Quizá en el año 1700, cuando donó las tierras a la Orden de la Merced, López Fiusa no se imaginó que las 21 mil hectáreas divididas por el río Ctalamochita se iban a convertir en productoras de alimentos a gran escala. Sí, tal vez, imaginó que con su gesto altruista iba a permitir el desarrollo del ser humano, más allá de lo económico, un objetivo que el establecimiento próximo a Villa María tiene como premisa fundamental.

Con más de 300 años bajo la órbita de la orden religiosa de los mercedarios, con excepción del período de exclaustración dispuesta por Bernardino Rivadavia, estancia Yucat ha buscado tener un fin social y productivo. Actualmente, y ya con más de 50 años de administración por parte de la Orden de la Merced, el establecimiento desarrolla un modelo agropecuario en el que la elección de las actividades, su organización interna y el destino de los producido están ligados a los fines institucionales y evangélicos.

Estancia Yucat es, hasta donde conoce el Fray Carlos María Diez –el actual administrador desde 2004– el predio de mayor tamaño en manos de religiosos. Sus 20.600 hectáreas están divididas en dos sistemas productivos y de tenencia de la tierra. Un total de 5.500 hectáreas están en producción bajo la administración directa de la Orden, mientras que el resto –15.100 hectáreas– está arrendado a 70 productores, en unidades económicas que no superan en promedio las 220 hectáreas.

“La estancia tiene que ser una usina cultural; el monocultivo ha arrasado con la diversidad productiva y pretendemos que el establecimiento sea una escuela de productores. Queremos mostrar en la práctica otra visión, que pretendemos que sea una expresión de la Doctrina Social de la Iglesia, fundada en la inversión en capital humano”, aseguróel padre Diez, durante una recorrida para conocer detalles del sistema.

Con una canasta que incluye 1.500 hectáreas dedicadas a la agricultura extensiva, 2.500 a la ganadería y otras 100 a producciones con certificación (hay otras 1.200 hectáreas con monte, caminos y puestos), en la estancia trabajan 70 personas en forma permanente. A ellos se suman otros 30 pequeños cuentapropistas de la zona. 

La diversificación de las producciones –que también incluyen tres tambos de bovinos, uno de cabras, ganadería, producción de cerdos, ovinos, equinos, apicultura y producciones artesanales– permite conformar una red social de 100 personas, mucho mayor que si el establecimiento solo fuera destinado a la producción agrícola.

Más allá del bien social que persigue la Orden de la Merced en la administración de Yucat, su meta es también que las producciones sean rentables. “En la parte de estancia, la totalidad de la ganancia se reinvierte. Logramos el autosostenimiento, que no era así en otros años”, explicó el sacerdote. 

Con la producción de grano exhibiendo números muy debilitados y con la lechería vacuna al límite de la flotación, el tambo de cabra es “la niña bonita”, según la valorización realizada por el administrador. “Es lo que más renta por hectárea ofrece. Vendemos el litro de leche a 10 pesos, más de tres veces que el de la leche vacuna”, comparó el religioso. Sobre 20 hectáreas, la producción de leche de cabra es de 600 litros por día, lo que representa una facturación de seis mil pesos por jornada. Para obtener ese mismo ingreso con el tambo bovino se deben producir más dos mil litros diarios. “Generamos en 20 hectáreas la misma mano de obra que un tambo bovino en 200 hectáreas”, ejemplificó Diez.

El rodeo caprino de la raza suiza Saanen está integrado por 450 madres que producen alrededor de 120 mil litros al año. El destino de la producción son cuatro bocas de expendio: Funesil (Escuela Integral de Lechería de Villa María), la línea de quesos premium La Boheme, de la cooperativa Arroyo Cabral, y dos industriales de Córdoba y de Almafuerte.

La lechería bovina está representada en Yucat por tres tambos con 750 vacas en ordeñe. Además de la producción de leche, la unidad hace la cría de los terneros y la recría de los novillos y vaquillonas. Sus resultados son la producción de 17.800 litros de leche diarios y la venta de 400 novillos por año. “No estamos en la punta del viento con la tecnología en el tambo, aunque no estamos cerrados a ella. Hacemos una producción a campo, sin intensificación, que apunta a la genética”, destacó Diez. Un plantel de seis toros de pedigrí Holando Argentino proporciona la venta de entre 15 y 20 toros por año, a partir de su propia selección.

Una rotación que incluye soja, trigo/soja de segunda, maíz y sorgo, es el modelo agrícola en Yucat. Bajo este esquema, la soja aporta alrededor de tres mil toneladas por campaña y el maíz otras 2.500. “Hemos bajado la superficie de maíz. Si bien usamos parte para autoconsumo, lo que vendemos está afectado por los costos de la trilla y el flete”, admitió Diez. Según los números del administrador, el rinde de indiferencia de una hectárea de soja en la zona es de 26 quintales, sin considerar el alquiler. “Hay que producir arriba de 35 quintales, cuando el promedio es 25 quintales”, comparó. La lechería es otra de las producciones que tienen los números al límite. Por debajo de los 2,70 pesos por litro, el negocio también comienza a hacer agua.

La ganadería en estancia Yucat es de ciclo completo. Un plantel de 1.500 madres de las razas Angus y Polled Hereford produce alrededor de 1.300 novillos por año. “El animal se desteta entre los tres y cinco meses y después pasa a corrales para su terminación”, explicó el padre Carlos Diez, administrador del establecimiento. El plan de reproducción incluye la inseminación de las vaquillonas; el resto es servicio a campo. La estancia también vende sus toros seleccionados.