El 8 de abril de 1871, durante la epidemia de fiebre amarilla desatada en Buenos Aires, murió el doctor Francisco Javier Muñiz, víctima de esa enfermedad que se contagió mientras atendía a los enfermos. Tenía 76 años y, mientras la mayoría de las familias pudientes abandonaba la ciudad para escapar de la peste, él se ofreció como médico voluntario para ayudar a las víctimas.
Muñiz había nacido en Monte Grande, provincia de Buenos Aires, el 21 de diciembre de 1795. Estudió en el Instituto Médico Militar fundado por el doctor Cosme Argerich para formar cirujanos para el Ejército, y se graduó en 1822 cuando este instituto ya formaba parte de la Universidad de Buenos Aires.
Integró el regimiento de coraceros comandado por el general Juan Lavalle, fue médico cirujano principal durante el gobierno de Bernardino Rivadavia, y jefe del cuerpo de cirujanos en la guerra del Brasil, donde se destacó por su trabajo con los heridos en la batalla de Ituzaingó. Esta es su actuación más conocida, por eso uno de los principales hospitales de Buenos Aires lleva su nombre.
Sin embargo, además de atender pacientes, Muñiz fue uno de los propulsores de la incipiente ciencia argentina con sus descubrimientos médicos, exploraciones paleontológicas y descripciones de la flora y la fauna de los campos bonaerenses, que le valieron el título de primer naturalista argentino.
Durante 20 años, entre 1828 y 1848, se instaló en la Villa de Luján como médico administrador de la vacuna antivariólica. La viruela había llegado a estas tierras con los conquistadores españoles y causó estragos entre los pueblos originarios. Mientras la enfermedad provocaba el 29% de mortandad entre los europeos, alcanzaba al 80% entre los indígenas. La vacuna fue descubierta por Eduardo Jenner, en Inglaterra, quien detectó el “cow-pox” en los pezones de las vacas de Gluocester y fue introducida en el país por el presbítero Saturnino Segurola en 1805.
Durante el bloqueo anglo-francés, Buenos Aires quedó desprovista de la vacuna. Fue entonces cuando Muñiz se trasladó a la ciudad con una de sus hijas recién vacunada. Utilizó su linfa para inocular a varias personas y, de esta forma, se restableció el circuito de vacunación. Además, en 1840, había descubierto el “cow-pox” antivariólico en los pezones de una vaca argentina, y marcó un hito en la ciencia médica nacional que le valió el reconocimiento en el mundo.
Pero, además, durante su desempeño como médico en Chascomús, inauguró la investigación paleontológica en el país. En 1825 descubrió el tatú fósil o gran armadillo, el Dasypus Giganteus, adelantándose al hallazgo que posteriormente obtuvo Alcides D´Orbigny en el Uruguay.
Continuó con esta tarea en la Villa de Luján y logró reunir la primera y más rica colección de fósiles en suelo argentino. Descubrió los restos del tigre fósil, megaterios, mastodontes, orangutanes, gliptodontes, entre otras especies prehistóricas. Su tarea tuvo tal dimensión, que el mismo Charles Darwin le escribió desde Europa, el 26 de febrero de 1847: “No puedo adecuadamente expresar cuánto admiro el continuado celo de usted, colocado como está sin los medios de proseguir sus estudios científicos y sin que nadie simpatice con usted en sus progresos de la Historia Natural”. Es que Muñiz había iniciado su trabajo muchos años antes de la publicación del “Origen de las especies” que Darwin publicó después, incluyendo entre sus citas los hallazgos del argentino.
¿Cómo conocieron en Europa la labor de Muñiz? En junio de 1841, el médico le envió al gobernador Juan Manuel de Rosas, 11 cajones de restos fósiles explicándole que era el resultado de largos años de excavaciones en Luján. Rosas entregó parte de ellos al almirante Dupotet, y de esa manera llegaron a París y Londres donde fueron estudiados.
Fue entonces cuando su prestigio se extendió por el mundo. Fue designado Miembro Honorario de la Real Sociedad Jenneriana de Londres; Socio Corresponsal de la Academia de Medicina y Cirugía de Zaragoza; Miembro de la Academia de Barcelona y del Instituto Histórico y Geográfico del Brasil.
En 1848 se radicó en la ciudad de Buenos Aires, donde se destacó como médico cirujano, tocólogo y pediatra y fue designado al frente de la cátedra Obstetricia de la facultad de Medicina, cargo que había detentado en 1827 pero que no pudo ejercer porque fue suspendida luego de la caída de Rivadavia.
La muerte lo sorprendió en plena tarea, mientras la fiebre amarilla afectaba al 10 por ciento de la población de Buenos Aires. El paleontólogo George Gaylord escribió que Muñiz había muerto como había vivido, “en peligro y valerosamente”.