Era imperioso para Martín Karadagián edificar un mundo de fantasía para no quedarse sumido en el fango de la tristeza de sus ancestros”. Esta frase que elige Daniel Roncoli para introducir la historia familiar del luchador resume a la perfección el espíritu de su libro “El gran Martín”, reciente publicación de editorial Planeta que repasa con todo detalle la vida del creador de “Titanes en el Ring” con entusiasmo de fan. De fan para el que no han pasado los años y perfila a Martín como un creador de ilusiones, un artista que se ha construido a sí mismo ladrillo por ladrillo para despegar de un pasado de penurias y violencia familiar. La trayectoria de Karadagián, en suma, es una aleación de cuento de hadas y relato ejemplar, como aquellas ficciones deportivas en las que, por lo general, los buenos y atléticos derrotaban a los villanos gordos.
En tiempos en que la palabra bizarro se convirtió en un adjetivo abusivo, en una clave insulsa y aplicable a casi todo, no acudir a la distancia irónica para referirse a un producto tan curioso (y entrañable) como “Titanes en el Ring” ya es un gesto de enorme originalidad. Roncoli decide enhebrar los miles de wwwimonios y anécdotas recogidos en veinte años de investigación como una hagiografía en la que Martín es un deportista invencible cuando trepaba al escenario, y un visionario generoso en la vida civil. Para completar el banquete, también sabe armarse de picardía para divertir a la barra. Más, no se puede pedir.
Así como era un experto en fingir penas y dolencias para impresionar a público y jurado (durante muchos años encarnó a un personaje pérfido y ventajero), lejos de la colchoneta su sensibilidad lo quebraba: “El dolor verdadero, profundo, le bloqueaba los lagrimales”. Con un lenguaje por momentos exuberante, rebuscado, como el de un relator cebado por una pelea apasionante (rol que alguna vez cumplió), Roncoli sube la apuesta emotiva y refleja aventuras desmesuradas. Tal cual sucedía en el ring. Por ejemplo: luego de un negocio fallido relacionado con la venta de un lote de relojes, Karadagián parte a Europa para recuperar las enormes pérdidas. Ya que en Europa lo conocen (en todas partes lo conocen, lo respetan, lo admiran), confía en que no le costará ganar dinero con rapidez. Hasta tal punto, que promete regresar no bien recaude ¡un millón y medio de dólares! Efectivamente, al cabo de unos revolcones, el gran Martín embolsa la fortuna y pega la vuelta.

La gesta benéfica. Un tramo de nobleza titánica son las páginas dedicadas a la famosa pelea con José Gatica. Cual personaje de Frank Capra, Karadagián se empecina en echarle una mano al boxeador caído en desgracia a causa de su compromiso con el peronismo. Desoyendo amenazas políticas y anticipándole dinero de su bolsillo (antes le había enviado vituallas a su propia casa, así era de atento), Martín luchó con el Mono en la Bombonera, en agosto de 1957. Un espectáculo que subrayó la decadencia del boxeador y resultó un pésimo negocio, pero que, en el libro, tiene el aire de una gesta benéfica.
En el revés del personaje público, del visionario irreductible y el crack del comercio, Martín es presentado como el líder de una especie de estudiantina, en la que sobresale Rodolfo Di Sarli, el histórico relator de los ciclos televisivos. Decenas de anécdotas transcurren en la oficina donde Karadagián, además de tramar negocios (algunos de ellos muy lejanos al catch), les gastaba bromas más o menos pesadas a sus visitantes o mantenía relaciones sexuales con monjas (sí, con mojas, parece que eran su debilidad) para solaz de sus socios, que se entregaban a las prácticas del voyeur.
Porque el ídolo de un niño varón no puede ser menos que un semental, un atleta insaciable que donde pone el ojo, pone el Cortito. Así, el catcher salta de una aventura a otra. Y sus humillantes infidelidades (engañaba a su esposa con las vecinas del edificio), se cuentan con la ligereza que reclaman las comedias de enredos. La voracidad sexual estaba en sus genes, reconocía el propio Martín, e invocaba semejanzas con su padre. Según Roncoli, tal obsesión también tenía origen en la desbocada imaginación que el campeón demostró ya en la infancia, cuando atendía un puesto familiar de venta de carne, en las calles de San Telmo. “Su vocación por la fantasía volvía traslúcidas las largas polleras de las vecinas; esmerilada por los rayos X de sus acalorados ojos la intimidad de aquellas amas de casa robustas era a su tacto un paraíso posible”. Lo que se dice un párrafo romántico.

La enciclopedia. Con todo, “El Gran Martín” compone una enciclopedia impar de una saga que atravesó varias generaciones cosechando fieles. Gracias a la pluma de Roncoli, aquel público incondicional se remontará a su inocencia perdida, y se encontrará con la información más completa jamás acopiada sobre cada una de las temporadas de Titanes en el Ring. Sobre los sucesivos luchadores que se pusieron en la piel de cada personaje. Sobre la génesis de las invenciones de Karadagián: el misterioso Caballero Rojo, la Momia y su colega Negra, Pepino, Tufic Memet, las marcas convertidas en ídolos infantiles como Yolanka, las peleas sobre barro, tomate o ¡sardinas! Los indios, los apuntes surrealistas como la Viudita y el Hombre de la Barra de Hielo, los árbitros tramposos como William Boo, nombre genial que alcanzó tanta o más trascendencia que los catchers. En fin, esa troupe variopinta que Karadagián, al modo de un Ed Wood con malla enteriza, comandó durante décadas. Un circo que encandilaba, que instalaba un mundo propio, más intenso, como las mejores ficciones. Con su jerga, que todos dominaban (la Doble Nelson era la cumbre de esos saberes técnicos), y un puñado de jingles como banda sonora de una época. Ese mundo no puede extrapolarse a los días que corren sin convertirse en la farsa de ogros anabolizados que se consume en otras latitudes. Quizás el único modo de narrarlo sin adulteraciones ni traición es investirse del candor de aquellos tiempos de tevé blanco y negro, y veladas de gala en el mismísimo Luna Park.