Por Leandro Vesco / Fuente: InfoGei – Diario de La Pampa

Las escuelas rurales son los últimos mojones de civilización en el entorno rural. Los habitantes de La Gloria, un pueblo que tiene un centenar de habitantes ubicado a 50 kilómetros al este de Santa Rosa, se encuentran haciendo las gestiones para que la Escuela Nº 90 (fundada el 1º de agosto de 1915) vuelva a abrir sus puertas, luego de 4 años de su cierre. En ese contexto, toda la comunidad reclama la re apertura porque ya cumplen con los requisitos y la matrícula mínima. La comunidad pide por su escuela.

Por ahora, los chicos que viven en el pueblo se tienen que subir a una Trafic y recorrer diariamente casi quince kilómetros, para ir a estudiar a Lonquimay o ir en el colectivo de línea a Uriburu. Otros pobladores, por la falta de escuela, se han ido a vivir a otros pueblos aledaños. El cierre de una escuela rural promueve el éxodo en los pequeños pueblos. 

Reunidos en El Bodegón, el almacén del pueblo, un grupo de viejos y nuevos pobladores de La Gloria explicaron a la prensa el reclamo que mantienen para que el Ministerio de Educación reabra la Escuela Nº 90, un establecimiento que tiene un edificio impecable ahora deshabitado.

Laura Cavazza es artesana y hace cuatro años que está en el pueblo. Ella le dará el próximo habitante a La Gloria, ya que esta a punto de dar a luz. “Soy una de las más interesadas en que se reabra la escuela”, dice en diálogo con El Diario de La Pampa. En noviembre de 2014 presentaron documentación en el Ministerio de Educación con un petitorio firmado por los habitantes del pueblo y los padres que pedían la reapertura de la escuela.

“Pero no nos hicieron caso”, dice Cavazza. Les habían dicho que la matrícula debía ser de cinco o seis alumnos y ellos ya la cumplen ampliamente. “Además están los adultos que quieren terminar”, agregó.

Los trastornos de los padres que se quedaron sin escuela son múltiples. Claudia Moyano cuenta el caso de una madre que inscribió a su nene en el jardín. “Se sube a Expreso Catriló a las 7 de la mañana. Y tiene que esperar que abra el jardín a las 9 horas”, dijo. “Después tiene que esperar que venga el micro, pero a la salida de los chicos de la primaria”, explicó. La mamá pierde toda la mañana en un pueblo vecino para que el pequeño pueda tener su educación. Esta realidad es un espejo de lo que tienen que vivir los habitantes de las comunidades de nuestro interior profundo. 

Otro grupo asiste a las escuelas de Lonquimay. “Es un riesgo. Todos los días se suben a la ruta 5, que es una ruta peligrosa. Innecesariamente, porque con una maestra, lo arreglan”, dice Adriana Muñoz, una docente y artista, quien desde hace cuatro años tiene una casa en La Gloria.

Asimismo, los vecinos manifiestan que la falta de escuela provocó que algunas familias se vayan. “En El Oasis, una chacra que está cruzando la ruta 5, una familia se había asentado. Tenían dos nenes. Los anotaron en la escuela de Lonquimay. Les dijeron que el transporte escolar iba a pasar. El primer día, no fueron. Al día siguiente les dijeron que era por el seguro. Los anotaron. Pero nunca fue el transporte y no le dieron explicación”, contó Claudia Moyano. En consecuencia esa familia se mudó a Toay, allí es como se produce el éxodo, éxodo que se puede detener fácilmente con la reapertura de la escuela.

Baldomero Blanco, uno de los habitantes más “antiguos” de La Gloria también se suma al reclamo al manifestar que “tenemos un puñado de chicos. Son pampeanos y argentinos: tienen el mismo derecho que cualquier otro chico a estudiar”. Dijo que va a luchar por siempre “para que la escuela se reabra” porque no quiere “que el pueblo se muera”

Los habitantes de los pueblos de nuestro interior profundo no quieren resignar a tener que dejar su lugar en el mundo, lugar al que pertencen y quieren seguir siendo parte de una historia que se resiste a morir. La realidad es que preservar lo pequeño ayuda a conformar la armonia de aquello grande.