Por Patricio Estévez

La ganadería vuelve al sur bonaerense y al este pampeano. Poco a poco, el paisaje se va repoblando de las vaquitas que en otras épocas supieron ser una vista natural de la región. Los últimos avances descubiertos por los técnicos de la Estación Experimental Bordenave del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) de Bahía Blanca, demuestran que en una zona semiárida como ésta, con muy pocas precipitaciones, es posible implantar pasturas perennes que pueden nutrir al ganado vacuno hasta por veinte años, sin replantar. La novedad, que supone también una baja sensible en los costos de implementación y manejo de los forrajes -muy inferiores a los que registran el resto de los cultivos de invierno de la región- devuelve a los productores de la zona la esperanza de volver a prosperar con la retención de madres y el aumento de sus rodeos.

En los últimos años, desde el INTA se trataron de mejorar los estudios y la información disponible en forrajeras mejor adaptadas a la pampa seca. El punto de partida fue la consideración de que en el nordeste bonaerense (la pampa húmeda, con más de 700 milímetros de lluvias anuales) las posibilidades productivas son muy diferentes a una región que recibe menos de 600 milímetros anuales, tal como ocurre en el sudeste provincial. Muchas de estas forrajeras habían sido introducidas en los años 70, y en los 80 hasta se había hecho alguna campaña importante de siembra, pero de ahí habían pasado de 30 a 40 años sin sembrar ningún lote de variedades como el pasto llorón, por ejemplo. “Entonces empezamos a promover y a hacer algunos ensayos de estas especies y nos sorprendió favorablemente el desempeño que tenían incluso en años muy secos, de 300/400 milímetros”, comenta el ingeniero agrónomo Carlos Torres Carbonell, quien es investigador en la estación experimental Bordenave del INTA Bahía Blanca. 

La novedad de las forrajeras abrió los ojos al equipo de trabajo, que comprendió que podía armar sistemas de producción ganaderos sobre estas pasturas, que resultaron muy estables por la cantidad de pasto que daban todos los años. 

Según Ángel Marinisen, jefe de la agencia de extensión del INTA Bahía Blanca-Estación Experimental Bordenave, “como nosotros estamos en una zona eminentemente ganadera, teníamos que incluir en la producción forrajera a estas pasturas perennes”, comenta. Entre las pasturas más populares en la región está el viejo pasto llorón, que es muy conocido en La Pampa, porque desde allí se difundió a otras zonas del país. También puede contarse al mijo perenne, que es una forrajera sobre la que se experimenta mucho por estos días. “Por el momento son las armas más importantes que tenemos para hacerle frente al tema de la producción de pasto en nuestra zona, que es una zona semiárida que tiene un promedio de 580 milímetros, que igualmente no se cumplen. Si tenemos en cuenta que en la línea del tiempo se registraron marcas como 207 milímetros en 1860, y 1.091 milímetros en 1977, eso significa que la media es muy engañosa en nuestra zona semiárida”, concluye Marinisen.

Esta imprecisión en las marcas pluviométricas de la zona obliga a buscar planteos forrajeros muy seguros, y estas forrajeras megatérmicas son las que mejor se adaptan al sistema de producción semiárido. La zona del sudeste bonaerense, en términos de precipitaciones, es variable. Quizás se observa alguna tendencia en el cambio de la distribución de las lluvias entre estaciones. “Estamos viendo -explica Torres- que en esta última década han disminuido las lluvias de primavera y han aumentado las de verano/otoño. Esto nos hace ver que querer hacer cultivos de cosecha fina como el trigo o la cebada, que andaban normalmente en otras épocas, se hace muy complicado, porque son muy dependientes de las lluvias de primavera.” En este escenario, las pasturas de origen sudafricano ya mencionadas son especies que tienen su mayor crecimiento en la estación cálida; un aumento de lluvia en el verano favorecería a los forrajes sobre algunos cultivos invernales. 

¿Por qué una zona tradicionalmente ganadera, como siempre fue la pampa seca, entró en crisis con la producción de bovinos? Recuerda Marinisen: “En nuestro caso particular, en el partido de Bahía Blanca, la merma de hacienda fue muy importante. Eso se debió a dos razones: el tema climático, una sequía espantosa en 2009 que nos hizo liquidar mucha hacienda y nos hizo perder casi el 40 por ciento de la hacienda del partido, lo cual es mucho decir. Sumado a esto, los problemas de precios, la relación costo/beneficio del campo, nos hizo perder mucho stock vacuno”. 

Sin embargo, el retorno a la ganadería en la región estaría también, paradójicamente, ligada al cambio climático y a los costos. Según el experto del INTA, algunos cultivos -verdeos de invierno, o el propio trigo- a raíz de los cambios constantes del régimen de lluvias, también resultaban poco confiables. “Y eso empujó a muchos a hacer las viejas pasturas, que ahora comienzan a tomar vigencia”, explica Marinisen. 

Otro tema es el costo. “Cuando uno logra implantar una pastura, se diluye mucho el costo, porque la pastura no es anual como el verdeo. La pastura perenne queda a través de los años, por diez o quince años, y esto hace que la producción forrajera, por kilo de materia seca producida, sea mucho más barata”, explica el jefe de la agencia de extensión del INTA. 

Algunos números ilustrativos respecto de los costos: Un verdeo de avena o de cebada con la producción habitual de materia seca en los partidos de Bahía Blanca o Rosales, cuesta de 23 a 25 centavos por kilo de materia seca, mientras que el kilo de pastura cuesta sólo 3 centavos. 

Según estimaciones del INTA, en toda la zona del este de La Pampa, el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, Bahía Blanca, y todos los pueblos vecinos -Guatraché, San Martín, Villa Iris-, la producción de carne media por hectárea/año, ha caído en la última década cerca de 30 kilos por hectárea por año. “Eso es por la poca producción de pasto que tienen algunos pastizales naturales, porque los verdeos anuales fallan, mientras en los campos demostrativos que tenemos más avanzados, que ya han plantado un 50 por ciento del campo con pasturas, además de diluir los costos nos damos cuenta que estamos llevando la producción de carne a 80-90 kilos. Hablamos de triplicar la producción con costos sensiblemente menores”, aporta el joven Torres Carbonell. 

El investigador del INTA afirma, además: “Si en los campos de treinta kilos de carne hoy observamos un margen de 150/160 pesos por hectárea por año, en un campo con forrajeras estamos observando márgenes brutos de 500/600 pesos por hectárea por año, que responden a un aumento de la producción con disminución de los costos”. 

¿Tendrán éxito las forrajeras perennes en la pampa seca, como pretenden en la Experimental Bordenave? 

En primer lugar, el productor debe estar convencido de que tiene que tener un cambio en su sistema de producción. No todos están muy convencidos de que la pastura es un mejor camino para hacer un cambio. Dice Torres: “Poco a poco nos damos cuenta que el productor debe entrar en la variante de las pasturas perennes, por el problema de los costos. O sea, la fortaleza de este planteo, ante el análisis de los números, es que resulta una variante mucho mejor que cualquier otra”. La otra cuestión, según el investigador, es que el productor deberá paulatinamente dar más dedicación a la atención de la pastura en el campo, que requiere de manejos que exigen una mayor presencia en los lotes. “Una vez implantada la pastura en zona semiárida, requiere de algunos cuidados, prácticas de manejo con pequeñas parcelas, rotativos cada tantos días con altas cargas, para asegurar que esas pasturas duren los veinte años que nosotros queremos en esta zona, y no sólo tres años por un mal manejo”, explica el joven ingeniero agrónomo. El sudeste bonaerense habla en clave de forrajes.