Sólo ruinas, árboles muertos, hierros oxidados. Salvo destrucción, acá no quedó casi nada. Además, el agua es tan salada que resulta casi imposible tragar unas gotas juntadas con el dedo. Se dice que el agua del Lago Epecuén llegó a ser diez veces más salada que la del mar. Es tan salada que hundirse es casi imposible y entonces no hay registros de personas que se hayan ahogado acá. Y eso que este lugar llegó a ser el principal destino de veraneo de la región Oeste de la provincia de Buenos Aires, con una capacidad hotelera de 6000 camas.

Las propiedades de las aguas termales atraía a turistas de todo el país. Pero esos eran otros tiempos. Hoy, el paisaje apocalíptico se parece al de Hiroshima después de la bomba atómica.

Una de las personas que trabaja para que la Villa Lago Epecuén permanezca viva después de la inundación del 85, es el licenciado en Museología Gastón Partarrieu, quien además es el director del Museo Regional Dr. Adolfo Alsina, de Carhué. Enseguida queda claro que es un hombre generoso, en esta mañana fresca de otoño. El hombre acaba de señalar la vieja estación de tren “Lago Epecuén”. Como parte del proceso de recuperación, la estación fue reciclada y funciona como un museo en el que se puede apreciar cómo era la vida antes de la tragedia: hay fotos, muebles, ropas, un video. Allí trabajan el Vasco Rua y su mujer Cinthia. El contraste con lo que se está por ver en vivo y en directo es increíble.

“Lo sucedido con la Villa Lago Epecuén es único. Quizá no exista algo similar en todo el mundo. La negligencia, el desinterés y la desidia dejaron sólo un montón de escombros en lo que fue una vez un sitio de veraneo de proyecciones nacionales. Hoy, es difícil reconocer algo en sus ruinas; sólo los memoriosos pueden, a duras penas, ubicar sus sitios predilectos, los lugares de encuentros con amigos, los pubs, los locales bailables”, escribe Partarrieu en uno de los dos tomos de la revista “Sin olvido”. La publicación busca enseñar a hijos y nietos de ex pobladores lo que significó “la pérdida de su espacio, de su terruño, de su lugar en el mundo, el triste desarraigo, el casi olvido”.

Otro de las personas que trabaja en la recuperación es Leandro Vesco, de la Asociación Civil Proyecto Pulpería. Quedó hace un tiempo cautivado por Carhué y sus alrededores. Para dar una idea, el hombre escribió “Carhué”, una novela histórica de 1.500 páginas, que por ahora permanece inédita. Durante los años de investigación, Vesco y Partarrieu se hicieron colaboradores y amigos.

En la actualidad, en Carhué funciona un complejo de aguas termales. La ciudad tiene una capacidad hotelera de 700 camas y la región con sus campos quebrados y arenosos tiene su encanto.

Historia de terror

El viento mueve el agua y las olas pegan contra un terraplén haciendo ruido. Se camina entre las ruinas y se entiende por qué se han filmado aquí varias películas. Partarrieu comenta que trabaja para crear en el lugar un paseo organizado para poder mantener las ruinas. Las considera parte fundamental del soporte histórico. De chico, él iba en los veranos a la villa y tiene miles de recuerdos.

Se escucha el canto de los teros y un corredor avanza por un camino, en medio de un bosque muerto. Un poco más allá, un matadero abandonado, con el estilo inquietante e inconfundible del arquitecto Francisco Salamone. Partarrieu cuenta que con un grupo de amigos una vez remó en kayak desde Carhué hasta el Matadero. Es obvio que fue una travesía diurna. ¡Qué miedo deber dar este lugar de noche!

“Durante miles de años esta gran olla, aunque poco profunda, fue receptora de aguas superficiales y freáticas que eran infaliblemente evaporadas y los minerales residuales poco a poco iban acumulándose en el fondo, generando así una extrema salina”, se lee en el tomo 1 de “Sin olvido”.

En 1921, el promotor Dr. Arturo Vatteone inaugura el Balneario y Termas Mar de Epecuén S.A., dando inicio a la actividad turística y hotelera a las orillas del lago. A principios del siglo XX el Lago Epecuén empezaba a ser famoso por las propiedades naturales y curativas de sus aguas. El boca a boca hicieron que en pocos años llegaran miles de personas con la esperanza de curar enfermedades como artritis, artrosis, reuma, entre otras.

“Alrededor de 1975 todos veían y pensaban que un canal solucionaría todos los males de las Lagunas Encadenadas del Oeste. Pero en realidad era una canilla abierta. Cambios de gobiernos, golpes de estado, terrorismo de estado, guerra de Malvinas, hicieron olvidar que el agua que entraba no tenía salida y que había que continuar con las obras”, escribe Partarrieu. Pero esas obras no se continuaron y la inundación de 1985 hizo desaparecer bajo las aguas a la Villa Lago Epecuén. Mantener viva esta historia, colaborará a que nunca más se vuelva a repetir un desatino semejante.