Hacía 26 años que el general José de San Martín había abandonado sus sueños de pasar una vejez tranquila, dedicado a la agricultura en su chacra de Mendoza, cuando el 17 de agosto de 1850 lo encontró la muerte en Boulogne Sur Mer, Francia. Tenía 72 años, y ese supuesto exilio voluntario que relata la historia escolar, contrasta con su posterior condición de prócer máximo de nuestra historia nacional.
San Martín actuó nada más que 12 años en la Argentina. Desde pequeño se había ido a España, junto a su familia, donde recibió formación militar, y regresó a Buenos Aires en 1812, con el grado de Teniente Coronel del Ejército español. Las autoridades argentinas le reconocieron su grado militar y le pidieron que formara el Regimiento de Granaderos a Caballo. El lo hizo, condujo la guerra contra los españoles, liberó a tres países: Argentina, Chile y Perú, y luego pretendió retirarse a vivir en paz. Pero no lo dejaron, y en 1824 partió hacia Europa.
Tres años después de ese viaje, él mismo cuenta la razón por la que se alejó del país, en una carta escrita desde Bruselas al general Bernardo de O´Higgins, con quien había compartido la gesta de liberar a Chile.     “Confinado en mi hacienda en Mendoza, y sin más relaciones que con algunos vecinos que venían a visitarme, nada de esto bastó para tranquilizar a la desconfiada administración de Buenos Aires: ella me cercó de espías, mi correspondencia era abierta con grosería, los papeles ministeriales hablaban de un plan para formar un gobierno militar bajo la dirección de un soldado afortunado, etc. etc. etc. En fin, yo vi claramente que era imposible vivir tranquilo en mi Patria hasta que la exaltación de las pasiones no se calmase, y esta incertidumbre fue la que me decidió pasar a Europa”.
El enfrentamiento con Bernardino Rivadavia, entonces ministro de Gobierno de la provincia de Buenos Aires, no tardó en trasladarse a la prensa. Por eso, respecto al periódico “El Centinela”, señala: “Sus carnívoras falanges se destacan y bloquean mi pacífico retiro. Entonces fue que se me manifestó una verdad que no había previsto. Esa verdad es que yo había figurado demasiado en la revolución para que me dejasen vivir con tranquilidad”.
No era la primera vez que era víctima de una campaña sucia. Siendo gobernador de Mendoza, y mientras preparaba la expedición libertadora hacia Chile, el diario “El Censor” publicó una nota en la que informaba que el Cabildo mendocino había solicitado al director supremo, Juan Martín de Pueyrredón, que lo ascendiera al rango de Brigadier General.
San Martín advirtió en este pedido una maniobra de algunos de sus enemigo,  y se vio obligado a enviar una carta a ese mismo diario para aclarar que no era ésta “la primera oficiosidad de estos señores capitulares, puesto que en julio pasado habían solicitado que el Congreso lo nombrase general en Jefe del Ejército de los Andes.  Ambas gestiones –continúa San Martín- no solo han sido sin mi consentimiento, sino que me han mortificado sumamente. Estamos en revolución, y a la distancia puede creerse o hacerlo parecer genios que no faltan, que son acaso sugestiones mías. Por lo tanto, ruego a Ud. se sirva poner en su periódico esta exposición, con el agregado siguiente: Prowwwo a nombre de la independencia de mi patria no admitir jamás mayor graduación que la que tengo, ni obtener empleo público y el militar que poseo renunciarlo en el momento en que los americanos no tengan enemigos”.
 
Aún viviendo del otro lado del Océano no lo dejaron en paz. Por eso en 1827 le confiesa a O´Higgins:  “Yo había calculado que el desarrollo de las pasiones se experimentaría al concluirse la guerra de la emancipación: eso iba a suceder vistos los elementos que componen la masa de nuestra población en atraso, huérfanos de leyes fundamentales, a los que hay que agregar los enconos individuales y locales”.
Y por último sentencia: “Estos males se hubieran remediado, si los hombres que han podido influir se hubieran convencido de que para defender la causa de la independencia no se necesita otra cosa que un orgullo nacional, que lo tienen hasta los más estúpidos salvajes. Pero para defender la libertad y sus derechos se necesitan ciudadanos, no de café, sino de instrucción, de elevación de alma y por consiguiente, capaces de sentir el valor de los bienes que proporciona un gobierno representativo. Porque el mejor gobierno no es el más liberal en sus declaraciones sino aquel que hace la felicidad de los que le obedecen”.
Debieron transcurrir 27 años de su muerte para que se formara una Comisión Pro Repatriación de los restos de San Martín, y otros tres más hasta que en 1880 pudieron descansar en la Catedral de Buenos Aires.