Pese a que en la actualidad se suele creer que la inseguridad por robos y asesinatos es un fenómeno del presente, la historia demuestra que en la Argentina ya era un problema para el gobierno de la Primera Junta de 1810 y que en aquellos tiempos también existían partidarios de la “mano dura” aunque no exentos de prejuicios de clase y pertenencia social.
Así lo demuestra Vicente F. López en su Historia de la República Argentina publicada en 1883, el primer relato integral de los sucesos del pasado nacional. En un capítulo titulado Labor administrativa de la Junta se refiere a que, además de los problemas de la guerra por la Independencia, el nuevo gobierno debió ocuparse de “atender a la defensa de la seguridad individual y de la propiedad, seriamente comprometidas por un estado de cosas de lo más lamentable que nadie pueda imaginar”.
Según su relato, alrededor de la ciudad de Buenos Aires, “numerosísimas bandas de salteadores y asesinos, abrigados en las arboledas y huecos del ejido y de las quintas exteriores, infestaban los suburbios. No sólo de noche, sino a la luz del día, saqueaban y asesinaban familias enteras, quebrantando puertas a viva fuerza o abriéndolas con ganzúas cuando tenían que obrar con había más cautela. Su audacia había llegado a tanto que, con mucha frecuencia, aún a la hora de la siesta, se introducían en el centro mismo de la ciudad, y saqueaban tiendas o casas de familia, con éxito completo casi siempre”.
Como ejemplo y para demostrar la gravedad de la cuestión, López recuerda el caso de un asalto a la casa de comercio inglesa de Mr. John Apleyard, “situada en la calle de Balcarce esquina a la de Moreno, a dos cuadras de la plaza de la Victoria”, hoy plaza de Mayo.
Sin dudas, la descripción de López no pudo escapar del prejuicio que a la hora de escribir su historia sostenía la clase a la que él mismo pertenecía. Por eso al definir a los delincuentes, escribe: “Reclutándose con los desertores, con los vagos y los tahúres que pululaban a favor de la pobreza y del desquiciamiento consiguientes al estado de guerra y de revolución en que se hallaba el país, esas bandas de malvados y prófugos de la justicia hallaban fácilmente conexiones y cómplices en los esclavos de color agrupados y desmoralizados en el interior de las casas”.
“El mal –agrega López- había llegado en 1812 a ser una calamidad pública, una plaga social que tenía aterrado al vecindario. Era indispensable, urgente, extirpar a toda costa ese desorden con un rigor inexorable, sumario y ejecutivo. No habían bastado los bandos publicados contra los tahúres, contra las reuniones de vagos en las tabernas, con el uso de armas cortas, ni los castigos impuestos por la justicia ordinaria”.
Fue entonces cuando se decidió la creación de una Comisión de Justicia, “encargada de proceder sumarísimamente, y nada más que a buena verdad sabida, o probada, en cada caso de crimen contra las personas o contra los bienes, eliminando todos los procedimientos que pudieran hacer moroso o ineficaz el castigo, aún en los casos de condenación a muerte, que fueron los más frecuentes”.
La Comisión inició su tarea con un manifiesto que produce escozor, sobre todo porque dejaba al criterio y la buena fe de sus integrantes la aplicación de los castigos: “Escarmentarán a los delincuentes, a los malvados, a los facinerosos, pero sin abusar de su autoridad. No se dejarán arrastrar por principios de humanidad, y se hará publicar en la Gaceta del gobierno todas sus sentencias para que el pueblo conozca y juzgue su proceder”.
Pero no sucedió así y lo reconoce el mismo López: “El doctor Agrelo, el principal trabajador de la Comisión, era uno de esos hombres tremendos y excesivos que, dotados de una actividad que se templaba a medida que más la usaba, tenía, por decirlo así, la violencia del cargo que ejercía; y que, convencido de su carácter oficial, o del objeto que le había encomendado, lo llenaba con una pasión, con un deleite más bien, insaciable”.
Lo que López no aclaró cuáles fueron los resultados y si esas medidas trajeron tranquilidad a la población. En cambio, como buen representante de su generación, mezcló la pobreza con el delito, por que al describir la tarea de esa Comisión asegura que se dedicaba “sorprender tahúres, agarrar vagos para el servicio de las armas, y una caza abundantísima de bandoleros que no tardaban muchas horas en ser condenados”