Por Nicolás Spolansky Calvo / Fotos gentileza Yordaki

La clave está en las manos: diez dedos que guardan el misterio no de la vida, sino de la capacidad para revivir. Es a través de su habilidad y con las herramientas de su imaginación, que Alejandro abre una atmósfera en la que logra eso que parece utópico: resucitar plantas.

Inspirado por su abuelo que había venido desde Rumania y se dedicaba a la agricultura, a Alejandro le ganó el amor por las plantas. También su padre tenía en la sangre ese cariño por por el cultivo, por ver crecer y contemplar lo verde. “El cactus se fue adaptando a la evolución. Algunas no reciben el sol pero igual crecen. Esa lucha por sobrevivir, ese verlos en los lugares inhóspitos, como la cumbre de un cerro me hizo elegirlos”, le cuenta a El Federal. En sus inicios demostró esa identidad de esta manera: con cada cactus iba una frase de Atahualpa Yupanqui.

“Primero se hace un diagnóstico del estado de la planta para ver si se puede rescatar o no. Hay que revisar las raíces. Se ve si tiene algún parásito o algún insecto. A veces tiene un hongo debido al exceso de agua”, explica Alejandro de los primeros pasos para recuperar un cactus. Pero avisa: “Con el sustrato ideal y con buena luz, no debería tener problemas la planta. Con tierra común, vermiculita, piedras pequeñas y humus, más sol y poca agua, el cactus tiene que vivir bien”, enseña.

“La suculenta y el cactus, que son las especies que trabajo, crecen en lugares donde hay mucho sol y donde hace mucho frío. Crecen entre las piedras. Y necesitan mucho sol y poca agua. Lograr eso en la ciudad es complicado eso”, dice. Además agrega un dato que rompe con la concepción que uno tiene de las plantas, esa que dice que a más espacio más desarrollo. “A las plantas les gusta vivir en grupo”, sentencia.

Alejandro, que ha venido desde la bella provincia de San Luis hace unos veinte años, se instaló en la ciudad de Buenos Aires. Lo hizo sabiendo que al gris del cemento citadino había que ponerle un tono de esos que le gustaban a su abuelo y a su padre. Ojo que Alejando no sólo quiere lo que está arriba de la tierra, sino la tierra misma: adora el folklore y da clases de tango.

La particularidad de Alejandro están en sus cactus muy bien cuidados, adornados y en jarritos de colores vistosos. Sus pequeños detalles de arreglos, la compañía que el propio cactus tiene con otra planta miniatura y los colores tan alegres de aquellos jarritos, convierten a la compra en una tentación difícil de saltear. “Me gusta darle un carácter de identidad nacional a lo que hago”, dice.

No parece casual que Lucaci tenga en su cabeza la idea del reciclar si se dedica a reparar y devolverles la alegría a los cactus que uno tiene tirados por ahí. “Yordaki/Matecitos con Alma”, dice la etiqueta que pega en cada uno. Yordaki es el nombre del emprendimiento, en homenaje a su abuelo, aquel rumano que adoraba las plantas.

En este negocio de ponerse en el arreglo y darle una nueva vida a los cactus, acto que lleva su tiempo, nos encontramos con un montón de variantes en tamaños de recipientes que recicla:mates, jarritos, macetas. Todo esto le lleva a Alejandro un tiempo, ese momento que uno busca para abstraerse un poco de la rutina fastidiosa, ese rato de terapia que uno busca, a veces, para poder perderse en uno mismo, en sus silencios. De ahí que cada uno de sus arreglos y sus creaciones tiene esa magia de lo único.

El minucioso trabajo de recuperar una planta lo llevaba a Alejandro a encariñarse de tal modo que se le complicaba desprenderse de ella. Ahora piensa que como en cada uno de ellos puso sus manos, su magia y su esencia, una parte suya anda en lugares que ni imagina, como una extensión de sigo mismo.

En cada cactus está ese misterio, la mística, ese alma que tiene por slogan este emprendimiento que el 21 de septiembre cumple dos años y va por más. “Prestamos diferentes servicios, no sólo el hecho de curar cactus o de vender los que hago, sino también de trabajar sobre cactus que no los hice yo.”

Contacto:  
“Yordaki, matecitos con alma”, de Alejandro Lucaci

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