Por Leandro Vesco

La huerta del campo “La Familia” parece irreal, las acelgas crecen de una forma desmesurada, las raíces son fuertes y carnosas, las hojas de las plantas enormes y esta selva nutritiva y orgánica es el centro de una propuesta simple pero fundacional: venir a pasar un día de campo eligiendo las verduras de la huerta y esperando la llegada de un cordero que se asa con paciencia y coherencia por nuestra más pura tradición gastronómica rural.

“La idea es que vengas por la mañana, puedas dar una vuelta en sulky por el campo, ordeñes una vaca, esquiles una oveja y a las once comer una picada, ir a la huerta, que elijas vos mismo las verduras que vas a comer en la ensalada y almorzar un cordero” Cecilia Leonhardt lo explica de un modo pausado, con la naturalidad de quien hace esto desde siempre. El campo es una fábrica de sabores y productos naturales, la tierra hace todo el trabajo, el cuidado que le dan a ella acá es la que un hombre le daría a un hijo. La huerta y el jardín que rodea a la casa de campo son fecundos, la fertilidad asombra y contagia. Cecilia y Omar Antonelli abrazan las plantas y a sus animales, todos están viendo nacer un proyecto de turismo rural completamente vivencial. Hay sentimiento hasta en el modo en el que se mueve una brasa.

El campo está en la zona rural de Villa Iris, una colonia nacida por la llegada de inmigrantes en 1900, entonces estaba todo por hacerse y españoles, italianos, alemanes y judíos hicieron de este rincón de la pampa una localidad laboriosa y donde los vecinos se saludan como si fueran una gran familia. Tiene 1800 habitantes. Hay muchos proyectos en el pueblo, todos ligados con el turismo rural. “Queremos que nos visiten”, nos cuenta Omar. El campo “La Familia” está a pocos minutos de Villa Iris. El concierto de aves es fascinante, cuesta mirar tanta vida. La naturaleza aquí está al desnudo, los colibríes besan las flores, las ovejas miran desde atrás. Unas llamas, curiosas, pispean detrás de unos árboles. El fuego se ve alto y vertical, delante de él, el cordero se asa lentamente. “El secreto, es el tiempo, la carne se tiene que hacer siempre sin apuro” El tiempo que dura la cocción es el tiempo que tenemos de relajarnos y disfrutar del predio. La picada está servida, los productos del territorio se ofrecen en una tabla que se instala en los cajones de nuestra memoria donde se ubican los recuerdos que no se olvidarán.

El nombre del campo no es caprichoso. Los hijos de Cecilia y Omar ayudan a sus padres a hacer realidad este sueño. El turismo rural se afianza en la piel, en la pertenencia, se nutre y crece por el sentimiento de arraigo que el grupo familiar siente por la tierra que los ha visto nacer. Entonces es la familia quien participa del agasajo a los visitantes. “Nos gusta este lugar, nos gustan las plantas, las flores. Es un espacio que nos llena. Lo que más disfrutan los que vienen es cuando les decimos que se corten sus propias verduras”, el encanto de hurgar entre la tierra y sentir una zanahoria, una calabaza, un rabanito o acariciar la hoja de una acelga carnosa, fresca aún con las gotas del rocío, “La Familia” plantea una secuencia con etapas lentas que tienen su eje en el goce y el disfrute, en esta búsqueda de los tesoros que da la tierra, la canasta se llena de productos frescos, sanos y coloridos. El sabor del humus deja un bouquet ferroso en los dedos.

El menú llega de la mano de Omar, la textura de la carne es única, como perfecto el punto de cocción. Otro de los platos que hacen es polenta a la tabla, receta que trajeron los tanos a Villa Iris. “Pero hay que usar polenta cruda, no la instantánea, tenes que revolverla una hora en la olla,  le agregas algo de harina y cuando está la desparramas en una gran tabla, le agregas salsa y queso, es un plato comunitario” La comida así entendida es una fiesta para los sentidos. Cecilia, de familia alemana prepara las tortas para después de la siesta. Unas hamacas colgadas de los árboles invitan a la ceremonia de cerrar los ojos luego de almorzar. El campo nos recibe en un abrazo silencioso.

“Ver amanecer acá es único”, completa Omar cuando se refiere a la vida que llevan aquí. “La Familia” forma parte del grupo de turismo rural “El Abrojal de Villa Iris” que asesora Susana Schwerdt, que a su vez depende de Cambio Rural de INTA, quienes han logrado crear una red de emprendedores que están a cargo de proyectos naturales, sustentables y que plantean un turismo vivencial en contacto con la naturaleza y la identidad rural. La tarde abre paso al mate, la charla y las historias alrededor de un aljibe. “El primer dueño era un cura italiano que quería regresar a Europa, cada peso que le entraba lo dejaba en un cofre, que algunos dicen dejó al fondo del pozo, y algo hay porque hemos descubierto una soga que se pierde en la napa, pero no podemos saber qué es porque es algo muy pesado”, el misterio es el condimento que faltaba en este día maravilloso que se recuesta sobre el horizonte del campo, la tranquera despide al sol, pero permanece abierta para recibir a las estrellas y la luna.

Contacto: elabrojaldevillairis@gmail.com

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