Fotos Andrés Requena

“Ayer llovieron 120 milímetros y no sabemos si vamos a poder pasar. Es que hasta la pulpería son un poco más de 30 kilómetros de tierra”, avisa por celular Patricia Gutiérrez cuando se está llegando a Bolívar, en la provincia de Buenos Aires. Hace un rato el cielo se limpió y El Federal no se desanima: en los viajes, la suerte casi siempre aparece. Tal vez se trate de la mano del Señor o de algún tipo de intervención divina. Por lo que sea, avanzamos a buen ritmo por un camino medio embarrado, pero firme.

El vehículo responde en los huellones y Gutiérrez resulta la guía perfecta. Ella es parte de “Acollaradas”, un grupo de turismo rural que trabaja para transmitir las vivencias del campo bolivarense. A los costados se ven algunos bajos, lotes sembrados, un molino. Se trata de la clásica postal de la pampa húmeda.

“Me bautizaron en el galpón de ahí atrás, arriba de unos fardos”, cuenta Juan Carlos Urrutia, actual propietario de la pulpería Mira-Mar. Enseguida queda claro que Urrutia ama el lugar que lo vio nacer. Disfruta de cada rincón y de ver a sus hijos crecer igual que él. Los Urrutia llevan a la pulpería en la sangre: Victoria y Juan Martín, hijos del pulpero, juegan con una pelota, atienden a unos clientes, ríen; le dan vida al lugar.

En ese sitio, el tiempo parece transcurrir de manera diferente. Un cliente disfruta una cerveza fresca y varios minutos más tarde, para una camioneta. Baja una familia y hace algunas compras. No faltan chupetines para los niños, que se van contentos. En las paredes y en cada rincón de la construcción se percibe parte de la historia. De más está decir que se trata de un espacio tranquilo, con alma campera.

Varios perros revolotean en el camino arenoso. Entre ellos, una perra manca que sobrevivió a tres operaciones. La charla transcurre entre mate y mate, a la sombra de un monte de paraísos. “Mi bisabuelo, Mariano Urrutia, fue un inmigrante español. Llegó al país cerca de 1870. Como tantos otros, vino a probar suerte. Primero anduvo por los pagos de Saladillo y en 1882 trabajó en la fundación de este paraje llamado ‘La Colorada’. Este camino es la vieja ruta que unía Bolívar con Carlos Casares.”

Enseguida que llegó, don Urrutia puso manos a la obra. “Entre 1884 y 1889, Mariano anduvo construyendo la pulpería, que además funcionaba como almacén de ramos generales. Por eso tomamos a 1890 como fecha de inauguración. Por suerte, las cosas le fueron bien. Hasta pudo comprar un poco de campo. En la familia, al primero de cada generación le ponen Mariano. Mi abuelo y su hermano siguieron con el negocio y en 1955 se hizo cargo mi papá, con uno de sus hermanos. La pulpería siempre quedó en la familia”, cuenta con orgullo Juan Carlos.

“Vine por unos meses y me quedé 54 años”. Esta frase era la predilecta de José Luis Bertol, que acompañó como pulpero al padre de Juan Carlos. Bertol fue un miembro adoptado de la familia. Se jubiló a los 65 años y se quedó viviendo en el lugar. Falleció a los 73. Es evidente que el paraje posee un magnetismo especial. Otros personajes históricos son dos de sus clientes actuales: “El Flaco” Ricardo y Raúl. Ambos concurren desde hace años. “El Flaco” pasa una horita al mediodía y otra a la tarde. “Toma unas cañitas mezcladas, aunque nunca más de tres. Él tiene, de toda la vida, sus botellas ya preparadas. Raúl, en cambio, en verano toma cerveza y en invierno un vermouth.”

El sonido del silencio

En este paraje llamado La Colorada viven 5 personas y hay otras 5 que van y vienen desde Bolívar. “Me gusta estar acá. El silencio es impresionante”, dice Juan Carlos con una sonrisa. Y saca un álbum donde guarda todos los artículos periodísticos sobre Mira-Mar. Al nombre se lo pusieron porque enfrente hay una laguna que a los fundadores les recordaba los paisajes del país vasco. Cuenta que hace poco salieron en un programa de televisión y que, por eso, “llega gente hasta de Ushuaia”.

La madre de Juan Carlos abre la pulpería al mediodía. La gente puede arreglar para pasar el día. Se prepara asado y bucea, y hace poco construyeron una chimenea gigante para calentar el ambiente en invierno. También ofrecen picadas. Juan Carlos es fanático de las antigüedades y planea hacer un museo. En la parte de atrás está la caballeriza. Por esa ruta pasaba la galera (diligencia) transportando pasajeros, mercancías y pasajeros. “La galera llevaba 6 caballos y acá hacían el recambio”, explica.

El sol empieza a caer detrás del monte de paraísos. Urrutia le pide a los hijos que vayan a buscar las vacas a la escuela. “Vamos, que se hace de noche”, los apura. Por suerte, ellos van a continuar con la tradición familiar y en el futuro manejarán el negocio. Como recuerdo, se pueden comprar postales realizadas por la guía-fotógrafa Patricia Gutiérrez. Es momento de despedirse. La ruta espera y no hay tiempo que perder. Hay abrazos y fotos. Mugen las vacas y una bandada de pájaros atraviesa el cielo anaranjado. Postales de una tarde perfecta en una pulpería llena de historia.