Sería difícil de asegurar lo que pensaba don Pier Lacau a comienzos del siglo XX, cuando compró unos terrenos en el partido de Lincoln, provincia de Buenos Aires, que se subastaban por unos pocos pesos en la peatonal Florida de la Capital Federal. Era una época propicia para adquirir tierras rurales, ya que la campaña del desierto de Julio Argentino Roca había dejado las puertas abiertas, a través de una cuestionada campaña al desierto que consistió en arrasar a cientos de pueblos originarios.
La familia Lacau llegó de lejos. “Mi bisabuelo vino de Francia y se llamaba Pier (luego Pedro). Primero puso un negocio de ramos generales, después una fábrica de bolsas, y luego compró campos aquí en Lincoln, y se instalaron. Tenían un buen pasar, porque compraban los campos en remates, sin verlos”, arriesga Pedro Lacau, bisnieto de Pier y actual gerente administrativo de la empresa familiar.
A partir de ese momento toda la familia comenzó a trabajar en la localidad de Arenasa, partido de Lincoln, y a explotar la tierra. En aquel entonces Lacau tenía una sociedad con los Ceré, otra familia campesina. Al primer terreno lo denominaron Mitikile, aunque después todo se fue dividiendo: hoy en día, una ruta provincial separa parte del campo. Pedro manifiesta que “‘La Matilde’ no es grande, tiene mil hectáreas, más allá de los otros campos que tiene nuestra familia. Estos terrenos son del año 1900. Mi abuelo era ingeniero agrónomo, como mi papá y yo, pero mi bisabuelo era un simple trabajador.”

Legado. Tanto “La Matilde” como “La Suerte” son los campos madres de la familia, y los comenzó a explotar a mediados de siglo XX el hijo de Don Pier (como no podía ser de otra manera, también llamado Pedro), padre del actual gerente.
“Desde 1986 mi padre comenzó una empresa personal, y lo seguimos sus cinco hijos. Hoy estamos en sociedad cuatro de mis hermanos con mi padre ya que una de mis hermanas tiene su propio emprendimiento y trabaja en otro campo en la provincia de Córdoba. Cada uno cumple alguna función dentro de la empresa, es todo bien familiar. Nosotros acá trabajamos leche, producción de carne, granos, maquinarias agrícolas, fábrica de quesos, un poco de todo. Y hacemos algo de vino en Mendoza”, dice Pedro nieto.
Es toda una vida en el campo, pero no sólo para trabajar, sino para vivir. Pedro y toda su familia viven en la misma tierra que cultivan. Al igual que sus padres, la crianza entre tanto “verde” lo hizo apasionarse por el trabajo de todos los días.
Visualizar en forma externa la manera de manejar una empresa es completamente familiar, permite considerar que se facilita su conducción, ya que dirigir un emprendimiento con un padre o un primo es más sencillo y agradable que hacerlo con un socio comercial. Sin embargo, a veces no es tan así, y los roces se producen, como en toda familia. Por eso existe un directorio en las empresas Lacau, pero sobre él está el consejo de familia, que lo integran solamente los Lacau de sangre. “Hoy en día lo componemos mi madre, mi padre y yo, y el Consejo se reúne al menos una vez al año. El directorio tiene personas externas que asesoran desde el plano económico o comercial, y el Consejo piensa en la relación entre la empresa y la familia. Si hay un gran negocio para proponer que al seno familiar no le gusta, no se hace. Esto se hace para cuidar la línea y el prestigio de los más de 100 años que tiene la firma”, sentencia Pedro.

Prestigio. El pueblo de Lincoln tiene hoy a 140 de sus habitantes empleados por la familia Lacau. Y esto viene de muchos años. El cariño de la gente por Pier Lacau motivó que, tras su fallecimiento, rebautizaran al hospital local con su nombre. El nosocomio fue donado por la hija del francés, la abuela de Pedro.
El trabajo principal que tiene la empresa va más allá de trabajar los campos propios, porque también alquila y explota terrenos de terceros. La vasta experiencia y el renombre que adquirió el apellido en el mundo del agro hace todo más fácil. Los Lacau hoy tienen cosechas, producen lácteos, leche, granos y carnes. “La biología y los tiempos del agro no te permiten descansar -dice Pedro-. Si tenés un mes para sembrar es ese mes, si no lo hiciste ya es tarde. Después tenemos campos alquilados en una red de siembra. Todo lo hacemos desde las oficinas de Lincoln. Acá esta el corazón y cerebro de la empresa.”
Muchas veces, cuando una fábrica es exitosa en una determinada actividad, sus dueños suelen encasillarse en el trabajo que da réditos seguros, sin apostar a nuevos horizontes. No es el caso de la familia Lacau, ya que en pleno 2001, un año muy conflictivo para el país, con su directorio decidieron encarar un emprendimiento nuevo, basado en los quesos caseros y artesanales. Hoy en día los productos de quesos “La Suerte”, denominados así por el campo madre que supo tener la familia, se pueden adquirir en las cadenas de supermercados Jumbo y Disco, aunque la idea es expandirse a las demás en breve.
Un hecho para tener en cuenta (que no es menor, y que marca la línea empresarial para con los empleados), es que los Lacau hace más de 25 años producen leche (antes hacían carne en mayor medida). Les gusta mucho darle trabajo a 15 personas por hectárea para producir quesos: en la misma superficie, la soja pagaría sólo un jornal. Pedro asegura que les gusta el campo poblado, por eso viven allí desde siempre: “En las malas hay que remar, cuando vienen las buenas, los empleados saben que se reparte. Siempre fue así”, recuerda el heredero.
Esta manera de trabajar motivó la solidaridad de los empleados con la empresa en los momentos en los que las cosas no iban como esperaban y el panorama se hacía oscuro. Como dice el refrán, se pusieron la camiseta. Y por eso el día de hoy todo funciona como corresponde.

Coyuntura. Las versiones se entrecruzan cuando, por un lado, algunos afirman que éste es el mejor momento del agro en su historia, gracias a las excelentes políticas que se están llevando adelante, y otros afirman que la bonanza obedece, tan solo, a los precios privilegiados que el mundo está pagando por nuestras commodities agrícolas. Lacau, hombre de tradición campestre, no quiso quedar afuera de la puja entre gobierno nacional y campo. Destaca las medidas más importantes que se han tomado para favorecer la producción, pero también sostiene que no hay un plan a largo plazo, y considera que esto es perjudicial. “La Argentina es el mejor país del mundo para producir todo. Tenemos el mejor clima, la mejor tierra. Y lo digo yo, que recorrí muchísimos países”, explica. Y sigue: “A mi modo de ver, nos está yendo bien a los agropecuarios. Pero creo que eso se debe a que el mundo necesita comer y el país está hecho para hacer alimentos. Lo que me gustaría del gobierno es que produzca planes a largo plazo. Hoy al maíz lo vendemos 60 dólares más barato de lo que debemos vender. Sé que el maíz se mantiene bajo para poder alimentar a los pollos, porque estoy de acuerdo en que lo primero es que podamos comer todos los argentinos y eso ayuda a controlar la inflación, pero tendría que ser con políticas que incentiven la producción para el día de mañana, y eso hoy no ocurre”. Pedro asegura también que el litro de leche vale lo mismo que el de agua. A su modo de ver, en nuestro país la materia prima no está remunerada como debería. “Para producirla necesitas una vaca que vale 2 mil dólares, una hectárea que vale 10 mil dólares y encima cada 100 vacas una persona trabajando todos los días del año. Pero cuando vos lo observas del otro lado, te das cuenta que la leche vale poco, aunque la gente en la ciudad crea que es desmedido el valor actual”, argumenta.
Los Lacau tienen una historia ligada al campo. El apellido es sinónimo de tradición y excelencia en los diversos productos. Llevan más de un siglo trabajando en la Argentina de manera exitosa: Quizás a esto aspiró don Pier Lacau cuando desembarcó en estas tierras.