Por Sonia Renison. Viajes y turismo.

FOTOS Inprotur/ Ale Guyot.

 Diez mil años de historia atesora la botita de caña corta que dibuja el mapa de Jujuy. En la punta, la yunga; en el medio, el empeine va del valle a la quebrada hasta alcanzar la punta, cerca del talón. Los poco más de cien kilómetros que inician esta travesía desde San Salvador hasta Uquía, el último pueblito, es por la Ruta 9, una cinta de asfalto que deja ver un río que serpentea el valle con sus  sembradíos y, al otro costado, los cerros de colores. Purmamarca es uno de los clásicos de la Quebrada. Fue fundada en el año 1594. Disposiciones legales protegen sus características arquitectónicas cuya edificación combina el estilo colonial con las particularidades de los materiales de la región, como los muros de adobe con techos de cardón y torta de barro. La arquitectura se asociia con el paisaje: hay nuevos hospedajes -pequeños y primorosos-, a los que llaman “posadas boutique”. Se distribuyen a lo largo de los pueblos. Tiene dinteles de vigas enormes y unos ventanales tan amplios que dan ganas de quedarse para siempre a ver los cerros. Su postal más famosa es el Cerro de los Siete Colores, el lugar donde el crecimiento se nota a simple vista.

 El Manantial del Silencio, con sus arcadas coloniales simula un viaje al pasado, pero es sólo una apariencia. Hasta allí llegó la todavía princesa Máxima junto a la Reina de Holanda en su visita a la Quebrada.  “Huaira Huasi”, La Comarca Hotel y Cabañas Don David redoblan la apuesta a los huéspedes de acuerdo a los gustos. pero siempre con jardines plenos de flores, pequeños campos de lavandas que contrastan con el color tierra de los muros. Si el viajero prueba los regionales como los papines andinos, el dulce de cayote y la miel de caña, debe saber que la onda gourmet llegó aquí hace tiempo para quedarse. Unas truchas al cartoccio en cazuela y durazno grillado con helado de palta serán apenas una muestra de la variedad de sabores y aromas que desprende un paseo por la Quebrada. 

 La travesía puede demandar un día o una semana. El pueblo norteño preservó su cultura, su arquitectura y esa costumbre de que todo transcurra alrededor de la plaza. Allí se ha instalado una feria donde se ofrecen roductos típicos: ponchos de lana de vicuña y llama, bufandas y gorros tejidos, tapices, pantalones a rayas de colores estridentes, sonajeros de semillas, collares y pulseras de alpaca y plata, miniaturas de mujeres collas cargando sus ollitas de barro, entre otros souvenirs. También instrumentos, como el sikus. 

 Desde Purmamarca mismo se accede a la Cuesta de Lipán, que trepa hasta los tres mil metros. En ese trazo dibuja unas 50 curvas y contra curvas, en donde el paisaje se tiñe de verde hasta que se transforma casi en desierto. Allí aparece la perla. Está pegada al cielo con un hilo plateado. Son las Salinas Grandes, una depresión de 210 kilómetros cuadrados en los que la blancura encandila. Los que llegan por primera vez preguntan “¿qué hay detrás de las salinas?”. Ese desierto de sal subyuga, sorprende y la gente camina mirando la planicie perfecta, los dibujos de la sal. Los tocan y trepan las montañas que hacen los trabajadores buscando un horizonte. Hay que alejarse un poquito del camino y adentrarse hasta llegar a las “piletas”, rectángulos de 4 por 3 metros (y un metro de profundidad), que confunden el suelo con el cielo, que se refleja en el agua que se acumula. Los piletones forman una imagen perfecta y asimétrica. Son 1600 piletas en las que se aprovecha el agua que filtra la pared de sal para convertirlas en cristales finos, que es lo que se junta con palas, carretillas y se embolsa. En época de cosecha (sí, la sal tambien se consecha) los hombres se protegen del resplandor con pasamontañas y anteojos espejados, para rechazar todo reflejo. Hay una conducta de los visitantes que se repite. La irresistible necesidad de probar esa sal y meter un dedo en el agua. Un segundo tarda en secarse y dejar una capa blanca sobre la piel. Como una magia de la naturaleza.