Por Esteban Raies / Fuente: Télam / Fotos Daniel Davobe (Télam)

“No me es nada fácil revivir aquellos momentos”. Los recuerdos se le mezclan, se le convierten en un rostro, se le vuelven un mar bravo y un cielo frío, oscuro; y un silecio profundo como una puñalada. El jefe de Baterías 5 del Crucero General Belgrano dice: “Lamentablemente 323 camaradas no volvieron, sus familias sufren la ausencia de un ser querido y muchos otros lo hicieron con secuelas ya sea físicas o psíquicas”. Es lo primero que dice este hombre que tras cubrir toda una noche su puesto de combate, fue sorprendido por el ataque cuando descansaba en su camarote. “Fue una enorme explosión producida por el primer torpedo provocó que una mole como el Crucero se parara en seco y se estremeciera por el impacto”.

 

El contraalmirante (retirado) Carlos Castro Madero revela que tras el segundo impacto el buque se inclinó a babor. “Cuando salí a cubierta vi a nuestro Comandante (Héctor Bonzo) de pie en el puente de Comando, dando las órdenes para salvar al Crucero ya herido de muerte. Finalmente con la mayor entereza impartió la orden que, sin ninguna duda, ningún comandante quiere dar: abandonar el buque”.

“La maniobra de abandono de la tripulación fue impecable. Todos ocuparon sus lugares, tal como estaba planificado, y el que podía auxiliaba al que lo necesitaba. Los que tenían las balsas en estribor tuvieron muchas dificultades en la maniobra, con un mar muy encrespado, y la oscuridad era cada vez mayor. Uno percibía claramente que el buque estaba hundiéndose y sólo imperó el espíritu solidario”, recuerda Castro Madero.

“Ver cómo se hundió el barco es una de las situaciones más traumáticas de mi vida. Parecía una película, no podía creer que eso estuviera pasando de verdad. Sabíamos que adentro quedaban muchos camaradas que no habían podido salir. Hubo un silencio que impactó mucho”, relata. Su temor, confiesa, era que al hundirse succionara las balsas que estaban próximas al buque. “Pero como un noble guerrero en su último acto de arrojo, al hundirse creó una ola que lejos de succionarlas las alejó”.

Lo que llegó después de ese hundimiento fue el terro. “El fuerte temporal que azotaba el mar dificultó la visión y comunicación entre las balsas, algunas sobrecargadas con heridos, quemados y una gran mayoría con principios de hipotermia, principalmente en las piernas”.