Entrar al taller del taxidermista Eduardo Padovani es como ingresar a una dimensión desconocida: un galpón enorme en donde las paredes están tapizadas por cabezas de animales con los ojos bien abiertos, aunque ya no respiren. Como en la curva del tren fantasma, uno puede girar y toparse con un tigre con los dientes más afilados que una navaja nueva. La mayoría de las cabezas -o mejor dicho, trofeos- pertenecen a clientes de Padovani (hay una pequeña parte de su propiedad para exhibir en exposiciones) cazadores del mundo en busca de cosechar la mayor cantidad de especies posibles. “La caza se renueva a cada instante, porque siempre aparece una especie exótica o nueva que el cazador desea tener. Acá, en la Argentina, se arman clubes de cacería. Se llevan a un coto un grupo grande. A mí me llegan las pieles curtidas, listas para la taxidermia ”, dice Padovani, quien no caza y señala a la pesca como preferencia. Un antílope negro, una especie que ya habita la Argentina, espera ser embalado para despachar al exterior. “Hay especies que hace cincuenta años que están en nuestro país. No son autóctonas, son exóticas y por eso despiertan tanto interés”, añade sobre la mayoría de las especies que aferran su piel a un molde que simula la contextura física de la bestia. 

Cementerio Club. En la Argentina los cotos de caza se expanden. En nuestro territorio existen más de quince especies consideradas de caza mayor. Algunas de ellas son el ciervo colorado, jabalí europeo, antílope de la India y el ciervo axis, entre otros. “Hay en San Luis, en Santiago del Estero, en Córdoba y en Santa Fe. Ahora en San Luis está prohibida. Todos los Parques Nacionales son cotos”, dice Padovani, quien hace casi una década que dedica su vida a embalsamar animales. La taxidermia es una profesión que no tiene muchos representantes ni en el país ni en el mundo. Varias cajas en el piso llevan estampados los nombres de los dueños de las piezas. Anónimos como sus trofeos, se lee sobre madera fresca nombres como Erik o Patrick. “Hay muchos taxidermistas que son aficionados, yo comencé de manera autodidacta, empecé haciendo lío en el fondo de mi casa. Hablando en serio: hice muchos cursos, como de platería o curtido de cueros. Trabajé con fibra de vidrio y caucho y practico aerografía. No es que un día abrí la puerta y me encontré con todo esto”, estira la mano como buscando la aprobación en ese museo animal. “El primer animal que vi hecho taxidermia fue un yacaré en la casa de un primo, yo tenía cinco años. Quedé muy impresionado y empecé a hacer taxidermia con algunos peces.”
La tarea del taxidermista no es sangrienta como cualquiera puede imaginar. A Padovani le llegan sólo los cueros curtidos por un tratamiento que realizan en el coto de caza, en donde se hace el cuereado y el desposte. “Me llegan los cueros salados y secos. Luego los hidrato, no es un curtido, es un preparado del cuero para preservarlo y luego montarlo en un molde de plástico.” El cuero, luego de ponerle el preparado, se rebaja. “De esa manera queda más finito y se puede montar sin problemas sobre el molde.” Los moldes vienen con medidas preestablecidas por el tamaño de las especies, del ciervo axis, por ejemplo, hay más de veinte medidas diferentes, “excepto los pura sangre, que cuando llegan a adultos, conservan una, dos o tres medidas, con muy poca diferencia entre cada una”, aclara Padovani. Sobre una gran mesa central en el galpón de Padovani se mezclan moldes, maniquíes y ojos de vidrios, material importado desde Estados Unidos: acá no se produce nada de esto. “Las moldes de los animales tienen sus distintas posiciones. Un puma tiene los orificios del hocico tapado con papeles blancos, lo que hace pensar en una hemorragia impensada. “Las piezas que tienen papeles en la nariz están sin terminar”, tranquiliza. Un gato de lo más común se recuesta sobre una mesa ratona, (Aclaración: ratona porque es petisa y no porque sea otra pieza de este bestiario): también está embalsamado. “No es mío, la de este gato es una historia larguísima”, dice sin soltar mucha prensa quien no parece haber visto alguna vez “Las Aventuras de Chatrán”.

Los dias del cazador. Los cazadores se jactan de exhibir sus trofeos en sus hogares. Algunos dedican grandes espacios en su casa. “No los exhiben en un taller como éste. Algunos diseñan espacios especiales: enormes livings con madera pulida, cómodos sillones, un hogar a leña cerca”, da detalles Padovani del nuevo espectro que cobija a las bestias luego de ser embalsamadas. Guarda una relación estrecha con sus clientes extranjeros, a algunos de ellos les hizo más de cincuenta trabajos. “Cazan por todo el mundo, Argentina es uno de los lugares predilectos de mis clientes, aunque lo que más se busca es Africa. Es el lugar top para la caza.” El costo del trabajo varía según la forma de la taxidermia: si es de cuerpo entero es más costoso que hacer un “shoulder mont” (montaje del hombros), la típica pose del animal colgado en la pared con sus cornamentas desplegadas. “Los cuernos son un fetiche para los cazadores. Todo animal que tenga cornamenta, es más valioso que aquel que no las tiene.” Sobre la pared sorprende el molde con bien semblante de una jirafa. El animal, aunque es uno de los grandes, no ocupa la lista de los denominados “cinco grandes” (Ver recuadro), tal como se denomina al ránking de las bestias más codiciadas por los cazadores.
“Estamos acostumbrados a verlas dóciles en el zoológico, mientras el público le da de comer en la boca. Se puede cazar casi todo, pero no siempre. Con la jirafa pasa lo mismo que acá con el crecimiento demográfico, se achican cada vez más los espacios de tierra. En donde entraban tres mil jirafas, ahora entran dos mil. Cuando una especie está desapareciendo, el Safari Club Internacional, que reúne a más de tres millones de socios en todo el mundo, suspende el permiso, que, por ejemplo, en el caso de los rinocerontes, se vende a u$s 100.000. Se detiene la caza para volverla a retomar cuando la especie se recupere. Mientras, el dinero se emplea para que haya más guardafaunas y no aparezcan los cazadores furtivos”, concluye.