Si bien el Gobierno nacional decidió mantener bajo perfil acerca de la llamada “guerra del pepino” que se desató en la Unión Europea en las últimas semanas, a partir del hallazgo de la bacteria Schericchia Coli en vegetales de consumo masivo (desastre que ya provocó más de una docena de muertes en el viejo continente), en algunos corredores de Agricultura se dejaron entrever, off the record, sonrisas socarronas respecto del desaguisado sanitario en el mercado que más duramente trata a los agroalimentos argentinos. Los europeos discuten si la temible peste proviene de los pepinos españoles -conmueve ver a los horticultores castizos mientras defienden la inocuidad de su producción-, o de otras fuentes posibles, como brotes de soja locales. De una manera o de otra, no hay sombras de duda sobre la procedencia local de la bacteria, que nada tiene que ver con el Mercosur, y menos con la Argentina.