El próximo 27 de febrero se celebrarán los 200 años de la creación de la Bandera Nacional, enarbolada ese día de 1812 por su creador, el general Manuel Belgrano, a orillas del río Paraná.
 Una semana antes, el 13 de febrero, Belgrano había sugerido al Triunvirato  que se unificasen las divisas que usaban los distintos regimientos, que aparecían como un signo de división interna y también como forma de diferenciar a sus hombres del enemigo en los combates. El 18 de febrero, el gobierno emitió un decreto por el que creó una “escarapela nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata”, color azul-celeste y blanco, de uso obligatorio para las tropas, pero “pudiendo llevarla también cualquier paisano como distinción de nuestro actual sistema”.
Un día antes, había llegado a Buenos Aires la noticia de que el Congreso de Caracas había declarado la independencia de Venezuela.  Al conocerse la creación de la escarapela, se entendió también como una primera manifestación de independencia en el Sur, aunque el Triunvirato, bajo la influencia de Bernardino Rivadavia, se oponía a declararla porque el embajador inglés lord Strangford así lo recomendaba en sus comunicaciones desde Río de Janeiro. El gobierno temía perder la protección de Gran Bretaña, aunque nunca la había tenido formalmente.
Belgrano entregó las escarapelas a la tropa el 23 de febrero, y lo comunicó al Triunvirato: “Se ha puesto en ejecución la orden del 18 del corriente para el uso de la escarapela nacional que se ha servido señalar V.E., cuya determinación ha sido del mayor regocijo y excitado los deseos de los verdaderos hijos de la Patria de otras declaraciones de V.E. que acaben de confirmar a nuestros enemigos la firme resolución en que estamos de sostener la independencia de la América”.
El 27 de  febrero, al inaugurar la batería a orillas del río Paraná, levantó a modo de bandera una gran escarapela blanca y celeste, y también lo informó al gobierno: “Siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, la mandé a hacer celeste y blanca conforme a los colores de la escarapela nacional, espero que sea de la aprobación de V.E.”.
En su arenga ante la flamante bandera, Belgrano dijo a la tropa y al pueblo que se había reunido: “En este punto (la batería Libertad) hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro excelentísimo Gobierno; en aquél (la Independencia) nuestras armas la aumentarán. Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la independencia y de la libertad. En fe de que así lo juráis decir conmigo ¡Viva la Patria!”.
Pero al Triunvirato no le cayó bien el izamiento por considerarlo un gesto que podría malinterpretar Inglaterra, y el 4 de marzo de 1812 le ordenó a Belgrano que “hiciese pasar por un rapto de entusiasmo el suceso de la bandera blanca y celeste enarbolada, ocultándola cuidadosamente”, y le envió la enseña roja y amarilla que se usaba en la Fortaleza.
Belgrano no recibió esa comunicación porque, el mismo día en que izó la bandera supo de su nombramiento de jefe del ejército del Perú y había iniciado el camino hacia el Norte.
Al llegar a Jujuy, y en ocasión de celebrarse el segundo aniversario de la Revolución de Mayo, el canónigo Juan Ignacio Gorriti bendijo la bandera durante el Tedeum en la catedral. Después fue llevada al Cabildo, en lugar del estandarte real donde fue enarbolada y saludada con una salva de honor de cañones.
 Fue entonces cuando Belgrano pronunció su célebre discurso frente a la tropa y al pueblo: “¡Soldados, hijos dignos de la Patria, camaradas míos! Dos años ha en que por primera vez resonó en estas regiones el grito de libertad y él continuó propagándose hasta por las cavernas más recónditas de los Andes. No es obra de los hombres sino de Dios Omnipotente que permitió a los americanos que entrásemos en el goce de nuestros derechos. El 25 de mayo será para siempre memorable en los anales de nuestra historia, y vosotros tendréis un motivo más de recordarlo cuando veis en él, por primera vez, la bandera nacional en mis manos que ya nos distingue de las demás naciones del globo. Esta gloria debemos sostenerla de un modo digno con la unión, la constancia y el exacto cumplimiento de nuestras obligaciones hacia Dios. Jurad conmigo ejecutarlo así, y en prueba de ello repetid ¡Viva la Patria!”.
Enterado el Triunvirato de la jura de la bandera, le envió una reprensión. Belgrano, dolido, respondió, el 18 de julio de 1812: “La desharé para que no haya ni memoria de ella. Si acaso me preguntan responderé que se reserva para el día de una gran victoria, y como ésta está muy lejos, todos la habrán olvidado”. Pero nadie la olvidó y los argentinos del siglo XXI celebramos en el presente el bicentenario de su creación.