Es probable que cada lector tenga una pieza preferida: un cuchillo, una rastra, un recado de bastos. También es probable que esa pieza sea el regalo especial de algún ser querido. Es que la platería criolla despierta emociones en quienes usan las piezas gauchas, en coleccionistas que las exhiben en sus vitrinas y en plateros capaces de crear desde una óptica donde lo moderno y lo tradicional conservan sus formas y su belleza particular. Claro que a pesar de esa belleza que la eleva como obra de arte, son objetos concebidos para ser usados por el gaucho en sus tareas cotidianas. El gaucho era hombre de a caballo y el cuchillo -en sus distintas versiones- era, antes que un arma, su herramienta más preciada.
El Federal recorre la obra de algunos de los plateros que representan la nueva generación en este oficio fascinante, con el ojo puesto en la provincia de Buenos Aires y sus dos cunas de plateros: San Antonio de Areco y Olavarría. Draghi y Ferreira son los apellidos ilustres que representan en la actualidad a estas dos ciudades y que han influenciado la obra de cientos de plateros. Cada una tiene sus propios orígenes y características (ver “Lo profuso y lo sobrio”) aunque ambas se inscriben dentro de nuestras tradiciones más profundas: esa de darle vida al metal. 

Tierra gaucha.

Basta andar por las calles de San Antonio de Areco para sentir la tradición a cada paso: pulperías, viejas fachadas, palenques. En Areco trabajan unos 30 plateros. La gira comienza en el taller de Facundo Robledo (34 años). El taller es amplio, ordenado, predomina la madera. Queda a metros de la plaza principal, una de las paradas obligadas de la ciudad. Robledo dio sus primeros pasos como artesano en el colegio, trabajando con aspas (cuernos de vaca). Cuenta que un amigo platero lo incentivó a formarse en el oficio en el que lleva 15 años trabajando con pasión. También que tuvo la suerte de ser aprendiz durante cinco años en el taller de José Draghi y sus hijos. “Somos tradicionalistas, no inventamos nada. No copio piezas pero aplico el rigor histórico de lleno. El desafío es cuando me encargan una pieza única. Ahí pienso, investigo y dibujo un diseño exclusivo, que al mismo tiempo sea tradicional”, dice.  Robledo muestra un cuchillo arequero típico: sobrio, con líneas rectas, elegante. “Todo lo que hago está pensado para resistir el uso intensivo del campo. A los que empiezan les recomiendo formarse con un buen maestro.”
En el taller de Gonzalo Meo (35) dos labradores y una chimenea encendida dan la bienvenida. Meo empezó en el oficio a los 8 años, calando en aspa, en el taller de Omero Tapia, un famoso estribero arequero. A los 12, pasó al taller de Carlos del Bianco a trabajar con metales. Cuenta que dentro de lo tradicional, la investigación y el estudio son claves. Es que la gente llega a Areco buscando tradición. Fuera de lo tradicional, explica que puede volar con la creatividad y crear piezas únicas, nunca antes realizadas. “La plata no tiene límites. Ahora estoy trabajando con un ceramista amigo que usa técnicas japonesas. Es un delirio y nos encanta. Me gustaría poder mostrar estos trabajos en las exposiciones, además de las piezas tradicionalistas”, comenta y sonríe. Gonzalo recomienda no desanimarse. “Hace tres años presenté un pavo real en La Rural y el jurado la sacó de competencia porque no la consideraban tradicional. ¡Y este año saqué el premio!” 
El taller de Miguel Bannon (43) es más pequeño que los anteriores. Lo que no es pequeño es el trabajo de este platero de pocas palabras. “Soy de Areco y siempre me sentí identificado por la cultura y la tradición de este bendito pago. Con el correr del tiempo este sentimiento se fue plasmando en las distintas obras hechas por mis manos, a las que considero un pequeño aporte a nuestro patrimonio cultural”, suelta. En un caballete descansa un recado de bastos espectacular y encima se luce un caronero (un tipo de cuchillo que se lleva entre las caronas, una de las “capas” del recado). Dan ganas de ensillar y salir al galope corto, rememorando las andanzas de Don Segundo Sombra. Bannon, tradicionalista a ultranza, dice que le hubiera gustado vivir en la época del gaucho. “El de platero es un trabajo gratificante: hasta me hago amigo de los clientes”, finaliza.

Clásicos y modernos.

Federico Fiorda (25 años) empezó a los 16. Hasta los 23 se formó con Juan Manuel Pereyra. A los 18 fue a aprender cincelado a La Plata. En Areco el cincelado no es común, entonces varios plateros salen para aprenderlo. En el taller -alejado del centro de la ciudad- un amigo ceba mates. En las paredes cuelgan premios. Fiorda cuenta que anda con pocas piezas porque las mandó a La Rural para la tradicional muestra de invierno. Y dice que prefiere los cuchillos. “Creo que siempre voy a hacer piezas tradicionales. Fundo los dos estilos de la provincia porque mi maestro de cincelado era de Olavarría y fue alumno del gran maestro Armando Ferreira”. Las piezas criollas que realiza son para usar en el campo. Fiorda se basa en libros históricos y después las “estiliza” con mano propia. “Hay días que no andás derecho para cincelar o para dibujar. Ahí, lo mejor es dedicarse a otra cosa hasta que vuelva la inspiración”, recomienda.
“Soy un orfebre en formación. Me gusta el oficio, es mi vida. Hago de todo y estoy en plena búsqueda”, se presenta Maximiliano Rodríguez (23 años). Rodríguez empezó a los 14 con Sergio Sánchez, platero arequero. Más adelante, viajó a La Plata junto a su colega Fiorda para aprender los rudimentos del cincelado. Su maestro allí fue Lautaro Colacelli, de la escuela de Olavarría. Hoy, Rodríguez estudia artes visuales y es un polifacético que además de trabajar en metales, realiza esculturas, grabados y pinturas. “Quiero profundizar técnicas de dibujo y movimiento para darle más vida a las piezas. Me parece que a lo tradicional le falta algo, entonces busco darle un toque más artístico a las obras”. Agrega que le gusta la joyería, casi una mala palabra para los tradicionalistas como Miguel Rigacci (63). Apenas se entra al espléndido taller de Rigacci queda claro que la innovación no es lo suyo. El tiempo parece detenido en 1800 y pico. Rigacci enseña unas pavas troperas que realiza en alpaca. Tienen una base ancha, para calentar agua “prendiendo unos palitos cualquiera”. Son livianas, pequeñas; son geniales. Rigacci es hombre de a caballo y representa a la vieja guardia: “Junto a mi hijo Martín (36) vamos a seguir haciendo la platería de toda la vida, respetando a la historia. La platería es muy rica como para andar innovando. Nosotros no inventamos nada…Hay tanto para recrear”. Explica que dentro de lo tradicional se usan motivos exóticos como la flor de cardo, el trébol, y el águila por el origen foráneo de los primeros plateros.
En todos los talleres hay una computadora con internet y en el de los más jóvenes suena música de rock. “A mí ni siquiera me gusta el folclore con bajo y batería. Los tradicionalistas llaman joyeros a los orfebres que se salen de los diseños históricos. Ellos no son plateros. Serán joyeros, pero platero es el que sigue la tradición”, dispara Rigacci.

La gran escuela.

En el mundo de la platería, Armando Ferreira es un prócer. Profesor, fundador y director de la Escuela Municipal de Orfebrería y Artesanías Tradicionales de Olavarría, este hombre ha formado a cientos de plateros de todo el país. Es habitual que Ferreira concurra a las ferias y exposiciones acompañado de discípulos, aprendices y egresados. Su fama y prestigio trascienden fronteras. Sin dudas, el cincelado es la especialidad de Olavarría. Un par de wwwimonios pueden representar la labor de un hombre respetado y admirado por igual. 
David Saco (42) es un platero con 20 años de oficio. Cuenta que dio sus primeros pasos en Berazategui, Buenos Aires, y que viajó a perfeccionarse a Olavarría. “Armando Ferreira es un capo total. Cuando llegué, me abrió las puertas de su taller y la puerta de su casa como si fuéramos amigos de toda la vida”, recuerda emocionado. “En Olavarría me formé con Armando y con Fernando Rivarola, uno de sus discípulos que se fue a vivir a Esquel, al sur del país. El cincelado requiere manejar las artes plásticas porque aparecen las tres dimensiones. Hay que tener conocimientos de dibujo y escultura”. Saco cuenta que en una feria donde habían mandado piezas de Ferreira, se pensaba que estaban hechas con tecnología de última generación. “Aunque parezca imposible creerlo, Ferreira trabaja con herramientas de principios de siglo”.
Otro que habla con emoción de Don Armando Ferreira es el platero Perico Medina, de los pagos de Tres Arroyos. Medina aclara que no fue su discípulo, aunque Ferreira lo marcó para siempre. “Traigame algunas de sus piezas”, le dijo el maestro. Autodidacta, Medina se había largado a cincelar por las suyas, ni siquiera había visto cómo se hacía y menos qué herramientas se utilizaban. En Olavarría, Ferreira contempló sus dos piezas y llamó a su ayudante: “Mirá el trabajo que hizo este muchacho”. El ayudante no se mostró muy sorprendido, hasta que Ferreira le mostró la herramienta que había usado: ¡un cortafierros! Durante una hora, Ferreira se dedicó a enseñarle a cincelar. “¡Una hora entera con Ferreira fue impresionante!, comenta Medina.
Otra familia agradecida con Don Armando Ferreira son los De Gennaro, linaje de plateros y cinceladores. Ellos se han perfeccionado en su escuela. Sus piezas, entre las que se destacan mates, colgantes, rastras, hebillas y complementos de apero, han obtenido numerosos premios. Visitar el taller ubicado en Mar del Plata es un privilegio visual: parece un museo. Los De Gennaro trabajan queriendo lo que hacen, y también queriendo a las tradiciones de nuestro país; una familia criollaza hasta los huesos.
Hombres de ojos sagaces y observaciones minuciosas, de manos hábiles y rugosas, acostumbradas al duro metal que templan con pasión, que cincelan con detalle en cualquier punta del estilo en que se encuentren. Más allá de los calificativos, saben que son parte de una misma costumbre: la de hacer nacer formas sobre el espacio virgen de la plata. Tal vez sea la hora de fundir tradición e innovación en una sola pieza. Para que los joyeros de hoy puedan ser, también, los plateros del mañana.  

Agradecimiento: Daniel Spinelli