Fotos Pablo Uncos y FIFBA

Es octubre y cae la tarde en La Plata, lenta, con el sol muriendo entre nubes que hace dos días amenazan con un aguacero que nunca llegará. Cuando las luces del bosque se prenden, empieza Pajarín, golpeando el bombo, con un golpe, con dos golpes, con tres en un bombo legüero, en el espectáculo que armará con su hermano Koki, hijos de Carlos Saavedra, sobrinos de Juan, todos bailarines de esa tierra misteriosa y musical que es Santiago del Estero.

 

Esto ocurre acá, en uno de los seis escenarios que el Festival Internacional de Folklore de Buenos Aires (FIFBA) ofreció este año. Porque unos metros más allá, a esta misma hora de la tarde del sábado 12 de octubre, Orozco y Barrientos, Fernando Y “Tilín”, destapan “Tinto”, su último disco, para ofrecerlo en copas llenas, fresco, de uva recién cortada, de canciones que maduran a veces con cuatro guitarras, con Federico Chavero y Gabriel Orozco.

Ellos encarnaron, ya de noche, el espíritu del festival, con un Tilín suelto, hablando de su Mendoza, de la tonada, del cogoyo, y cantando obras propias y otras perlas como El Marucho, que ofició de primera despedida, porque la gente, sentada en el pasto, en silencio, como si estuviera en un teatro, los hizo volver con “Celador de sueños”.

Ese espíritu del festival también lo encarnó a la tarde Sofía Viola, la chica de Temperley, en el Siestario, el nombre del escenario que en esta quinta edición estrenó el FIFBA. Pero volvamos a la noche: apenas terminó la impecable y aplaudidísima faena del dúo de Mendoza, la atención rumbeó al escenario principal, donde Kalama Tropical soltó las riendas de una guaracha furiosa que registró uno de los puntos más altos del baile en el bosque platense.

Con ellos de fondo, Gustavo Ameri, uno de los programadores del FIFBA, que también ofició de enérgico locutor y presentador, le dijo a El Federal: “Pensamos en hacer un festival sin tantos músicos famosos y la gente nos sigue acompañando a pesar de que fueron tres días grises”, soltó, ancho de felicidad. “No sabíamos cómo iba a tomarse el hecho de hacer un festival después de la inundación de abril. Pero la gente de La Plata lo tomó como propio al festival. Si alguien llega a las dos de la tarde y a las 4 de la mañana todavía está saltando, pidiendo otra, es la señal de que el festival funciona”.

También habló de algo imprescindible: las grillas de los festivales de verano excluyen a muchos buenos artistas que el FIFBA lo llama para darlos a conocer. “Esto es un espacio de celebración y aprendizaje, porque convocamos a artistas que no tienen espacio pero sí talento”, tiró Ameri, sabedor de que este encuentro funciona como la puerta de entrada para saber de la existencia de músicos que los medios ocultan y los demás festivales olvidan. “Mucha gente vino a ver Dancing Mood y también vio a Los Manseros. O vinieron a ver Ondatrópica y vieron al Dúo Coplanacu”.

Hay que bailarlo

Cerca de las nueve de la noche del sábado, cuando todavía alguno tarareaba el “hay que bailarlo, hay que cantarlo y ser feliz”, estribillo con el que Kalama Tropical se despidió, llegó una de la joyas del FIFBA al escenario principal: Elpidio Herrera y las Sachaguitarras Atamisqueñas, el creador de ese instrumento bautizado así por Sixto Palavecino. “Tiene linda voz el abuelo”, tiró uno, que enseguida preguntó cómo se llamaba ese señor cano que pasó de un set de chacareras y gatos a un blues. Elpidio vino acompañado por su hijo Manolo al mando de la “Sachaguitarra X10”, también una creación propia, más bombo y guitarra. 

Al costado del escenario, mientras Elpidio le cantaba a su Villa Atamisqui, ocurrió la constante del festival: la gente bailando, achicando los brazos para zarandear y mudanceando en el lugar. Pero bailando. La gente no dejó que Elpidio se fuera así nomás: el autor de La Filosófica cerró con una chacarera y dijo chau. Le hizo el aguante DJ Villa Diamante, que pinchó canciones del rock nacional, hasta que cerca de las 22 entraron en escena Raúl Barboza y su acordeón embrujado. Con una guitarra que casi no se oía y un contrabajo le alcanzó para dibujar el Litoral de sus amores. El músico, que vive en Francia, se confesó feliz por estar en el FIFBA. La gente lo bañó en aplausos.

Metabombo, la banda de Camilo Carabajal (hijo de Cuti) le siguió a Raulito. Hizo un paseo por los ritmos nacionales, con algunos refuerzos como Hilda Lizarazu, Koki y Pajarín Saavedra, siempre con el bombo -claro- como punta de lanza de un set que también tuvo violín y un par de guitarras, pero cuyo centro estuvo en el golpe incesante -a veces demasiado incesante- a los parches.

En el interludio, entre el fin de Metabombo y el comienzo de Arbolito, se escuchó a los vendedores de todo: panes rellenos, vasos y de vino, fernet con hielo, milanesas, porque ya habían pasado los de pastelitos para el mate. Algunos -como este cronista- aprovecharon para comerse un rico sandwich de entraña de los puestos humeantes de la calle, en donde también salían choripanes y hamburguesas.  

El domingo, que había arrancado con Lalá y el Toque Mágico, una extraordinaria orquesta inteligente con apariencia inocente y al rescate de viejas canciones, terminó el lunes. Porque ya con el nuevo día, Arbolito, el quinteto que le imprime canciones propias a una estética que conjuga rock con folklore, canto y militancia, le puso pimienta al final del FIFBA: arrancó con un tinku furioso que se hizo grito: para que la gente baile y salte, cante, se hamaque. Y piense. Fue una hora y media con momentos enérgicos, de pogo, pero también para demostrar la calidad de músicos, que intercambiaron instrumentos y alternaron en la voz tres de sus cinco integrantes Ezequiel Jusid, Agustín Ronconi y Pedro Borgobello. Dejaron todo sobre el escenario y el público, fervoroso, lo agradeció. 

Viernes de canciones

El viernes, el día que arrancó con la mixtura andina de Mamá Chavela para levantar el telón del FIFBA 2013, subió a cantar Dona Onete, la brasileña que a los 74 años grabó su primer disco. Desde temprano se cumplió el ritual de la reposera, el mate y los bizcochitos. En ese clima, trepo al escenario Fogón Peteco Carabajal, con su hijo Homero en la guitarra para que la gente se sentara a oírlo. Pero el santiagueño hizo clásicos suyos y de otros y la gente, entonces, bailó. En el mismo espacio cantó el uruguayo Fernando Cabrera, debut en este festival.

La Salta de la Negra Chagra -con las canciones de su nuevo disco-, la Corrientes de Teresa Parodi -que hizo clásicos como “Pedro Canoero” y “El cielo del albañil, de Tarragó Ross- calentó el ambiente para que Luciano Pereya cante las canciones de “Con Alma de Pueblo”, su disco más reciente y más folklórico.

Sábados circulares

El sábado hubo, según la estimación de los organizadores, 40.000 personas. El domingo circuló menos gente  gente, pero eso tal vez sea más anecdótico que importante. Lo interesante es que el público se divirtió, vio artistas de altísimo nivel sin pagar un peso y lo hizo con respeto y alegría.

El mismo día, un poco más allá, en el escenario Siestario, el colombiano Edison Velandia cantó su folklore, contó sus costumbres y se ganó la simpatía de todos. La música bailable de Colombia estuvo en La 33, coterráneos suyos, para ratificar la idea del festival: invitar a una ciudad extranjera cada año. Este le tocó a la colombiana Bogotá.

Desde Córdoba llegaron Los Decadentes de la Docta, Los Caligaris, en juntada con La Pata de la Tuerta y Nenes Bien para declarar la fiesta en el bosque platense con esa mezcla de pachanga, rock, pop y ska que hace imposible quedarse quieto.

Los Manseros Santiagueños (no la formación de Onofre Paz, sino la que armó Leocadio Torres, uno de los fundadores del conjunto original), El Vislumbre del Esteko, Cantañas de Cajú, La Negra Chagra, Luciano Pereyra, DJs, Los Alonsitos, Los Cocineros, Edgardo Cardozo, Juan Quitero y Luna Monti, Negro Aguirre, entre otros, le pusieron calidad a un festival que de a poco, y por la aceptación popular, se mete en la agenda, y también en el corazón, de todos.