Textos y fotos Horacio Ortiz

Cuando amanecía la década del 80, un especialista francés llegó para trabajar a San Miguel del Monte. Habló con un curioso herrero que lo oía, atento, contar los detalles de cómo hacer para restaurar un carruaje antiguo para devolvérselo al mundo tal cual fue en sus años de nuevo. No sabía Hugo Peralta que su profesión de herrero, 30 años después de esa charla, iba a tenerlo explicando esa pasión que le corre por las venas, la misma que le ha reportado gran prestigio entre quienes se dedican a esa actividad: la restauración y construcción de carruajes antiguos. Desde las llantas hasta el tapizado, pasando por toda la mampostería y el fileteado, este artesano que hoy conoce al detalle cada tipo de coche que llega a su taller, sabe cómo llevarlo a su formato original antes de que salga de allí en condiciones de ser tirado por caballos.

Rehacer

Varios carros esperan su turno debajo de un gran alero con vista al poniente donde de tarde alumbra con tibieza el sol que calienta un poco la jornada de agosto. Peralta se vale de unas pocas herramientas para armar una rueda que gira a modo de ruleta sobre una base a medida que le va colocando los rayos.  A pocos metros, dos grandes perros custodian con celo el predio que se completa con un terreno largo y angosto donde yacen hierros de coches que han ido pasando para la reparación y maderas que pronto encontraran su forma y lugar en alguna de esas reliquias.
 
El prestigio de Peralta rompió las fronteras de su ciudad y su nombre se hizo renombre en la región de Cañuelas, Lobos, Chascomús y General Belgrano, entre otros pueblos, desde donde tiene la mayor cantidad de pedidos de restauración y construcción de ruedas, que es el elemento más sensible de los coches y el que Hugo sabe construir y reparar como pocos.

Aunque parezca una tendencia escapada de la historia, hoy existe una gran demanda de carruajes nuevos y muchos pedidos de restauración de otros. Claro que para quienes ejercen este oficio, cumplir el objetivo final no es tan simple. “Es muy difícil encontrar piezas de hierro originales, que son de fundición, porque ya no hay quien funda. Son escasas las piezas para tren delantero y para los pasamanos”, dice Peralta. Muchos farolitos de diseños exclusivos, importados desde Francia o Alemania fueron vendidos a otros países y los que se consiguen hoy son réplicas nacionales de notable diferencia con los originales. Peralta lamenta la cantidad de material de hierro que tuvo que vender hace varios años cuando esta actividad no tenía el auge actual y el debió mudar su taller hasta el sitio donde hoy, revela, no tiene el espacio para depositar toda esa reserva de herrajes para la restauración. “Es una actividad que lleva mucha mano de obra y lamentablemente no está bien remunerada. Cada pieza nos lleva un tiempo de trabajo que no se traduce al precio final”, se queja. Lo que no está -y ahí radica otra habilidad de Peralta- debe inventarlo. “La escasez de madera debidamente estacionada es un problema para realizar las ruedas que son las que requieren de material seco pues están expuestas por la marcha del carruaje. Los artesanos de hace 100 años eran más previsores: tenían madera estacionada desde cinco años antes por lo menos, en la actualidad es muy difícil conseguir madera de buena calidad y no tenemos un stock de trabajo para acumular material con tanta anticipación.”

Como ocurre cuando un bien escasea, a menos piezas más valor. Un carruaje de paseo en buenas condiciones, puede, en un remate de Buenos Aires superar los 30 mil pesos. “Si nosotros cobráramos en base a esos valores casi no tendríamos trabajo, pero creo que con el tiempo la tarea va a ser mejor pagada  porque la oferta es cada vez más reducida, tanto de coches como de mano de obra capacitada para reparar o construir”, augura Peralta, quien trabaja junto con Franco y Enzo, sus dos hijos, que lo acompañan en el arte del tapizando, en las volutas del fileteado o construyendo botones para los alamohadones de los asientos.

El día que la galera de Dávila volvió a andar

La Galera de Dávila llevaba pasajeros desde finales del 1800 y hasta mediados del siglo pasado, pero también correspondencia y mensajería. Partía de Dolores, uno de los puntos que tocaba el tren en su incipiente avance hacia la llanura pampeana, hasta la zona de General Lavalle donde durante aquellos años se hallaba el segundo puerto del país, siguiendo en importancia a Rosario. Aquel pueblo contaba también con saladeros de cueros y elaboración de conserva de pescados provenientes del litoral marítimo en el que operaban las barcazas que ingresaban por la Ría de Ajó. Esa dinámica pueblerina demandaba una comunicación constante que, salvo por vía acuática, sólo podía realizarse a través de La Galera.

En los inviernos lluviosos los viajes podían llegar a ser penosos y se demoraban hasta una semana sorteando pantanos, arroyos y esquivando las huellas que la misma diligencia dejaba estampadas en cada una de sus pasadas. 

Restaurar el tiempo       

Los carruajes de paseo han ganado su lugar en las estancias, ya sea en las dedicadas al turismo o en aquellas en las que sus propietarios quieren pasear con sus familias, por eso las americanas son las más buscadas por los estancieros y ya casi no se ven ni se arreglan los vagones o sulkys de antaño. Otro preciado vehículo es la galera de Dávila, que Peralta tuvo la alegría y la responsabilidad de restaurar. “Fue un desafío muy grande que he tenido como artesano. La iniciativa me llegó por el señor Ángel Estrada, con quien fuimos al Museo de Dolores y comprobamos el estado en que se hallaba. De ahí en más nos pusimos en contacto con un museólogo y gente que asesoró en la realización del trabajo. Logramos dejar la pieza como estaba, reemplazando casi toda la madera y haciendo copia fiel de cada pieza porque en realidad estaba muy destruida”, recuerda Peralta, quien luego de trabajar con mucha dedicación en esa minuciosa tarea pudo vivir la emoción de la atada del transporte.

Era el único medio de transporte de la región de general Lavalle y llegó a ser legendaria su tarea y existencia antes de que las vías férreas facilitaran la comunicación y el traslado. La Mensajeria La Central, tal el verdadero nombre de la empresa que era más conocida por la denominación con la que pasó a la historia tomando el apellido de sus dueños Serafín, Manuel y Roberto Dávila. Uno de esos carros se hallaba arrumbado en el rincón de un parque en Dolores, por iniciativa de Ángel Estrada, Cecilia Cavanag, Guillermo Fioritto, y Diego Peralta Ramos, vino a dar al taller de Peralta y en pocos meses estuvo de nuevo en Dolores donde, atada a cuatro caballos blancos, hizo una entrada simbólica que repitió dos días más tarde en General Lavalle conducida por dos de sus antiguos látigos, tal cual se denominaba al conductor, Justo Alday y Rómulo Gasparri, en medio de una ceremonia muy emotiva.
Desde entonces esa valiosa pieza del transporte argentino se halla en el museo Museo Libres del Sur, de Dolores, al que fue donada. Una muestra de la valía de las manos de Peralta puestas en preservar el patrimonio cultural de un pueblo.