El pasado 8 de febrero, la compañía de agroquímicos y semillas con sede en Suiza, Syngenta, presentó los números correspondientes al año 2011. Esta firma global facturó 13.268 millones de dólares, que significó un crecimiento de 14% respecto del ejercicio precedente.
Se trata de una de las compañías líderes en tecnología para el agro, junto con otras también de presencia global como Monsanto, DuPont o Dow, que manejan portfolios similares en cuanto a que operan tanto en semillas como en fitosanitarios y biotecnología.
Lo primero que tiene de interés la información de esta empresa, cuyas acciones cotizan en las bolsas de Zurich y de Nueva York, es su evolución en el tiempo. Fruto de la fusión de las unidades agro de Novartis y Zeneca en noviembre de 2000, en el ejercicio 2002, la compañía facturó u$s6.197 millones. Es decir, que sus ventas se duplicaron en el término de diez años, o lo que es lo mismo se expandieron a un ritmo de 10% promedio anual en ese lapso, crecimiento que podría calificarse como de “a tasas chinas”.
El segundo aspecto de interés es la evolución de Sudamérica  como mercado para esta empresa. En 2002, la región se ubicaba en cuarto término como mercado, con una participación de 11% en la facturación, detrás de Europa (que incluye África y Oriente Medio), América del Norte y Asia Pacífico.
En el ejercicio 2011, América Latina se posicionó en segundo lugar, desplazando al poderoso mercado de América del Norte y logrando una participación del 25% en la facturación.
El informe a los accionistas destaca la performance de la región en el crecimiento de los números de la compañía. Si bien el promedio interanual fue de 14%, nuestra región mostró una suba de 20%, compensando regiones que crecieron al 11% como América del Norte y Asia Pacífico o la misma Europa que creció al 16%.
Pero en algunos segmentos, el crecimiento regional fue impresionante, como en semillas (básicamente maíz y soja) donde la expansión fue del 34% contra el 7% de América del Norte o el 14% de Europa.
Pero el objeto de esta nota no es destacar la performance financiera de la empresa, sino utilizar estos números para mostrar la potencia mundial del agronegocio sudamericano.
Salvando los imponderables climáticos, la Argentina manifiesta –por medio del Plan Estratégico Agroalimentario- que podría expandir sus cosechas 60% para 2020 y volcarle al sistema global 60 millones más de toneladas de cereales y oleaginosas. Más conservador pero igualmente notable, Brasil espera incrementar su oferta en no menos de 30% para esa fecha.
Decididamente no hay muchas regiones en el mundo capaces de manejar estas expectativas y nosotros estamos en una de ellas.
Muy recientemente también llegó a la Argentina, proveniente de Brasil, una misión conjunta del US Grain Council (USGC) y la National Corn Grower Association (NCGA). Encabezados por sus respectivos presidentes, estos farmers estadounidenses llegaron a la región para formarse una idea propia de la marcha del agronegocio en estas latitudes. Lo relevante es que el USGC es un organismo privado dedicado a la promoción de los granos estadounidenses en el exterior, es decir que opera como competidor de la región. De hecho esto es lo que ocurrió en Colombia, donde EE.UU. perdió el dominio del mercado a manos de la Argentina en los últimos años.
Pero el interés por conocer la proyección del Mercosur pudo más y los directivos del USGC y la NCGA mostraron interés en la producción de maíz, donde los anfitriones locales le transmitieron que la expectativa es llegar a 8 millones de hectáreas sembradas, volumen compatible con una cosecha en torno de las 50 millones de toneladas.
Los visitantes (para muchos de ellos era la primera vez que venían a Brasil y la Argentina) pudieron darse una impresión de los pros y contras que tiene la agricultura en la región, y más allá del comentario crítico que hayan podido hacer de vuelta a sus pagos, es innegable que apreciaron el potencial de crecimiento que tiene la agricultura de nuestros países.
Ahora bien, el tema crucial acá es si la perspectiva regional es seguir siendo proveedores de granos o productos de primera transformación (aceites y harinas proteicas), o avanzar en la industrialización rural y exportar carne de pollo o cerdo, productos de la acuicultura o de las industrias molinera del trigo o el maíz. Y acá se juega otro partido, porque el mundo quiere sacar provecho de la competitividad de los agricultores del Mercosur, pero quiere darle trabajo a su gente empleándolos en la transformación de los granos latinoamericanos.
La disputa que se viene es geopolíticamente estratégica. Enfrente no sólo están los países desarrollados, sino también las economías emergentes, como China, que importa todos los años el equivalente a la mejor cosecha de soja de la Argentina, pero ni un kilo de pellets o aceite.
Crear empleo para los argentinos y acrecentar la generación de divisas son dos cuestiones vitales para este o cualquier gobierno, y en ello la industrialización de las materias primas agropecuarias son un aliado estratégico.
Nos encontramos en una de las pocas regiones del mundo con posibilidades de sostener la creciente demanda agroalimentaria, pero la recompensa por este esfuerzo no tiene que ser la venta de mayores volúmenes de commodities, sino la exportación de productos de su transformación con trabajo argentino.