Por Kevin Hicks

En el campo del desarrollo de los biocombustibles existe una cierta preocupación sobre la velocidad en la que se podrán imponer como alternativa a los hidrocarburos. A fin de año, en los Estados Unidos, caerán los subsidios y también el beneficio de no pagar algunos impuestos que les fue concedido a los productores en virtud de que se crearan combustibles alternativos, menos contaminantes. Además, distinto a lo que sucedía diez años atrás, se suma un obstáculo más: el descontento social por el crecimiento de los precios de los alimentos cuya materia prima en grandes cantidades es hoy utilizada para crear biocombustibles como el etanol.
Los investigadores y desarrolladores de estos combustibles verdes tenemos la responsabilidad de demostrar mejor los beneficios que traerá a las personas la utilización de esta energía y también encontrar maneras de no consumir lo que podría ser destinado a los alimentos. El mejor resultado sería que sin subsidios o beneficios externos, el biocombustible fuera una fuente de energía accesible y competitiva.
Hoy la producción de etanol es el biocombustible con mayor presencia y los productores pretenden cubrir para el 2022, la meta fijada en los Estados Unidos de que en todo combustible exista una mezcla con el 10 por ciento de esta fuente. Es cierto que la materia prima con la que hoy se produce la mayor cantidad de etanol es el maíz. Pero también avanzan los desarrollos que utilizan a la caña de azúcar, a la cebada y el sorgo dulce como alternativas que podrían reemplazarlo. De esta manera nos vamos alejando de productos del agro que se encarecieron en los últimos años y trajeron consecuencias los consumidores. 
Para evitar la utilización de cereales o materia prima usada en alimentos, un gran desafío para los investigadores consiste en generar energía a partir de biomasa. Se trata de una materia orgánica con capacidad energética, susceptible de someterla al proceso de “pirolisis” que en pocas palabras consiste en exponer la materia prima sólida a altísimas temperaturas para descomponerla y convertirla en un líquido o gas destinado a servir como combustible capaz de reducir en un 50 por ciento el nivel de contaminación que actualmente generan los hidrocarburos.
En la Argentina existen desarrollos como los mencionados pero desde la Universidad se está avanzando en un área muy innovadora: el hidrógeno. En el ITBA están avanzando en investigar distintas formas de almacenamiento de esta energía, ciento por ciento limpia, cuyo residuo es solamente agua potable. Iniciativas construidas como el MAEL (Módulo Argentino de Energías Limpias), que el ITBA instaló en la Antártida para probar esta fuente, nos dan la pauta de que la preocupación de reducir los efectos del gas invernadero cobran importancia en todos los países del mundo.