Estimados lectores de El Federal. Muchos recordarán que hasta no hace tanto, cuando iban a ver un recital había una maraña de pies de micrófonos sobre el escenario. Unos eran para la voz y otros para tomar el sonido de las guitarras y el bombo. Punto.
Hoy la tecnología nos cambió la bocha. Sólo emergen sobre el escenario los pies de micrófonos para los cantantes y el resto, nada, apenas unos cablecitos que salen de las guitarras como cordones umbilicales a la parafernalia electrónica.
Pero vamos a la esencia del problema. Tengo claramente el sonido de esos tríos de guitarras como los que acompañaban al uruguayo Alfredo Zitarrosa o al tanguero Edmundo Rivero. O el sonido profundo de la guitarra tocando milonga sureña, con esa bordona que parece un cañón y la prima que emociona con su vibrato.
Estas guitarras sonaban así porque los micrófonos captaban el sonido que salía de su caja. Y una guitarra es en gran parte mejor o peor justamente por su caja de resonancia, por su diseño y la nobleza de su madera.
Esas son las guitarras que escuchamos en cualesquiera de los discos de Los Fronterizos, Jorge Cafrune, Los Indios Tacunáu, Horacio Guarany, etcétera, etcétera, que escuchamos hasta que empezara este siglo XXI.
Pero, ¿qué pasó en los últimos tiempos? Hay que reconocer que para los sonidistas siempre fue un karma amplificar las guitarras criollas (peor las acústicas). Y para los músicos otro tanto porque el retorno era malo y, por si fuera poco, el guitarrista quedaba estaqueado ahí donde el sonidista le había armado el micrófono.
Y entonces llegó “la solución”. En vez de poner un micrófono que toma el sonido que sale de la caja, le incorporaron en el interior uno de contacto, que toma las vibraciones del material, conectado a un plug donde se enchufa el cable que va directamente a la consola.
Y ahí se pudrió todo, porque, ¿qué sentido pasaba a tener la caja ahora? ¿Qué función pasaba a cumplir? Respuesta: ninguna. Ahora las guitarras suenas “finitas”, sin profundidad, se escucha más el ataque de la púa sobre la cuerda que su vibración. Suenan a plástico.
Crónica del horror. De pronto una cena de vacaciones en la costa se ve interrumpida porque un grupo de folklore va a tocar. ¡Qué bueno!
Salen los músicos a escena. Una guitarra con su respectivo plug que va a la consolita. Okey. Un charango también enchufado. Está bien, vaya y pase. Un violín ídem conectado. Ufa. ¿Y el bombo, cuándo viene? Aparece en cambio un bajo eléctrico. Pfff.
Arranca el show. Los tipos le ponen ganas, eso hay que reconocerlo. Pero digo que prefiero mil veces tres guitarras y un bombo cantando a capella, es decir un verdadero unplugged, que tanta conexión.
Reflexiono acerca de la presencia del bajo. ¿Cuándo se sumó este instrumento al folklore? ¿Será su presencia el resultado de la falta de graves en la bordona?
Por suerte no hay batería ni platillos, me aliento. Pero observo con atención que del clavijero de la guitarra sale una cosita cuadrada. Lo que faltaba, un afinador electrónico, posiblemente de origen chino o indonesio. Ahora reflexiono sobre esto último. Decididamente ya ni hace falta tener oído para ser músico, porque aunque el músico sea un sordo, el aparatito le indica que se le desafinó tal o cual cuerda. ¿Cómo harían los gauchos que en pleno tema se daban cuenta que una cuerda se había desafinado y ahí mismo, con un certero movimiento en la clavija, la clavaban de nuevo en la afinación?
El comedor celebra la actuación del grupo. Me molesta estar sobreinformado y detenerme en estos asuntos paramusicales. Una vez más compruebo que la ignorancia es el camino a la felicidad.
Pero aún así, si me dan a elegir, prefiero disfrutar de la música tal como sale de los instrumentos. Como mucho, una amplificación general para que se pueda escuchar si el lugar es muy grande. A favor mío digo, ¿por qué el cantante no se pone un plug en la garganta y listo? Con el mismo criterio pido que sigamos amplificando con micrófonos las guitarras criollas. Pero si esto no fuera posible, porque “nada detiene el avance tecnológico”, al menos pido que sigan usando las guitarras de caja, no esas chatitas o sólidas que parecen una eléctrica pero con cuerdas de nylon, así al menos mantengo la ilusión de que en algún momento volveré a escuchar ese sonido tan dulce y potente que quedó inmortalizado en tantos buenos discos.