En la penumbra de un escritorio desbordado por papeles, se lucen las sonrisas de Peró y Evita en un retrato como si lo perdonaran todo. El diálogo con El Federal girará en torno al movimiento que le trajo luz a la vida de Monzón y a su familia desde su más tierna edad. Hoy, parece no haber pasado el tiempo. “El otro día mi nieto me dijo, ‘abuelo, quero militar en el peronismo’”. Yo le di dos libros, “El manifiesto comunista”, la obra de Karl Marx y un librito de un periodista, del que no me acuerdo el nombre. Editó un libro que se llamó “Hola Perón”. Me devolvió “El manifiesto comunista” y me dijo: “Abuelo, esto no me interesa, es un teorema. El otro lo disfrutér mucho”. Me puse más orgulloso aun”, se sincera. Monzón editó hace un par de años las cartas que su padre, llamado igual que él, intercambio con el general.
 -¿Cómo define su libro “Llegó carta de Perón”? 
-Es un poco autobiográfico. El libro son treinta cartas que intercambiamos entre el general, mi papá y yo. Yo era muy joven, tenía dieciocho años. Fue un período muy breve, entre 1955 y 1959, hasta que se hizo cargo del movimiento John Cook. Yo formaba parte del comando Chile. Era el comienzo de la resistencia. Cuando Perón llegó a Paraguay, aún no se había armado nada. No había ni una dirección de correo. Tuvimos que armar todo con chaucha y palito, como es Argentina, como se armó el peronismo en definitiva.
-¿Cuál fue el inicio de la resistencia?
-Nuestro enojo. Los milicos nos insultaron. Nos decían, “siguen al sangriento régimen depuesto, Perón y sus seguidores son unos idiotas”. Eso no nos gustó. Los obreros no les dieron pelota, se quedaron en las fábricas. Pero los pequeños burgueses, ¿qué hacíamos? ¿Dónde íbamos? En las facultades eran todos “gorilas”. En mi caso, me la hicieron fácil: papá nos reunió a mi madre y a mí y nos dijo: “Me voy a Paraguay a ver a Perón”.
-¿Qué hacía su padre?
-Era director de una escuela, todos estuvimos de acuerdo en que fuera para allá a verlo a Perón. Se fue sin nada, Hasta lo dejaron cesante de su puesto, por “reiterados actos de obsecuencia al régimen depuesto”. ¿Qué ahorros podía tener un maestro? Se fue a Paraguay. Cruzó en canoa con su gorra de paja. Perón lo recibió enseguida, lo recordaba porque mi padre había creado una escuela muy grande en San Fernando, una escuela que comenzó con cien alumnos y que él llevó a tres mil. Le puso, para que no quedaran dudas, 17 de octubre. En Paraguay, al general Stroessner. por entonces presidente de aquel país, lo volvieron loco con la presencia de Perón y éste decide irse. “¿Viene a Panamá?”, lo invitó a mi padre. Pero mi viejo se achicó, hubiera sido el primer López Rega (risas). Le dijo, “no vuelva a Buenos Aires, quen lo van a agarrar. Vayase a Chile y la va a ver a María de la Cruz.” Ella fue la primera senadora chilena del Partido Agrario Laborista, fue uno de esos epifenómenos que se crearon alrededor del peronismo. Mi padre fue a Chile, y después nos llevó a mi madre y a mí para allás. En Chile instalamos el comando. Empezamos a tirar cartas con otros exiliados. Había de todos colores, pero ninguno tenía contacto con Perón, excepto nosotros: mi padre y luego yo.
-¿Cómo se organizaban?
-Perón empezó a organizar los comandos desde afuera, poco a poco: Uruguay, Brasil, Bolivia. El primeroo fue Chile. Ahí había gente valiosa, como José Astorgano, del sindicato de taxis. Fue muy importante para el desarrollo del peronismo. John Cook todavía no había llegado. Luego de que fugó de Río Gallegos, cruzó a Chile. Después de los fusilamientos del 9 de junio de 1956, le dije a mi padre, “esto se va a llenar de exiliados.” Establecimos una red integrada, sobre todo, por nacionalistas. Los esperamos para aguantarlos en las pensiones. Venían cagados de hambre. Empezamos a recibir a gente, me acuerdo de dos capitanes. Le dije al viejo, “¡tenemos fuerzas amradas propias!” Aparicio Suárez era uno de ellos: un ex suboficial que se abocó a la resistencia. Había sido obrero. Para mí fue un hallazgo, “¿usted es un capitán argentino? Bueno, acá está la juventud peronista”, me presenté cuando vino a comer ravioles a nuestra casa. Corría el año 1957.
-¿Cómo se produjo la correspondencia entre usted, su padre y Perón?
-Yo le contaba cosas a Perón, cuando hablaban mal de él, yo se lo contaba. Era su alcahuete. En realidad las mandaba a través de las cartas de papá, ¿no? Todas las cartas fueron entre él y mi viejo, pero de vez en cuando me mandaba unas líneas a mí. Un honor.
-¿Qué hacían en Chile?
-Teníamos una radio clandestina, transmitíamos en onda corta. Papá hablaba en guaraní para confundir a los “gorilas”. Transmitíamos la marcha, toda la joda que te imagines, metamensajes o no tanto, porque decíamos, “los vamos a matar a todos.” ¿Vos sabés lo que era para nosotros tener esa libertad?
¿Nunca vino a la Argentina?
-Sí, vine a ver qué pasaba con algunos comandos y me metieron en cana. No fui cuidadoso y me cazó la policía. No me fajaron, por suerte. Se ve que querían saber qué  información tenía yo y a mí me interesaba saber qué tenían ellos.  Cambiamos figuritas. Me acuerdo que caí en cana con un libro de derecho romano en la mano.  Al año siguiente levantaron el estado de sitio y me dejaron libre. Estuve siete preso, pero de gira: Olmos, en Santa Rosa, La Pampa, pero la mayor parte la pasé en Caseros. En esa prisión nacional estuvo todo el peronismo. Conocí todo lo que me interesaba conocer.
-¿Cómo eran los comandos?
-Los comandos éramos el país. Fue como otro 17 de octubre, yo le diría el nuevo renacimiento. Yo pertenecía a un grupo chico. Uno era César Marcos, del que voy a pubicar unos escritos, Raúl Lagomarsino. que fue secretario administrativo de la Cámara de diputados. También estaba el sanjuanino “Copete” Rodríguez, Osvaldo Morales, comerciante de tierras y Carlos Hell, El Alemán. Era el peronismo petitero. Nos tenían un odio. Me acuerdo que un caracterizado agente de Frondizi, dijo refiriéndose a nuestro grupito, “eran pocos, pero se movían como liendres.”  Cada uno era un tiro al aire y hacía algo distinto. ¡Y estabámos conectados casi sin saber nada del otro! Perón decía una cosa y nosotros la hacíamos al mismo tiempo. A nosotros se nos ocurría cualquier barbaridad y él la publicaba, Cuando fusilaron a Valle, Perón salió a putear como loco. Dijo: “Subieron con sangre y caerán con ella”. Nosotros repetíamos lo mismo, “esto va terminar así”. Y terminó así, pero no porque nosotros lo propusiéramos. No tenemos nada que ver con “la boleta” de Aramburu. La sangre no es una buena consejera. Los militares no lograron nada, más que juntar enemigos.
.¿Usted llegó a escribirse con Perón?
-Sí, hay una historia. Osvaldo Morales viajaba el dia anterio a que Perón volviera al país, octubre de 1972. Le dije, “Osvaldo, llevale al viejo una carta mía”. La escribí, le puse, le cortó el brazo al último gorila (NdR: por Alejandro Agustín Lanusse), venga. ¡Me conwwwó una carilla! Había categorías para sus cartas, te escribía dos líneas, cinco o como acá, una carilla a mano. Me dio el pésame por la muerte de mi padre, yo le conté eso en esa carta. Pero me hizo una recomendación que no me gustó, “ahí se está ocupando Cámpora de todo”, pero como lo decía él no me opuse. Esa carta me emociona cada vez que la leo. Al día siguiente estaba en Argentina.
-¿Está contento con el momento de Argentina? 
-Muy contento. ¿O vos crées que puede haber algo mejor? No hay otra cosa que el peronismo. Si Cristina quiere quedarse, yo diría que se quede todo el tiempo que quiera. Total, el peronismo es eterno.