Por Miguel de Asúa.
Doctor en Medicina por la Universidad de Buenos Aires, máster en Historia y Filosofía de la Ciencia y doctor en Historia por la Universidad de Notre Dame. Su último libro es La ciencia de Mayo (2010).

Los argentinos podemos exhibir la historia científica más destacada del mundo hispanohablante. Esta tradición se remonta a la acción de los misioneros jesuitas, quienes en el siglo XVIII cultivaron las ciencias en las misiones, y a los próceres de la Independencia, que en la madrugada de la Patria sentaron las bases de nuestra cultura científica. Visto en perspectiva, el siglo XIX fue el del descubrimiento de la geografía, los cielos y la historia natural del país, que acompañó la ocupación efectiva del territorio a tenor de la consolidación de la Nación. Entonces florecieron la paleontología, con personajes como Francisco J. Muñiz y, más tarde, Florentino Ameghino; la astronomía de posición, con el grupo de estadounidenses que, con Benjamín Gould a la cabeza, produjeron soberbios catálogos estelares en el Observatorio de Córdoba; las ciencias naturales, con Hermann Burmeister, Francisco P. Moreno, Eduardo Holmberg y tantos argentinos y extranjeros naturalizados que catalogaron la fauna y la flora de la Argentina; en fin, la geografía, dibujada a caballo por exploradores y naturalistas civiles, militares y navales. Estadistas como Belgrano, Rivadavia, Sarmiento y Avellaneda promovieron con visión la ciencia como parte de nuestro patrimonio cultural.
Quien inauguró lo que podemos llamar la “ciencia moderna” en la Argentina fue Bernardo Houssay, primer premio de ciencias hispanoamericano y quien dio al sistema científico argentino una organización que duró décadas. Desde el punto de vista estrictamente científico, el descubrimiento de la manera en que los seres vivos fabrican sus azúcares, efectuado por Luis Federico Leloir, fue quizás el más significativo. El tercero de nuestros premios Nobel fue compartido: César Milstein, el inventor de los anticuerpos monoclonales. El descubrimiento del mecanismo de la hipertensión arterial debido al grupo de Eduardo Braun Menéndez y el de ciertos hallazgos fundamentales sobre el modo en que se comunican las neuronas por Eduardo De Robertis completan la “gran tradición” de investigación biomédica de la Argentina.
La otra gran corriente de investigación estuvo constituida por las áreas exactas, como la astrofísica, instalada entre nosotros por Enrique Gaviola (que fue a la física lo que Houssay a la medicina); la física básica, con nombres como José A. Balseiro (creador del Instituto que hoy lleva su nombre) o Juan José Giambiaggi; y la matemática, que tuvo en Alberto Calderón (que desarrolló su carrera en Estados Unidos), uno de sus representantes más destacados de la segunda mitad del siglo XX.
La investigación en agronomía, que en estas dos últimas dos décadas creció exponencialmente con la bioingeniería, tiene una ilustre tradición con Lorenzo Parodi, el botánico-agrónomo argentino más importante de la primera mitad del siglo XX, con el genetista Salomón Horovitz, emigrado a Venezuela en la década de 1940, y con Alberto Soriano, que modernizó la investigación agronómica.
Una lista a la que el futuro agregará nombres y brillo.