Un día se vio encerrado entre corcheas. Cuando salió a la vereda supo que jamás iba a volver al conservatorio. “Pretendían que solfeara sin acercarme al instrumento. Que aprendiera como un autómata. Y yo ya tocaba en la guitarra algunas canciones de Los Beatles. Pero no me las relacionaron con el pentagrama. Aquello me amargó mucho y lo dejé”. Tenía 12 curiosos años. Abrió la oreja y los ojos: miró cada mano ajena apretando las cuerdas, cada dedo arrastrándolas hacia la magia de la canción. Entonces sí: vio el sol yéndose a dormir sobre la delgada línea del mar de su natal Puerto de Santa María de Cádiz y sintió que podía resumirlo en un tono. Así se forjó su ser cantor, como la fragua lenta que calcina el hierro para doblarlo.

Tráeme canciones.  Bromea Javier Ruibal cuando busca su raíz musical. Dice que su abuelo cantaba ópera, pero en la ducha. “Digamos que tengo antecedentes musicales de cuartos de baño”. Sin embargo, es de su sangre que le viene el color. “Yo tengo una identidad: pertenezco a la cultura andaluza, tradicional y moderna y trato de evocarla buscando siempre no repetir las fórmulas que otros han propuesto. Yo soy andaluz y lo ejerzo, otros tocan rock and roll. Eso es rendir pleitesía a una cultura que no es la nuestra, aunque yo absorbí mucho, en los años 60, 70 y 80, de la música anglosajona, y la incorporé. Pero el blues y el rock no pertenecen a mi tradición.”
-Eso no te privó de incorporarle a tu música aires árabes o alguna reminiscencia de jazz.
-Yo trato de ser músico. En el escenario estoy más tocando que cantando. Soy un compositor y como tal trato de hacer una composición musical que conlleve un texto lo más poético posible. Los andaluces tenemos una sonoridad que es una herencia de la música judía, árabe, romana, flamenca. Hemos conformado un conglomerado de muchas cosas. Por eso lo andaluz puede mezclarse.
-También te la jugás con canciones apoyadas en las palabras, en palabras bellas en un mundo que las desprecia.
-La superficialidad ha dejado de lado la palabra. Lo ha hecho junto con el instinto obsceno de hacer dinero de todo. Eso deteriora el trasfondo cultural que cada obra artística debe tener. Quisiera que se digan cosas que rindan homenaje a la buena literatura y a la buena poesía que hay en idioma español. Eso intento, aunque sé que las canciones tienen cierta inmediatez, deben ser recordables. Y eso se puede lograr no sólo poniendo letras insustanciales para que sean sólo recordables. Se pueden cantar canciones con palabras bien dichas. Eso trato de hacer yo.

Lo que me dice la tierra. En su pueblo del sur de Europa, donde ruge el mar y vuelan cormoranes y gaviotas, nació también Rafael Alberti. Desde esas orillas espumadas por el oleaje partieron los primeros viajes hacia América; es la puerta del Mar Mediterráneo y es frontera con África. Todo eso se hizo canción. “Soy de un pueblo que ha ido atesorando sus herencias culturales a lo largo de los siglos y trato de dar a entender que pertenezco allí. Por eso sale el árabe, el sefaradí, el flamenco, mucha cadencia del Caribe, sin que falte el rock and roll o el pop. Me gusta oír las mezclas de las músicas folklóricas con otras músicas, nuevas instrumentaciones, nuevos modos, porque eso es no renunciar a algo que te identifica. En el flamenco hay un reclamo ancestral hacia los cuatro puntos cardinales y también hacia el cielo. Es una voz que declara: “aquí viven los hombres y cantan y piensan de esta manera”. Trato de hacer una música que sea identificable conmigo. Sé que es difícil pero lo intento a toda costa. Por eso digo que hago canciones que no están en el aire, que no andan por ahí, las que todavía no existen hasta uno pone una nota detrás de otra, una palabra detrás de otra
-¿Se discute sobre tradición y modernidad en la música de Andalucía?
-El flamenco se ha construido sobre los artistas que lo reinterpretan. Por eso es un error pensar que las cosas deben hacerse como hace 100 años. Un ejemplo de eso son Paco de Lucía, Enrique Morente, Camarón de la Isla: nos demostraron que lo nuestro puede ser moderno y competitivo como la música anglosajona, sin faltar a nuestra tradición. Lo que sí, hay que hacerlo con delicadeza.
-Entonces es cierto eso de que sólo existen dos tipos de música: la buena y la mala.
-Es así de sencillo. El que salga buena o mala depende de la lealtad con que uno practique el arte que ha elegido. Hacer cualquier cosa para salir del paso es ser desleal. Se puede tirar por el atajo, yo prefiero el camino largo: soy corredor de fondo.
-En eso tenés alma de trovador…
-Y claro, es que no se puede ser de otra manera. El trovador actual es el heredero del juglar, aquel que iba de pueblo en pueblo llevando historias que cantaba con formas de poemas. Ahora, con un golpe de ratón uno puede bajarse en el ordenador toda la música del mundo. Antes no era así. Pero yo no olvido de dónde vengo. Nosotros tenemos la obligación de contagiar felicidad. A veces esa felicidad viene por una reflexión intelectual y a veces viene por el lado de hacer algo bailable, pero no porque sea bailable tiene que ser tonto. Puede ser bailable y también ser emotivo: cantarle al cerebro y a las caderas. El asunto es que no nos pasen por encima a nuestra cultura con una ajena. Pero eso pasó. Y generó un resurgir de la identidad de los países. Por eso hay que tener lealtad con el arte, la única forma en que salga algo bello y conmovedor, lo demás es pura comercialidad. Pero también hay que evitar entrar en la sobrevaloración de lo autóctono, porque eso puede provocar un cierre. No hay que temerle a las otras culturas si es que ellas van a alimentarte.      
-Decías que el flamenco es una música que reclama. Yupanqui decía que para que las penas sean menos penas las hacía canción, pero no dejaban de ser penas.
-El flamenco le canta a las penas y a la soledad. Pero también están las bulerías y las alegrías, que son cantos para las fiestas. A veces bailan y cuentan con alegría las penas que tienen. Así es la vida.