Por Leandro Vesco / Fotos: Soledad Bastida

El Pensamiento es un pueblo en ruinas que lucha por resistir. Llegó a tener 1000 habitantes y hoy sólo quedan 13, pero aún permanecen firmes en este rincón agraciado por la belleza serrana al sur del partido de Coronel Pringles. Como suele suceder en estos parajes, la escuela es el centro social por donde pasa toda la actividad del pueblo. Solos y aislados, pero unidos, se empecinan en mantener la esperanza intacta. Y quieren ser oídos, su pedido es unánime: quieren que llegue la luz que pasa a sólo tres kilómetros del pueblo.

Silvia Munz, maestra jardinera, cuenta que hubo un tiempo que tuvo que vivir en la escuela para poder seguir dando clases. Mabel Durcodoy, directora a cargo de la primaria, nombra a sus alumnos como si fueran sus hijos. Ellas, junto con los padres, hacen una familia unida y compacta. Acá no hay problemas de egos, todos tiran para adelante y piensan en esos niños que son el futuro de El Pensamiento; si hay que pintar, pintan, si hay que poner un techo nuevo, lo ponen, si hay que hacer un asado para recaudar fondos, lo hacen. Esta unidad es su fortaleza.

Las ruinas de los que fue El Pensamiento conmueven. “Por allá mataron al turco que tenía una tienda que se llamaba La Reina de Siria”, relata Hector Elormendi, historiador de El Pensamiento. Nos muestra la antigua cuadra de una panadería que todavía conserva la inmortal tapa del horno, con su vista nos señala un montón de escombros. 

El pueblo llegó a tener mil habitantes en su momento de gloria, tres almacenes, panadería, peluquería, herrería y un plano que guarda como un tesoro muestra el sueño de los que primitivos fundadores del pueblo: un trazado de calles ambicioso indica que El Pensamiento es un pueblo que no fue. “Queda esto, y nuestros recuerdos” señala Juan, nacido acá.

La ONG Proyecto Pulpería ha comenzado a trabajar en el pueblo y hará aquí una Campaña para equipar la escuela y lograr mejoras en la calidad de vida de estos trece habitantes que resisten y se permiten imaginar un pueblo con luces en las casas y en la calle y una Biblioteca Comunitaria en la Escuela.

La luz pasa a tres kilómetros del pueblo que por la noche se convierte en una boca de lobo. “La cooperativa eléctrica no quiere traer la luz, y algunos estancieros no les conviene que la tengamos y luchan para que sigamos a oscuras”. Tres kilómetros separan a El Pensamiento de estar conectado al mundo. “Queremos tener luz para que el pueblo se ilumine y para poder vivir mejor”, cuenta un vecino que recuerda sus años de escuela. “La maestra venía de Pringles, y si se enteraba que iba a llover el lunes, el domingo venía y nos daba clases para no perder el día”. Ejemplos de vocación que permanecen en Mabel y Silvia, actuales maestras.

En el almacén, Juan Lorca apura un vino mientras su tobiano lo espera en la puerta. “Soy soltero, no quiero problemas”, advierte. El brillo del facón ilumina esa criollez que lo hace un Martín Fierro viviente. Juan, el almacenero de pocas palabras mira el reloj, es mediodía y tiene que ir a almorzar a su casa, que queda cruzando las vías. “Acá hay que empezar todo de nuevo”, reflexiona el parrillero que nos espera con el almuerzo listo.

Estos 13 habitantes no se van a entregar. Bajo la sombra de un eucaliptus, en el patio de la escuela, las miradas se pierden en las sierras del Pillahuinco. Sueñan con tener luz y con volver a ver a su Pensamiento recuperado. En ese sueño colectivo se percibe el aroma a una pronta victoria.

Información: www.facebook.com/elproyectopulperiainfo@proyectopulperia.com.ar