Salvo excepciones, cuando no existía la inseguridad de nuestra actualidad, la ostentación era parte fundamental de la aristocracia. Se notaba en la vestimenta, el uso de la tecnología más avanzada (por entonces, el auto o la heladera) y la casa en que vivían. Juan José Sebrelli, en su libro “La saga de los Anchorena”, lo deja bien claro: “Las clases sociales se expresan también a través de la arquitectura… Además de ser símbolo de identidad familiar, la casa cumple aun otra función, expresa la riqueza y el poderío de sus dueños. No solo la originalidad y el lujo de sus formas arquitectónicas y de su decoración demuestran la capacidad pecuniaria, sino que además, cuando más grande es una casa, más exige un numeroso servicio doméstico.” Además señala su importancia como lugar adecuado para celebrar “una forma clásica de consumo ostensible”, las grandes fiestas.
Otro aspecto que marcaba alta distinción, heredado sin duda de las costumbres de los millonarios europeos, eran las vacaciones. Los ricos contaban con tiempo y dinero para tomarse largos períodos de reposo, que además eran el  momento de encontrarse con otros de su rango y disfrutar lo que la enorme masa trabajadora no podía ni siquiera ver de lejos.
¿Dónde se cruzaban estos dos últimos aspectos típicos de “la gente bien” (fastuosa vivienda y vacaciones) hace cien años? Dejemos que la respuesta la dé el escritor español Vicente Blasco Ibáñez, con “Argentina y sus grandezas”, escrito en 1910, al hablar de las señoras ricas que “gozan en Buenos Aires y no necesitan trasladarse a Europa… En verano disfrutan de la famosa temporada de baños en Mar del Plata… Tal vez la más elegante y concurrida de América del Sud”.
Durante el mandato del presidente de la Nación Domingo Faustino Sarmiento, un grupo de hacendados decide hacer su “country” exclusivo, con mar, cerca de las sierras y una laguna, en las vecindades de Cabo Corrientes. Había allí un caserío originado en el saladero de Coelho de Meyrelles, cuando en febrero de 1874 se fundó la ciudad de Mar del Plata.
Por entonces, aprovechando el aumento de riquezas a causa del crecimiento comercial argentino, posterior a la reorganización que siguió a las batallas de Caseros (1852), Cepeda (1859) y Pavón (1861), los pudientes iban de vacaciones al Tigre (a partir de 1865 con un ferrocarril que lo unía con Retiro, pasando por los lujosos Belgrano y San Isidro) o a Montevideo. Desde 1872 se les sumaba Adrogué con su hotel Las Delicias y posteriormente el tren acercaría las sierras de Tandil y Córdoba, y las montañas y termas de Mendoza y Salta.
En tiempo récord, inversionistas que basaban su capital en fructíferos campos de la Pampa Húmeda crearon Mar del Plata. Patricio Peralta Ramos, José y Pedro Luro, Julio Celecia y, más tarde, Ernesto Tornquist, fueron los basamentos de esta población aislada de casi mil habitantes en sus inicios. Pronto consiguieron que el magno Ferrocarril del Sud, de capitales británicos, ampliara su línea que partía de Plaza Constitución y llegaba hacia el sur hasta Ayacucho: desde Maipú se desprendió, entonces, un ramal que, en 1886, arribó a la primera estación balnearia argentina, Mar del Plata. Recordemos que, tres años antes, cuando el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Dardo Rocha, visitó Mar del Plata, debió bajarse en Maipú y hacer los últimos cien kilómetros en carruaje.
La atrapante aventura de un puñado de estancieros animó a sus amigos a mudarse en verano a la nueva ciudad. Al principio, iban a conocerla parando en casa de los pioneros o en los primeros impresionantes hoteles de lujo, pero luego comenzaron a armar lo que Blasco Ibáñez llama chalés suizos, hermosas mansiones de lujo, que utilizaban los tres meses estivales. Para el centenario de la Revolución de Mayo, el caserío había crecido diez veces: 12.000 habitantes. Estaba dividido, según el citado autor europeo, en dos: “La ciudad permanente o comercial y la ciudad de la costa con vida en la temporada”. El estadista francés George Clemenceau, que también visitó la Argentina en esta época, aunque no conoció Mar del Plata, la identifica como “único punto de reunión de las familias bien acomodadas, puesto que la pampa no ofrece recursos, fuera de la estancia”. Sucinto e interesante punto de vista: un enorme playón verde de cuatrocientos kilómetros entre Buenos Aires y el balneario marino, tan top como más cercano, donde no hay atractivos turísticos, ni siquiera para el necesario intercambio con “gente como uno”, salvo las dispersas estancias.

Vamos a la playa. No bien despuntaba la primavera y comenzaban los primeros calores, las familias de clase alta comenzaban a armar sus petates para partir al mar. Los sirvientes cumplirían la delicada tarea de guardar todo lo que se precisaba para el largo verano acomodando todo en pesadas cajas de madera, arcones y baúles. Ellos también serían de la partida para desempacar en La Feliz y seguir con sus tareas de atención a sus amos.
En la estación Plaza Constitución tomaban el tren a vapor para recorrer en unas ocho horas el camino hasta la terminal costera. Era tanta la demanda que en 1911 se inauguró Mar del Plata Sud, coquetísima estación más cercana a las mansiones, que, fuera de uso y degradada, sirvió como terminal de ómnibus hasta la inauguración del actual complejo ferrovial.
María Rosa Oliver cuenta que su madre no soportaba la idea de que “durmiéramos entre las sábanas de las cuchetas del tren. Luego de comprobar prácticamente que resultaba muy complicado llevar ropa de cama para tender en los compartimientos, mandó hacer unos bolsones de piqué blanco en los que nos metía hasta el cuello, en torno al cual un cordón ceñía la bolsa” (citado en “El arte de vivir”, serie Historia de la Argentina, publicada por Crónica hace veinte años).
Ubicados ya en alguna de las mansiones de la ciudad balnearia, el ritual consistía en paseos diurnos al Faro de Punta Mogotes, la panorámica barranca de los Lobos, la rambla y, los días más cálidos, bañarse en la playa. Eso sí, las mujeres separadas de los varones y con pesados trajes de baños complementados por pantalones que llegaban a las pantorrillas, por entonces una de las pocas partes del cuerpo humano femenino que los hombres podían contemplar, aunque estaban totalmente prohibidos los anteojos de larga vista. Tomar sol era mal considerado, pues tener una piel tostada estaba lejos de los parámetros de belleza de entonces. Solo los obreros, peones, cosechadores y gente por el estilo tenían la piel curtida por Febo. Los bañistas chapoteaban en agua rasa. Unas sogas dividían los sectores en franjas privadas y, a su vez, eran usadas por las damas para aferrarse cuando las olas eran bravas. Los baños duraban poco tiempo y las mujeres rápidamente volvían a toldos y casillas, donde se cambiaban para retornar a sus moradas. Los que no gustaban de los baños en el mar, por la molestia de la arena y el viento, podían optar por las piletas que, ya en el siglo XX, estaban cavadas sobre la costa y eran conocidas como Lavorante, El Negro Pescador, Giaccaglia y Zárate. Las fotos permiten ver que la mayoría de los concurrentes no se bañaba sino que iban a ver cómo otros se bañaban.
Los niños, a juzgar por las fotos, casi no ingresaban al agua, sospechando quizá que sería peligroso. Sin embargo, se los dejaba jugar en la arena, donde aprendían a armar los famosos castillos.
La interacción entre adultos de ambos sexos tendrá lugar a la hora del té en el Torreón del Monje o, tiempo después, en los salones del Golf Club y el Club de Pescadores, y a la noche, en las grandes fiestas celebradas con toda pompa en hoteles y casonas. Blasco Ibáñez afirma que muchos matrimonios se iniciaron en verano en Mar del Plata, “donde las mujeres se paseaban con sus ropas claras y los varones con sombrero jipi”.

Dime dónde vives. Las primeras casas lujosas, pues anteriormente solo había humildes chozas de pescadores o peones del saladero, pertenecían a los pioneros. En una foto cercana a 1888, que publica Yves Gyhs en su libro “Los últimos pesqueros a vela latina en la playa Bristol”, se observa, en total soledad, el chalé de dos pisos de José Luro, sobre la loma Santa Cecilia, a poca distancia del muelle que llevaba el ilustre apellido de los pioneros. Otras fotos, de cerca de 1890, muestran cuatro edificios, cuando aún no estaba levantado el Belvedere, luego llamado Torre Pueyrredón y, más tarde, Torreón del Monje (data de 1904) sobre punta Piedras: los chalés de Jacinto Peralta Ramos, Biedma y Zamboni (este último, de una belleza y estructura notables, fue comprado después por Pedro Christophersen),  la casa criolla de Samuel Hale Pearson (pasado 1930 fue adaptada para funcionar como hotel Lido hasta que fue demolida). Entre 1887 y 1888, funcionarios e ingenieros del recién llegado ferrocarril, como Mr. Taylor, construyeron sus chalés en La Perla. También pueden observarse, en otras tomas, los palacios de Patricio Peralta Ramos, Estanislada Anchorena de Paz, Antonio Guerrero y Antonio Pollero. Es decir, entre 1880 y 1930, si uno quería ver una muestra del lujo de la crema de la sociedad argentina podía darse una vuelta por Mar del Plata. Conozcamos la historia de algunas residencias.

*El pionero Luro: Jacques Dunant, arquitecto suizo que trabajó en París para montar el Pabellón Argentino en la Exposición Universal de 1889, dejó su impronta en muchas obras de estilo academicista francés en la Argentina. En Mar de Plata, por caso, es autor de los planos de los chalés de Guillermo Aldao, Emilio Rodrigué (Villa María) y Pedro Olegario Luro (Bel Retiro). Todo lo que diseñaba tenía una extraordinaria belleza. En el predio de Luro, como lo recuerda el arquitecto Roberto Cova, máximo historiador de la arquitectura marplatense, había un laurel que fue donado a la Municipalidad cuando se demolió el chalé en la década de 1930. En “Fotos de familia”, el magnífico blog histórico que los lectores del diario La Capital de Mar del Plata armaron con material que ellos mismos envían, puede verse el árbol llevado en plataforma rodante para ser instalado en la calle San Luis.

*La Armonía: la historia de la estancia La Armonía es la historia de Mar del Plata. Los campos pertenecieron, en 1826, a Pedro Alcántara Capdevilla. Sucesivas ventas llevan estas casi 17.000 hectáreas a manos de Manuel José Cobo y su esposa Clara Ocampo, en 1861. Además de plantar una gran arboleda, el matrimonio emprendió el embellecimiento del establecimiento agrícola-ganadero, tarea que siguió su hijo Héctor, casado con Josefina Unzué. En 1904 se inaugura la remodelación del casco. La obra de estilo normando pertenece, probablemente, al arquitecto Alejandro Christophersen, que también diseñó para el mismo matrimonio su residencia en Buenos Aires y, luego, una casa para la viuda a la muerte de Héctor Cobo en 1925. El ingreso a La Armonía era encantador: un camino con numerosas especies arbóreas y un puente de estilo oriental sobre el arroyo Los Cueros. Además, para tener electricidad, una rareza de esa época, se construyó una pequeña usina hidroeléctrica que generó, a su vez, un lago artificial, donde huéspedes y anfitriones se recreaban andando en botes. Entre los numerosos visitantes de lujo se encontraron presidentes de la Nación, como Mitre, Roca, Roque Sáenz Peña y Alvear, e ilustres foráneos, como el Príncipe de Gales. En esta estancia se filmó el primer éxito del cine argentino (aún mudo), “Nobleza gaucha”, estrenada en 1915.  

El final. En 1934 comenzaron a pagarse las vacaciones a los trabajadores asalariados en nuestro país. Así, la clase media alta comenzó a darse el gusto de veranear y eligió lo que antes era privativo de los ricos, Mar del Plata. En 1938 se completó el asfalto de la ruta 2 que la ligaba con Buenos Aires. Los grandes pantanos que complicaban y divertían a los aventureros excursionistas del Touring Club Argentino y el Automóvil Club Argentino desde la década de 1920 ya eran cosa del pasado. Los gobiernos de la década de 1930 favorecieron a las empresas norteamericanas de automotores y, de a poco, las cuatro ruedas eclipsaron al ferrocarril que había hecho grande a La Feliz. Los mismos gobiernos se encargarán de cambiar la cara a la ciudad construyendo los edificios monumentales de estilo Art Decó, como el Casino y el Hotel Provincial, obras de Alejandro Bustillo. Pero esa es otra etapa, otras vacaciones