Es difícil llegar hasta la Comunidad Wichi La Esperanza (Salta), no hay señal de teléfono ni datos móviles que ayuden. El hombre debe ayudar al hombre aquí, la presencia de un baqueano se hace indispensable. Como todos los años, con la crecida del Río Pilcomayo, los miembros de esta comunidad deben abandonar sus casas y retirarse tierra adentro. Cuando el río baje, volverán a este lugar.

Aquí hay poca ayuda, pero lo que llega es efectiva. El INTA y un Programa de Unicef, están en el territorio. Esta comunidad vive el nomadismo desde tiempos inmemoriales, es parte de su vida. Las cuarenta familias que integran La Esperanza toman esta mudanza con naturalidad, es lo que siempre hicieron. Las cunas de madera, están sujetas entre dos árboles, al lado de las canoas. La vida aquí no ha cambiado mucho desde hace mucho tiempo, pero si se ha modificado la dieta y el uso de la tierra.

“Mi hija está en la escuela. Ella tuvo leucemia, pero ahora está bien”, comenta Rosa, quien hace algo impensado hasta hace algunas décadas atrás: una papilla con calabaza y zanahoria que ella misma cosecha. Aquí se ve la mano del INTA, quien asesoró a la comunidad para crear una huerta que abastezca de verduras a todos. También les enseñó a comer verduras que nunca han estado en la dieta de los wichis. Los beneficios de esta capacitación ha mejorado la salud de la comunidad.

El Programa también tiene un costado sanitario. Antes y después de comer, las niñas y niños se lavan las manos, se cepillan los dientes. Estas pequeña modificaciones de las rutinas diarias tienen grandes consecuencias para mejorar la salud “Empoderamos a las personas. Nuestras grandes aliadas son las mujeres para lograr lo que vamos logrando. Acá se construye a diario”, afirma Mariela, coordinadora del proyecto. La Esperanza es eso, esperanza de que es posible una realidad distinta para las castigadas comunidades wichis. Aquí se vive en una de las regiones más pobres y olvidadas del país. El chaco salteño incluye a Formosa y Chaco.

Cerca de La Esperanza, hay otras comunidades wichis que viven de la misma forma. Una de ellas es La Purísima, aquí hay 12 familias que viven en el olvido. La realidad es más dura aquí, como no hay agua no pueden tener huertas, “apenas tenemos algo para consumir nosotros“, cuenta Ariel.  “Nos gustaría reciclar ropa, tejer con chaguar -árbol del que extraen la fibra-, hilar con lana de oveja, hacer leña de algarroba, siempre de árboles muertos, nunca lastimando a los que están bien“, cuenta una anciana. Una representante del Ministerio de Trabaja que llega a la comunidad, anota. La ayuda de la política seguramente llegue cuando aquí ya quede poco y nada. Esta gente necesita ayuda en forma inmediata.

Mientras las promesas de ayuda se oyen, los integrantes de La Esperanza están más allá, ellos todos los años deben comenzar desde cero cuando el agua baje.