conflicto con Chile, en los años 70 y 80, cuando en televisión pasaban tantas imágenes de los hielos con la bandera argentina. La cuestión estética no es tan secundaria como lo que pensamos.
– ¿Pero no existe el peligro de condensar hasta reducir la imagen de un país?
– Efectivamente se condensa con las ballenas, las Cataratas, los lagos… Otras cosas no parecen tener status de país. Pero el ejemplo con las Cataratas fue también significativo. A fines del siglo XIX, había un puesto de fronteras que decía que las Cataratas eran brasileñas. Se entró en una negociación y se llegó a un acuerdo, pero también hubo que convencer desde la imagen que semejante lugar era argentino.
– Más allá de esas imágenes de país que tenemos, ¿qué noción de país piensa que tenemos?
– Acá somos federales más o menos. Sobre todo los que vivimos en Buenos Aires tendemos a decir que los argentinos somos de un modo, y nos referimos sólo a los porteños. Es muy distinto en todo el país. Yo empecé a pensar más en términos de regiones. Los que vivimos en la región fluvial, los porteños y los rosarinos, somos bastante parecidos, es el río el que marca ese ida y vuelta. Es muy distinta la situación de los cordobeses, aunque tienen una relación muy fluida con los santafesinos. Ni qué decir de las provincias del Norte. Vale un ejemplo de Formosa, por ejemplo, que muy recientemente es parte de la Argentina. Los chicos de Villa Alberdi, que está del lado paraguayo, van a la escuela de Formosa, y así todo el tiempo con las parejas. ¿Qué significan las fronteras ahí? Me inclino por una versión regional y por una forma de construir políticamente relaciones sudamericanas que nos conozcan en una posición más expectante en el mundo de la que estamos. Todos estos temas están absolutamente superados en Europa y uno no pierde identidad cultural. Son países mucho más ricos, reconocen la variedad. Un país puede tener la misma ley, pero es múltiple, no único.