-El Conde de Lautréamont, cultor del surrealismo, decía que la copia es imprescindible. Aquello, en 1850, parecía un disparate, ¿usted qué cree?
-¡Yo también pienso que la copia es imprescindible! Hay un problema entre el lector antiguo, fiel al contacto táctil y sensorial con el papel, y el contemporáneo, que tendrá que hacer sus cálculos respecto de que hay originales, que quizás yacerán para siempre en los depósitos de algunos privilegiados. Lautréamont convivió mucho tiempo con Walter Benjamin, que en el siglo XX asombró con la idea de cierto privilegio del original como lugar sagrado y la copia como algo necesario, pero también degradado. Ahora, quizá haya que pensar que la copia es sagrada.
-¿Qué magnitud le adjudica a la digitalización de las bibliotecas?
-La digitalización es una posibilidad concreta de una enorme transferencia civilizatoria. Entonces, le cabe a la civilización pasar a las bibliotecas que actúan en red, poniendo su patrimonio a disposición pública a través de las tecnologías que están actuando en todas las esferas de la actividad, pero que, en el caso de las bibliotecas, las han revolucionado. En las bibliotecas aparecen los sectores que están vinculados a la introducción, prácticamente sin transición, de las nuevas tecnologías y los sectores más vinculados al modo en que operaban antes las bibliotecas. Como ésta, que se fundó hace doscientos años.
-¿Entonces para qué sirve una biblioteca en la era digital?
-Es una buena pregunta en el sentido de que siempre una institución debe cuestionarse su finalidad. Esta es una biblioteca que, como todas las bibliotecas nacionales, nace en los años en que aparece con más fuerza el concepto de nación: el siglo XIX. Por entonces, se estaba más sometido a lógicas universales de otro tipo. La digitalización aparece como el horizonte de trabajo de todas las bibliotecas y aquí también hay que tener en cuenta, con distintas resoluciones, toda la envergadura fetichista que el tema tiene. Para qué sirven es la pregunta que tienen que hacerse hoy todas las bibliotecas, pregunta que era fácil de responder hasta los años 60, antes de que se introdujeran las nuevas tecnologías.
-¿Qué está pasando ahora?
-Se presenta la posibilidad de poner la biblioteca a la altura de los tiempos, es decir, digitalizarlas. Ni es fácil de hacer, ni deja de ser un problema conceptual; tampoco deja de tener que ver con un gran patrimonio clásico, ni con la necesidad de conservar el perfil humanístico de las instituciones. La desmaterialización de las bibliotecas permitirá responder en el futuro para qué sirven y al mismo tiempo -si se respeta la historia misma de la copia de libros, que siempre formó bibliotecas o archivos-, saber si seguirán existiendo.
-Es una hipótesis fuerte.
-Lo sé. De todas maneras, cualquier institución de la cultura estará sometida a esos mismos interrogantes, que tienen que ver con las formas de consulta e investigación de la escritura. Para terminar de responderlo: digitalizar las bibliotecas es un desafío enorme. Hay algunas muy avanzadas y convencidas, como todas las europeas, de que todo el material debe ser masivamente transferido. Por ejemplo: la Biblioteca de Francia tiene un proyecto de ese tipo, que exige una inversión que no se puede ni soñar en Argentina. Sin embargo, la crisis europea hizo que se parara un poco. Pero Francia hizo un acuerdo con Google. Francia: un país con autonomía cultural y celoso en la gestión de su propia cultura, ha iniciado un acuerdo con Google. Esa es una de las claves de la coagulación tecnológica, tal como la vemos hoy.
-¿Qué es la coagulación tecnológica?
-Google interviene en las copias electrónicas y en la venta del libro electrónico. Todo está relacionado y al mismo tiempo termina la gran discusión que atraviesa a todos los países: ¿Qué perfil tendrá el derecho de autor en la nueva era digital? Igual creo que el panorama no cambia la discusión en las bibliotecas.              
-Recién hablaba de que las bibliotecas se formaron en el momento en que pesaba el concepto de ciudadanía, ¿se puede describir una nación de lectores?
-Sería la república del lector, una república transversal que recorre todo el mundo. No podría ser nunca una monarquía, porque aunque todos los lectores no se conocen entre sí, es un mundo igualitario y democrático de intercambio invisible y silencioso. Eso se ve en internet: tarde o temprano el lector intercambia con otro. Es más fácil y vertiginoso. La biblioteca es una institución pesada, no lo digo en términos peyorativos, es una institución de los viejos estados nacionales, muy estructurada. El modo de catalogar en serie me recuerda a Chaplin en “Tiempos Modernos”. Ademas se cataloga de manera tercerizada.
-Los países europeos ya digitalizan en Asia.
-Sí, es mucho más barata la mano de obra. Como se ve, las bibliotecas están en el centro de una tormenta cultural y tecnológica, que implica también la modificación de estilos de trabajos; nuevas utopías desde el punto de vista del acervo cultural de la humanidad. Si éste se puede conservar; si la lógica o la dialéctica entre conservación y desaparición, conservación y deterioro o conservación y ruina seguirá rigiendo o si la misma humanidad pasará a la gran utopía de conservación total. Por supuesto, no sólo nadie desprecia esto último, sino que cada vez se valoriza más. Las bibliotecas se cubrirán de lingotes de papel, ya no de oro, y se guardarán con el mismo celo con el hoy se guarda ese metal precioso y sólo las copias circularán por el mundo.