Los vecinos del barrio porteño del Abasto, seguramente recuerden el antiguo edificio de la sede de La Oxígena, donde funcionaba una tradicional fábrica de tanques de oxígeno. Hoy, el edificio se convirtió en un espacio que brinda a los artistas un entorno en el cual pueda desarrollar todo su potencial, un lugar de contención, de estímulo, y donde su creatividad está expuesta a los coleccionistas y a quienes buscan potenciar e impulsar la carrera de jóvenes artistas.

MECENAZGO: El proyecto fue impulsado hace cinco años por Guillermo Rozenblum, director de la Fundación Rozenblum. La idea de recuperar el edificio de la antigua fábrica ubicado en Bulogne Sur Mer 345, con una dimensión de cuatro pisos y un total de 4.500 m, surge a partir de un análisis de la vida y el mundo interno del artista y su relación con el mundo que lo rodea, realizado por el BSM Studio Art Building. Este mismo formato fue inspirado tomando el modelo del PS1 en Nueva York y el Torpedo Factory Art Center, en Virginia, en los que conviven varios artistas y en el que se intenta volver al principio del mecenazgo. Los artistas que trabajan en la fábrica fueron previamente seleccionados por la Fundación Rozenblum. El alquiler del lugar lo pagan los artistas con alguna de sus obras, que luego van a formar parte de la colección privada de la Fundación. A cambio, los residentes tienen un amplio lugar donde desarrollar sus obras, y cuentan con un equipo que gestiona su producción.

POR AMOR AL ARTE: Lo primero que llama la atención del edificio, es su colorida fachada pintada por unos 50 artistas. Ya adentro, unas angostas escaleras marcan el camino al primer taller de artistas permanentes denominado “Oligatega”. Allí, Mateo Amaral, Maximiliano Bellman, Mariano Giraud, y Alfio Demestre, que trabajan juntos hace 10 años, conforman un colectivo de arte en el cual, además de realizar sus obras individuales, los cuatro se fusionan para hacer trabajos en conjunto que luego serán presentadas en alguna colección privada o en las muestras de la Fundación Rozenblum. Actualmente, están trabajando en una simulación de una pared destrozada hecha por computadora. La imagen está impresa en vinilos y una parte de ella pintada con óleos. “Los cuatro trabajamos en la misma obra. Suele ocurrir que un artista tape lo que hizo el anterior, pero nadie se enoja. Llevamos 10 años de entrenamiento y nos apasiona”, comenta Mariano, mientras Alfio presenta su escultura giratoria inspirada en los hologramas que emite R2D2, el famoso robot de la saga “La Guerra de las galaxias”. “Es parte de un proyecto del cual vengo trabajando hace mucho tiempo con luz y movimiento, generando situaciones lumínicas inmateriales”, explica Alfio, motivado por trabajar en la fábrica que le proporciona un amplio espacio de trabajo para grandes obras, difícil de encontrar para un artista en la ciudad de Buenos Aires.

ARTE CALLEJERO: Continuando con el recorrido por las escaleras, se aparece un enorme garage donde sobresale un viejo auto pintado por los Street ArteBa, unos cincuenta artistas callejeros que conforman un colectivo y, autorizados por el gobierno de la ciudad, expresan su arte en lugares públicos, edificios, muros, y otros espacios. Hay además en este espacio, una enorme pista de skate que hizo Mariano Giraud, y que obtuvo en el 2010 el premio Petrobras que otorga ArteBa. “La obra representa un universo que cae sobre la rampa”, explica Mariano, que también durante el Open Studio que se realizó durante el año, realizó una interesante performance en la que mientras leía pasajes de Darwin, skaters hacían impresionantes piruetas en la rampa. Pero aquí, no termina el recorrido. En el segundo piso del edificio, se encuentra la residencia de visitas, donde trabajan artistas locales e internacionales y exponen sus obras en las muestras abiertas. El objetivo en este sector, es la interacción entre artistas, ya que no se trata de un atelier cerrado.

ARTE, ARTE, ARTE: Las escaleras parecen interminables. Por dentro, el edificio es frío y con largos pasillos, pero el color que le imprime cada artista en las paredes, lo convierte en un lugar agradable donde se respira arte en cada rincón. Un angosto pasaje lleva al enorme taller del excéntrico Marcello Mortarotti, reconocido artista mendocino que hace tres años trabaja sus obras en la fábrica. “Es un maravilloso espacio para la mente y para trabajar sin tiempo, sin apuro, y expandir tus ideas”, dice Marcello. Sus nuevos trabajos son muy atractivos. Se trata de tomas fotográficas copiadas en soportes brillantes que se denominan “fotolumina”, y tituló la serie “Entropías nómades y realidades inestables”, que reúne obras que tratan sobre los viajes, la luz y el tiempo, y se suman a una gama de videos, performances, pinturas, dibujos, ejercicios conceptuales, objetos e instalaciones. Marcello ya tuvo experiencia en trabajar en lugares como la fábrica, en donde hay una interacción entre distintos artistas. Su taller en Nueva York presenta el mismo formato. “Es una nave cultural que está cargada de futuro. Yo soy de los más grandes, pero hay muchos artistas jóvenes con mucho entusiasmo. Es un no lugar, hay espacio y silencio, y te podes abstraer en tus mundos privados. Es un lujo tenerlo en Buenos Aires”, dice Marcello. Continuando por el frío pasillo, nos adentramos en el taller de la simpática Paula Toto Blake. Allí trabaja sola y mientras escucha la radio, con sus delicadas manos maneja el caucho de neumáticos usados que utiliza en sus impactantes obras. A esta serie de obras las llama “Bunker”, donde propone una escena con espacios confortables y un living al que le salen espinas en todos sus muebles.
   Las realidades económicas de los diferentes artistas hace que su crecimiento no sea de lo más sencillo. La utilización de la fábrica para que los artistas puedan desarrollar sus potenciales es un gran aporte al arte contemporáneo latinoamericano.