Un equipo de 55 personas, con tres oficinas centrales en la Argentina, una en Nueva York, una en México y una en Sudáfrica, conforman el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) que preside el licenciado en antropología Luis Fondebrider y que tiene como trabajo central documentar científicamente las violaciones a los Derechos Humanos que se produjeron en la Argentina entre 1976 y 1983. Tras el retorno de la democracia al país, hace casi 29 años, Fondebrider juntó a un grupo de profesionales de la arqueología, antropología, medicina e informática para crear esta organización. “Hemos crecido mucho en estos últimos años, hasta tal punto, que nuestro trabajo cruzó fronteras, pero en el comienzo fue todo muy azaroso. En ningún momento pensamos en formar una institución ni desarrollarnos como nos desarrollamos. En el principio sólo acompañamos los procesos judiciales abiertos en la Argentina a partir de 1985 y aportar un tipo de investigación que los servicios forenses argentinos no brindaban por falta de capacidad, y por falta de credibilidad en la población de los familiares de los desaparecidos. La verdad es que no teníamos ningún plan desarrollado”, admite Fondebrider en diálogo con “El Federal”.
Con el asesoramiento del Clyde Snow, un antropólogo norteamericano que asesoró al equipo de antropólogos argentinos, que a mediados de los 80 todavía no tenían tanto crédito en la sociedad, la EAAF creció en conocimiento, pero no en fama. Desde adentro sabían que el bajo perfil debería ser una marca indeleble. “Siempre creímos que no debíamos ocupar otras áreas en la que teníamos permitido opinar, pero no era nuestra intención focalizarnos. Siempre tuvimos claro que no éramos una organización de derechos humanos. Sabíamos que no teníamos que hacer denuncias ni manifestaciones. No era nuestro rol. 
-¿Cuál fue el rol de la EAAF por aquel entonces?
-Nosotros estudiamos de la ciencia cómo podíamos devolver eso a un problema muy concreto que había en la Argentina durante esos años y que la academia no se había hecho cargo ni se había acercado a ayudar a los familiares.
“Nostalgia de la luz” es un documental del realizador chileno Patricio Guzmán. Narrado en primera persona es una mirada introspectiva sobre temas existenciales, como el origen del universo y temas fácticos y políticos, como los familiares que buscan a sus seres queridos muertos en la dictadura de Augusto Pinochet en Chile. La escenografía es el inmensurable desierto de Atacama, un desierto que al fin lo unirá todo. Ese mar de tierra esquivo a la mano del hombre, parece atrapado en un nudo. Allí, en la desolación de ese paisaje, están los personajes. Personajes reales, por cierto, cada uno con su búsqueda a cuestas, una búsqueda sin límites territoriales, aunque haya alguna brújula. El filme comienza con un astrónomo que desde un viejo observatorio estudia el misterio de las estrellas, el pasado más pasado, y con un arqueólogo que investiga las ruinas precolombinas y las momias del desierto. En su relato señala que un predio abandonado del siglo XIX en Chacabuco -donde vivían mineros esclavizados- es convertido por los militares de la dictadura chilena en un centro clandestino de detención. La puerta que abre el arqueólogo permite que el curso narrativo, lento, pase al tema político a través de los wwwimonios de dos sobrevivientes del campo: uno que en cautiverio miraba las estrellas con un precario telescopio construido por él mismo y que le hacía sentir la libertad; el otro, un arquitecto que memorizó las dimensiones de la cárcel al punto de poder dibujarlos con una exactitud tal que dejó inmóviles a los mismos militares. Las historias comienzan a confluir en la figura de un joven ingeniero hijo del exilio que trabaja en un observatorio internacional, y su madre, que, como víctima de la represión, hace masajes como terapia por las secuelas de las torturas. ¿Cómo orientar una búsqueda tan desesperante?
“El patrón de búsqueda en la Argentina siempre fueron los cementerios. A diferencia de Chile, Brasil y Uruguay, en la Argentina se utilizaron como lugar de búsqueda los cementerios. Ahí es donde iban los familiares en los años ’83 y ’84. Eran las famosas tumbas NN. Sería el equivalente a la búsqueda de las mujeres de Calama.”
– ¿Cuáles fueron los primeros resultados de aquellas búsquedas?
– Mostrarles a la Justicia y a los familiares que era posible hacer una cosa diferente. En el ’84 se hicieron excavaciones en todo el país ordenadas por la Justicia. Utilizamos palas mecánicas y sepultureros. Fue un desastre: se perdieron cientos de cuerpos, se perdió evidencia. A través de nuestro trabajo se demostró que se podía hacer de otra manera. Aplicar las disciplinas que existían en la Argentina, como la arqueología y la antropología, para poder formar un esqueleto completo, poder identificarlo, poder determinar cómo murió. Ese era un punto importante, porque siempre hubo una versión oficial. Ese fue un cambio importante.
– ¿Es necesario reconstruir un cuerpo completo para identificarlo? 
– Cuando alguien muere, el cuerpo se descompone poco a poco. En esa instancia es más difícil identificar a una persona: ya no hay huellas dactilares, color de ojos. Lo que quedan son los huesos. Si ese esqueleto está completo crecen las posibilidades porque hay métodos. Con la genética cambió mucho: se puede identificar a alguien con un solo hueso, en la genética forense de los 80 y parte de los 90, eso no era posible. Al mismo tiempo pesa algo humanitario y cultural, ¿no?, no es lo mismo recibir un cuerpo completo que un hueso. Eso genera problemas de diferente tipo: jurídico, humanitario o psicológico. Asociar un pedacito de hueso con una persona es difícil.
– ¿Cómo fue el avance de la identificación de cuerpos hasta hoy?
– En 28 años recuperamos 1.200 cuerpos, de los cuales identificamos 510. El salto fundamental se dio a partir de 2007. Ese año creamos un proyecto llamado Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas. Se trata de un cambio de estrategia para hacer cruces masivos de muestras de familiares con esqueletos exhumados. Eso incrementó en forma enorme la cantidad de cadáveres identificados. Había casos que no podíamos resolver porque en general estos procesos, y la Argentina no es una excepción, la gente desaparecida es gente joven, sin mayores características físicas en cuanto a fracturas o enfermedades. Tampoco hay una política en la Argentina de preservar las fichas odontológicas. Identificar es comparar, si no tengo datos antemortem es muy difícil llegar a la identificación. Por eso la genética, aunque no es excluyente, produjo un cambio fundamental en nuestro trabajo a partir de 2007.
– ¿Cuántos de esos cuerpos se identificaron en los últimos cinco años?
– Más de la mitad.
– ¿Los huesos son información?
– Sí, pero cuando uno trabaja con esqueletos tiene menos elementos. Si alguien murió electrocutado, en los huesos no lo ves. Otro tanto si se ahogó. Un disparo en los huesos, sí. En este tipo de casos con muertes violentas, en todo los casos vemos disparos en los huesos. Nos permite trazar de qué forma murió esa persona. En muchos casos se justificaba diciendo que se trató de un enfrentamiento. Un disparo en la cabeza parece no decir eso.
– ¿Sufrieron algún tipo de presión?
– No. Siempre nos respetaron. Es más: desde 2003 contamos con el apoyo del Estado. Nunca nos exigieron nada, excepto, claro, la rendiciones que corresponden a un ente apoyado por el Estado. Somos una pata más del tríptico justicia, memoria y verdad. Nuestro trabajo ha sido el trabajo de un montón de gente. Nosotros reconstruimos hipótesis de trabajo. Para identificar a una persona hay que hablar con mucha gente, con muchos wwwigos. Hay que ver muchos documentos.
– ¿El equipo está conformado totalmente por forenses?
– Habría que aclarar algo, el concepto de forenses acá es distinto del que todos conocen tradicionalmente. Hay biólogos, gente de informática, que aplican cuestiones de esas áreas a los asuntos forenses. En el cuerpo forense argentino es muy difícil encontrar esas especialidades. Además nos especializamos en violencia política. No es el forense que conocen todos, el que hace la autopsia, entrega el informe y terminó su trabajo o hace una pericia balística. Nuestro trabajo es interdisciplinario. 
  Aquí, allá y en todas partes.: El saldo mortuorio de la guerra de Vietnam es casi de un millón de desaparecidos. Fondebrider viajó a Vietnam convocado para un acuerdo de cooperación de la EAAF con aquel país para capacitar a los forenses vietnamitas. La firma del acuerdo de cooperación fue el colofón de un largo proceso nacido en la embajada argentina en Vietnam, que propició el encuentro entre EAAF y el gobierno de este país. Fondebrider pasó una semana en Vietnam entre reuniones con el Instituto de Medicina Legal y recorridos para evaluar una empresa que auguró compleja por el paso del tiempo y ciertos factores culturales. Se calculan en cientos de miles los desaparecidos de ambos bandos durante la guerra y, aunque los Estados Unidos se han comprometido con ayudar, hasta ahora solamente han buscado sus muertos.
“Ellos tienen más de 300 mil muertos de la guerra con los Estados Unidos. Mientras los Estados Unidos se encargan de ubicar a sus tropas, al gobierno de Vietnam le pareció interesante nuestro trabajo. Hicimos un primer viaje en 2010 para evaluar la propuesta y planificar todo. Ya hicimos un par de viajes para allá;  ellos también mandaron representantes, y el proyecto camina y vamos bien. Es una tarea humanitaria. Hasta ahora estamos en una fase de entrenamiento. Le dictamos un primer curso a más de 60 forenses vietnamitas. Ahora volvemos en abril a Vietnam para seguir con el trabajo”. Puntales en la lucha contra la violencia política, Fondebrider y sus colegas no pueden devolver vidas, pero sí ayudar a darles a las víctimas lo que más necesitan: justicia.