Hasta bien entrada la década de 1940, las vacaciones eran casi privativas de los adinerados. La clase que ocupaba el extremo superior de la pirámide social había tomado la costumbre de disfrutar de la belleza de las ciudades de Europa: la costa occidental francesa, París, Londres… Con la llegada de la Primera Guerra Mundial se acabó este privilegio. Durante casi un lustro se volcaron a Mar del Plata, Mendoza, Sierra de la Ventana, Córdoba, Empedrado, Rosario de la Frontera, donde estaban los hoteles de lujo. Esto le dio un importante impulso al turismo nacional. Por eso no extraña que en 1921, apenas pasada la conflagración bélica, apareciera un nuevo centro turístico en la riquísima llanura agropecuaria de la provincia de Buenos Aires: Epecuén.
Este espejo de agua era desconocido para la población “blanca” de la Argentina hasta que en 1876 el teniente coronel Nicolás Levalle estableció en sus orillas la comandancia de las fuerzas de la División Sud en la campaña militar para levantar poblaciones en territorios ocupados por los nativos.
El fuerte Comandancia Belgrano o Carhué se consolidó y, en unos meses, comenzó la erección del pueblo bautizado Adolfo Alsina, en honor al ministro de Guerra, que casi un año más tarde moriría en las cercanías debido a una intoxicación.
La laguna conservó el nombre mapuche “Epecuén”, que significa “casi asado” y no tiene una explicación razonable de su existencia. Varios estudiosos, al principio, prefirieron vincularlo con una expresión más lógica, pero no por ello cierta: “Casi en el límite”. La laguna o lago de Epecuén es parte de las Encadenadas del Oeste y está sujeta a los cambios hidrológicos de este tipo de cuenca endorreica, es decir, sin salida al mar. Son lagunas en permanente bajante por la evaporación, salvo que al ser humano se le ocurra hacer modificaciones topográficas que pueden culminar en desastres, como ya veremos.
Su ubicación estratégica entre Buenos Aires y Bahía Blanca, con feraces campos en derredor y una previsible explotación salina, hizo que tres ferrocarriles tendieran sus vías por la zona. El primero en llegar fue el poderoso Ferrocarril del Sud, en 1899, seguido por el Oeste, en 1903, y el más modesto Midland, en 1911, hace exactamente un siglo.
En 1886, el ingeniero químico italiano Roberto Boussa realiza el primer análisis del agua del lago y queda maravillado por sus propiedades. Si bien por entonces no se avanza en el tema comercial, en 1908 se entrega la primera concesión a la empresa Minas Epecuén por 99 años. Las aguas tienen diez veces más sal que el mar y más de veinte veces más de sulfato de sodio.

RECREACION. Tan extraña laguna en medio de la pampa húmeda ameritaba ser centro turístico. Las propiedades curativas de sus aguas, de ayuda contra el reuma, la artrosis y dolencias dérmicas, fueron aprovechadas primero por los lugareños y luego por los habitantes de localidades vecinas.
A principios del siglo pasado, los aventureros se alojaban en los hoteles de Carhué (aquel pueblo que inició Levalle), de donde eran trasladados con autos hasta las orillas de la laguna, que no contaba con ningún servicio. En sentido opuesto, por ejemplo, el Gran Hotel Epecuén, de Carhué, llevaba agua del lago en tambores y la calentaban para luego derramarla en bañaderas.
La fama se extendió a la cercana y cada vez más próspera Bahía Blanca y, por supuesto, a Buenos Aires. Encima, desde 1909, el Ministerio de Obras Públicas avalaba la calidad del líquido elemento, gracias a sesudos análisis químicos, y desde 1911 tres líneas de ferrocarriles unían la  creciente plaza turística con la capital argentina.
En la década de 1910, gran cantidad de lluvias hacen que la laguna se desborde, la sal concentrada se diluya y se transforme en una especie de “mar”, con lo que la palabra significa para los argentinos que podían tomarse vacaciones, muchos de los cuales reorganizaban ese aspecto de su vida al terminarse la Guerra Mundial que les había privado de sus clásicas visitas a Europa entre 1914 y 1918. Por esta causa, el primer emprendimiento se llama Mar de Epecuén y se inaugura hace noventa años, el 23 de enero de 1921.
El doctor Arturo Vatteone había nacido en San Nicolás y estudiado leyes en Buenos Aires. Militante del partido Autonomista Nacional, fue diputado y senador de la provincia de Buenos Aires. Como intendente del partido de Florencio Varela y Magdalena conoció a los profesionales del Instituto Biológico Argentino que funcionaba en esta zona ubicada entre Buenos Aires y La Plata. Algunos científicos de esta organización analizaron la calidad de las aguas a pedido del Ministerio de Obras Públicas y se asociaron para formar la antedicha compañía explotadora de sulfato de sodio. Vatteone se interesó por el tema, compró tierras y armó la sociedad Mar de Epecuén, que emplazó las instalaciones iniciales en la ribera nordeste de la laguna, cerca de los campos de la compañía Minas Epecuén. El lugar no fue elegido al azar: el nicoleño consultó a los nativos dónde se encontraban las mejores tierras, que no cedieran por su blandura y que no sufrieran el alejamiento del agua los años de sequía, y allí construyó el complejo con duchas para sacarse la sal del cuerpo y unos refugios para protegerse del sol. Pronto también comenzó a extraer sal.

LOS QUE SIGUIERON. En 1922 se realizó el primer loteo, que dio comienzo al pueblo de Mar de Epecuén (luego llamado Epecuén a secas). Así también se erigen los primeros hoteles, como el Radium, el Plagge y Las Delicias. Este último, inaugurado en 1922, era propiedad de la sociedad Lacabe-Latrónico. Obra de Domingo Oresti (constructor también del Plagge), a partir de 1930, con la bajante de la cota, contó con un muelle de más de 250 metros, con escaleras y asientos. Posteriormente tuvo piscina con agua del lago, baños termales y un solario para baños de barro y sal. Luego de pasar por varias manos fue demolido en 1984 ante el avance de las aguas del lago, cuando pertenecía a una sociedad israelita. Fue el primer hotel en contar con un libro de visitas, desde 1929. 
En 1923, la compañía Minas Epecuén comienza también la explotación turística construyendo un balneario con complejo hidrotermal, pileta de natación de agua dulce, cancha de tenis y hasta una usina que dio energía al pueblo. 
Vatteone donó parte de sus tierras para que pasase un ramal del ferrocarril que se dirigía a Rivera. La estación, que se alza en el sur de la laguna, toma el nombre de El Centinela, que pertenecía al fortín-museo creado por el progresista abogado. A partir de 1931 se la conocerá como Arturo Vatteone, que había fallecido dos años antes.
A los dos complejos pioneros se les sumó en 1923 Balneario y Termas de Carhué, emprendimiento que estaba en una isla que fue unida por un terraplén construido en parte por el Ferrocarril del Sud. Se caracterizaba por sus más de cien casillas para los bañistas.
Poco después se abrió el balneario Bristol, perteneciente al hotel carhuense del mismo nombre. Sus espigones fueron desafectados en 1925 por el alejamiento del agua que se evaporaba raudamente. En 1924 nació Balneario y Termas de Epecuén, sociedad anónima con participación de importantes personajes locales, que llegó a tener 130 casillas para baños, confitería y bar. Por entonces, se iniciaron también varias villas o caseríos como Pueblo de Epecuén, en la costa oeste, y donde se levantó el hotel Gorostegui, que tenía termas propias, o Villa Sauri, originalmente un grupo de casas dedicadas a albergar obreros de una empresa minera, que se ampliaron con alojamientos y servicios para turistas e incluso el hotel Villa Clarita.
En las cercanías del complejo Minas de Epecuén, Tomás Terán mandó construir el hotel Royal, el de mayor calidad de la zona. Fue inaugurado en 1925 y siete años más tarde pasó a manos de Antonio Sívori, que le agregó el que luego fue un renombrado salón de baile y reuniones. Ante la marcada bajante de la laguna levantó un espigón de una cuadra rematado en una herradura donde había confitería, vestuarios y duchas. Fue lo más paquete de la incipiente población. Se lo conoció como el espigón del Minas, ya que le había arrendado las instalaciones a la sociedad Minas Epecuén.
Sívori confió la administración del hotel en 1933 a Genaro Airabella, que en la década de 1940 comenzó a comprarlo en cuotas mientras arrendaba el Radium para los clientes con menor poder adquisitivo. Con gran parte paga, en 1948 le fue expropiado el inmueble, pues el Ministerio de Salud Pública de la Nación lo eligió como sitio para levantar un hospital hidrotermal. Debió venderlo a un precio menor al real y seguir pagando las deudas, según contó Elsa, la hija de Genaro, a la revista local “Sin olvido” (excelente publicación, de donde sacamos muchos de estos datos, a cargo del investigador local Gastón Partarrieu, director del Museo Regional Adolfo Alsina de Carhué), alquiló el hotel El Pampa para seguir trabajando con la buena clientela lograda y, más tarde, el hotel de Sotelo, pero ambos eran pequeños al lado del precioso y desaparecido Royal.
En 1948 se inauguró el hospital hidrotermal con casi doscientas camas y la intención de servir a la gente de menores recursos y, de paso, experimentar con el tratamiento de las enfermedades. Oscar Strazzolini fue su primer director hasta 1953, en que lo siguió Manuel Reyes. Solo existía otro similar en su género en Termas de Río Hondo. Lamentablemente, como tantas otras gestiones del gobierno peronista, cayó con la llamada Revolución Libertadora. En 1956 se cerraron las puertas y en 1957 fue reabierto como asilo de ancianos. La inundación de 1985 acabó definitivamente con él.

EL FINAL. Epecuén siempre estuvo a merced del agua. Con las lluvias copiosas de la década de 1910 se entregó al turismo. Pero luego, durante muchísimos años, los promedios descendieron drásticamente y eso tornó complicada la visita regular de la gente. Se extendieron espigones, se usaron vías Decauville para arrimar a los turistas o, cuando se agotaron las instancias, se “manejó” el agua por medio de zanjas. No obstante, Epecuén siempre concitó la atención, especialmente de los mayores en búsqueda de sus aguas curativas. Así llegó a contar con unas cinco mil plazas hoteleras y a recibir más de 25 mil turistas por temporada.
La década de 1970 fue bendecida por una mayor cantidad de lluvias, pero los 1.256 milímetros de 1985, sumados a una serie de problemas estructurales (se habían realizado obras en el sistema de paso de agua artificial entre las Encadenadas, como el canal Ameghino) y de saturación de la cubeta, terminaron con los balnearios y el pueblo. En noviembre se rompió el muro de más de 3,50 metros de altura que defendía a Epecuén y el agua copó la parada. Ocho años más tarde ciertos sectores del pueblo yacían a más de diez metros de profundidad. Hoy día parece increíble que las toneladas de ruinas y árboles blanqueados por la sal hayan pertenecido a uno de los pueblos, de unos 2.000 habitantes en el final de sus días, más conocidos y apreciados por la clase media argentina. El agua lo hizo próspero. El agua se lo llevó.