Por Leandro Vesco / Fotos Juan Carlos Casas

“Acá el problema es que los varones no quieren actuar”, reflexiona Horacio detrás de una columna de humo. La tarde cae en este pueblo perdido en un tiempo crepuscular, el sol se esconde detrás de la melancólica estación de tren. El club Ernestina, con la noche que se avecina, es un punto incuestionable de reunión donde el viento y el frío juntan a los pocos habitantes que se le animan al pampero.

Horacio lleva cuatro años que es cantinero del club, vive con su tía y llama a Ernestina “el pueblo fantasma”. Lamenta que los varones no actúen porque el eje de reunión máximo del pueblo siempre fue el teatro, donde hasta hace algún tiempo se hacían obras con los vecinos del pueblo como actores. “Obras picarescas, divertidas. Yo me prendí y actué, me gustaba”, dice.

Ernestina tiene un boulevard que es el alma del pueblo y por donde pasa toda la actividad diaria. Aquí está el bar, un almacén, la capilla y el teatro. Centenarias palmeras adornan esta vía y suponen un trópico criollo que le da un halo fantástico.

El éxodo ha castigado fuerte: de los 2000 habitantes que había en 1960, hoy viven aquí 180. El pueblo aún sangra por la herida de no ver pasar más a los cuatro trenes diarios que paraban en la estación, hoy convertida en destacamento policial. Fue tan crucial y determinante el cierre de los ramales para localidades como Ernestina que nunca más pudieron ser lo que eran.

El teatro como eje

Caminamos por el pueblo, guiados por el Negro Collins, descendiente de ingleses que llegaron a estas tierras cuando todo estaba por hacerse. “Hay gente que no ha salido nunca del pueblo”, cuenta por lo bajo, como si hubiera resquemores de antaño, algo de lo que no se habla excepto a escondidas. Sentimos que cada cual está dentro de su mundo. Se oyen ruidos, pero es imposible ver personas caminando por las calles, como si todo se hiciera en silencio. Las niñas que juegan en la plaza se esconden cuando pasamos. “El problema es nuestra desunión. Es una pena porque somos casi todos parientes”, reflexiona nuestro guía.

Hacemos un alto para visitar el teatro, columna vertebral de Ernestina. Nos recibe Juan Carlos. “Nuestra competencia es con los árboles”, dice. Enormes y desafiantes, los eucaliptus y los plátanos sitian la grandiosa y colorida pérgola en el patio, en donde se hacían bailes cuando todo era movimiento. El teatro data de 1938 y formó parte de un colegio religioso, con pupilos, que hoy se halla abandonado y que tiene secretos que nadie quiere confesar.

En sus buenas épocas se presentaban obras y se usaba como cine. “Si esto volviese a funcionar sería otra cosa, pero la última vez que hicimos algo, no nos dejaron vender choripanes”, se lamenta Collins. Y comienza a hablar sobre las ideas de recuperación que muchos en el pueblo están queriendo llevar adelante: reactivar el teatro, poner el nombre a las calles y pintar lo que está oxidado.

Las luces del día ya ilusionan a la luna con ese color ceniciento que produce el último suspiro solar. Con ese tono entramos a la capilla donde está Nelly, “la dueña de la iglesia”. Explica que la congregación que administraba el colegio y el teatro abandonó de un día para el otro Ernestina, y viendo la dedicación de Nelly por el lugar, les dejaron las llaves. “Nunca más volvieron. Y acá estoy, cuidando la iglesia.”

Desigualdades

La noche nos encuentra en el club, en donde se practica el sano deporte de hablar. En estas paredes se concentra la comunicación del pueblo. Tan importantes son estos lugares que reemplazan a las pulperías de antaño pero que conservan su social fin de unir a las personas alrededor de una copa. Aparece Martín Magliolo, quien dejó Buenos Aires para cambiar de vida e instalarse en Ernestina, y también es nuestro anfitrión, quien nos hospedará esta noche.

Martín es el verdadero motor de buenas ideas para Ernestina. “Muy lejos no podían irse. A la noche venís al club o al bar de acá a la vuelta. No hay más opciones”. La casa de Martín, como el club, es un lugar de encuentro, mientras la noche –esa compañera serena- abraza con su manto de frío la colorida reunión. Las estrellas parecen caerse, pesadas de brillantez. El fuego está listo y de a poco comienzan a llegar las personas: Collins, tío de Martín y vecino, el hijo del almacenero, y más tarde aparece el Delegado Municipal, Marcelo Castellani.

Estamos en el lugar adecuado, donde además de la carne se cocinan las ideas de progreso para Ernestina. “De a poco va llegando gente de Buenos Aires a vivir, nosotros ofrecemos tranquilidad. El único problema de Ernestina, es que no hay problemas”, sentencia Marcelo, quien con su juventud le da un vuelo de energía esencial a las propuestas de este verdadero comité. Cuenta que hace un tiempo llegaron funcionarios provinciales y municipales a inaugurar la planta de agua potable: cortaron las cintas, se sacaron las fotos y se fueron, dejando polvo detrás.

“El tema es que se olvidaron de conectar el tanque a las casas. Inauguraron el edificio, pero no la red. Seguimos sin agua”, dicen. Desigualdades que duelen pero que no deben frenar las idea de que rescate de los pueblos vendrá por la voluntad de los pobladores y no por gestiones políticas. Martín trae el asado, sabroso y fundacional como todo asado criollo, hecho por manos que saben lo que hacen; él se encarga de hacer de todo en el pueblo. “Pero lo que más me gusta es cortar césped”.

A la tarde nos dimos cuenta: todo el pueblo parece una alfombra verde. Una sombra se ve pasar por la ventana; es el policía del pueblo, quien entra como a su casa. En un pueblo todos son una gran familia. Se suma a la mesa y poco a poco la charla va tocando su fin. Nuestro paso por Ernestina nos deja la sensación de que estamos ante la etapa embrionaria de un grupo de personas que desean lo mejor para su pueblo. Hay muchos obstáculos y tejido que recomponer, pero, como dice Martín: “Por lo menos estamos unidos nosotros”. Falta trasladar ese concepto a todo Ernestina.

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