Un grupo de unas 30 personas conversa en ronda frente a la estación de González Moreno, un pueblo pequeño ubicado en el límite entre Buenos Aires y La Pampa. El grupo de teatro comunitario está compuesto por gente de todas las edades. Los ensayos se hacen en la estación de tren, que hasta hace poco estuvo abandonada. Cuentan que si hace mucho frío ensayan en el jardín de infantes. Pero hoy está lindo y organizan un viaje para ir a actuar a General Pico, en La Pampa. El grupo funciona como un viejo consejo de pueblo: nadie se interrumpe, se escuchan las distintas propuestas y en pocos minutos, se ponen de acuerdo. Cuentan que conforman una red cooperativa, cultural y social llamada “La Comunitaria de Rivadavia”. Rivadavia es el nombre del partido. Y estas son personas comunes que se organizaron para dar pelea y mantenerlo con vida. 

Un motor potente. “El teatro fue y es nuestro motor aunque por suerte derivó en distintas actividades”, comenta Emilia de la Iglesia, coordinadora general de teatro.
Así, una vez que descubrieron el poder de la asociación, los participantes organizaron clases de música y consiguieron fondos del presupuesto participativo de la municipalidad para dar vida a talleres de oficios en otro edificio abandonado. Hoy los talleres textil, de herrería, de carpintería y de cocina funcionan a pleno. Y algunos hasta dieron un paso más, transformándose en cooperativas, que dan trabajo y venden productos.
Cuentan que cada grupo de teatro se junta a ensayar una vez por semana en su propio pueblo. Y que una vez por mes, todos los grupos se juntan en San Mauricio. San Mauricio es un pueblito que parece muerto. De la iglesia, sólo quedó la fachada y hay taperas por todos lados. Sin embargo, todavía le quedan unos 15 habitantes y el apoyo de la red de 7 localidades, que se parece a una gran familia. La red bautizó a San Mauricio como la capital cultural del partido. Como en el oeste de la provincia, en Rivadavia también se habla de inundaciones y se recuerda la del 2001, que fue muy dura. Antes de la red de teatro, “con los otros pueblos no teníamos ni onda, ni nos conocíamos”.

La novela luminosa. “Mi sueño es que este lugar vuelva a tener vida”, comenta Emilia. Y se emociona cuando se acuerda de la obra que hicieron en San Mauricio en 2010. Ese día, el pueblo vaya que volvió a vivir. Hubo 5 mil espectadores, 200 actores en escena, asado popular para 1.200 personas. En el teatro comunitario las obras hablan sobre la historia de cada pueblo y aquel día San Mauricio tocó el cielo con las manos. “La historia se entreteje desde abajo y se cambia desde la comunidad”. La tarde avanza a pura charla, mate y buena compañía.
Es una tarde perfecta. La luz del atardecer es especial en la plaza de San Mauricio. La luz en el cruce de caminos, en un rancho, en la réplica de la zanja de Alsina. La luz en la cara de Catalina Marino cuando sale de la casona de la esquina en la que vive junto a sus perros. Esos perros que la rescataron cuando se cayó a un pozo y no podía salir porque ya tiene “78 cumplidos”. Es la misma luz en la caja de la chata de “El Paisano” Fernández, llena de hijos, perros y herramientas. La luz de la cocina del ex-hotel donde otras mujeres generosas convidan mate y tortas. En Rivadavia, la luz está en las personas. El ensayo en América empieza medio tarde. Son más de las diez pero todos comparten el entusiasmo. Después comparten la mesa con un pollo al disco. Hacen vaquitas, coordinan eventos, se relacionan. La comunión es total. La gira continúa. Ojalá que haya servido para transmitir aunque sea un poco de la luz de la gente de Rivadavia.