La ruta 34 muestra lo que nadie quiere ver: los árboles negros, los arbustos ausentes, la tierra quemada por el fuego. Y el páramo en que se convierte un lugar cuando las llaman se comen todo. Cuando El Federal cruza esa ruta desde Libertador General San Martín, en Jujuy, hacia Orán, en Salta, la imagen lastima y el calor aún se siente.

Aunque no se sabe la causa exacta de los incendios, los especialistas estiman que se debe a la misma sequía: el intenso calor y la ausencia de humedad hacen que el monte autocombustione. Entonces cualquier brillo es capaz de encender las llamas. Eso ocurrió no sólo en los terrenos aledaños a la ruta que une Salta con Jujuy. Las llamas también se metieron en la selva.

Esta vez las llamas estuvieron en el centro de la escena. La Fundación ProYungas instaló, en un acuerdo con la empresa azucarera Ledesma, 18 cámaras fotográficas equipadas con un sensor de calor y movimiento para hacer un estudio de monitoreo y biodiversidad, de las cuales cuatro se perdieron en el fuego.

Una de las cámaras rescatadas, oculta en el interior de la selva pedemontana de las Yungas (una selva de altura), describió la secuencia diaria de imágenes durante una semana y captó desde la armonía natural hasta el infierno destructor del fuego, una realidad que este año afectó a miles de hectáreas de selvas y bosques en el noroeste argentino. Es que la sequía golpeó, claro, no sólo a los montes y selvas nativas; también a los producciones regionales: la caña de azúcar, el cultivo más importante de la región, registró graves pérdidas, lo mismo que otros cultivos como banana, tomate, cítricos, entre tantos otros.  

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