Por Leandro Vesco – Fotos Juan Carlos Casas

“Todavía no puedo controlar la lluvia, pero imposible no es nada”, le dice el Delegado Municipal de Gascón, el pueblo que ha renacido, al intendente de Adolfo Alsina, David Hirtz, que mira asombrado la energía que destila este hombre. Las nubes amenazan el cielo pampeano, pero Rulo, el Delegado, las mira con bronca. Hace días que no pueden avanzar en las obras para techar la futura biblioteca que funcionará al lado de la pulpería.

A días de la inauguración de la biblioteca comunitaria -que quedó lista después de nuestra visita- y la puesta en valor de la pulpería que la ONG Proyecto Pulpería ha logrado hacer allí, se ve la fuerza que han puesto todos en Gascón para que este sueño sin precedentes sea realidad. Mantienen al pueblo como si se tratara de una gran casa, a los que quieren tener bella, segura y cuidada. Este es el año de Gascón.

Los 105 habitantes están en la calle, van y vienen. La pulpería es el centro de reunión, los hombres, los niños y algunas mujeres pasan y chusmean. Sentados, la notable comisión de varones, organizan las actividades que faltan para lograr que el techo que están instalando en el antiguo comedor del hotel quede bien. Nadie de allí ha puesto un techo nunca, pero las ganas sobran y sobrevuela la sensación de que si se lo proponen podrían bajar al sol con una cuerda, lustrarlo y devolverlo al firmamento.

“Los libros tienen que estar bien cuidados”, advierte Fabio Robilotte, responsable de Obras Públicas del Municipio, quien como si fuera un obrero más se arremanga su camisa llena de polvo. Es mediodía, detrás de la pulpería, Eduardo Mok, de 20 años y facón en la cintura, asa un cordero de 35 kilos. El aroma se desparrama por todo el pueblo.

La calle principal de Gascón parece la avenida de una ciudad grande. Es un pueblo vivo, en movimiento. Los libros y la pulpería son el epicentro de toda esta movida maravillosa en la que interviene desde la autoridad máxima hasta el guacho más chúcaro. Acá nadie le esquiva al bulto y todos quieren lo mejor para su comunidad.

Hay buenas noticias. Desde principios de año la ONG Proyecto Pulpería lanzó una Campaña para crear una Biblioteca Comunitaria y la puesta en valor de la pulpería del pueblo, que es atendida por Sebastián Ermantraut, un personaje querible y sentimental que eligió abandonar la gran ciudad para hacerse cargo del boliche que su abuelo le legó antes de morir.

El pulpero formó su familia en Gascón. Su pequeño hijo Roman se pasea entre las mesas y ve con interés el formidable mostrador de estaño. Su vida brilla de libertad en este bendecido rincón del mapa. La campaña contó con el apoyo de docenas de fundaciones, empresas y particulares, y con el acompañamiento del Municipio de Adolfo Alsina, que entendió que defendiendo lo pequeño una comunidad se hacía más fuerte e independiente.

Repoblar

La apuesta fue más lejos: se pensó en la repoblación, usando las casas ociosas del pueblo y dándolas a familias emprendedoras en comodato. La idea no tardó en propagarse y cientos de soñadores se han anotado para este cambio de vida que hoy es posible. Sin ir más lejos, Natalia y Rodrigo, dos jóvenes amigos de Bahía Blanca, impulsados por todo este frenesí de cambio y reconquista, dejaron ese día la ciudad, agarraron el auto y se vinieron a Gascón. “Queríamos ver cómo era el pueblo. Nunca imaginábamos que todo era tan lindo”. Enseguida les hicieron lugar en la larga mesa en donde todo Gascón se prepara para celebrar tantas cosas positivas y la visita de El Federal.

El almacén de ramos generales nos depara una sorpresa. Nos atiende un muchacho que es un clon del parrillero. “Es mi hermano, somos gemelos”, explica. El Almacén data del año 1943 y su estado es original, parece un museo, pero con vida. Allí se consigue todo lo que el género humano inventó hasta ayer. Gascón es un pueblo con gente amiga, solidaria. Uno camina por sus calles, limpias y con aceras recién pintadas y carteles con frases como por ejemplo “El orgullo de un pueblo es el esfuerzo de sus habitantes”. O este otro: “Todos tienen opiniones pero pocos tienen ideas”.

La sensación es la de estar en el patio de casa. Los niños sonríen y juegan en las calles; los perros parecen apurados haciendo alguna diligencia canina pero se detienen con seriedad al percibir el olor de ese cordero que atrae multitudes; el intendente que se mezcla con los peones y es un vecino más; las mujeres que bajan ensaladas sobre las meses, el vino compartido y la alegría se contagia como si fuera lo más natural del mundo.

Gregorio Aberasturi, productor y vecino de Gascón, responsable de gran parte de este renacimiento comenta. “Acá tiene que volver a funcionar el hotel”. Auspiciosa y ambiciosa idea que sólo puede ser fundamentada por la cantidad de gente que se ve y quiere venir a conocer este pueblo que se animó a soltar el envión del abandonado y apostar por un cambio de página, decididos y sin miedo al trabajo, los 105 habitantes viven días fundacionales y como dice el Rulo, “imposible no es nada”. Por eso, Gascón sueña en grande.