Por Leandro Vesco

La fe y la poesía pueden describir esta postal. Aquí las palabras han hallado su límite. López Lecube es un lugar único, la belleza de su solitaria iglesia en medio de un océano de pampa es indescriptible. Alta, misteriosa e irreal, este monumento religioso que nació por una promesa es un ícono para toda una región excedida de espacio. Hay que venir hasta aquí para conocer el lenguaje callado, pero clamoroso de la soledad. Estamos en el Finisterre bonaerense, donde aún muy pocos son los que se animan a mirar de frente a este horizonte indomable.

Vamos a dar una primicia, la historia de la Iglesia y el posterior pueblo de López Lecube, bien podrían ser el guión de una película. Vamos a situarnos en el año 1880, estamos al sur del Partido de Puan. Si hoy es un lugar solitario, hace más de un siglo atrás, era una Tierra Incógnita. Ramón López Lecube era un estanciero que había elegido este territorio para asentarse, entonces el concepto de límite no existía, el indio y el hombre blanco lo disminuían o agrandaban a voluntad de lucha. Una mañana don Ramón estaba recorriendo sus tierras cuando su criado, un inglés llamado Edgardo Graham ve una polvareda en el horizonte. “Es un malón, don Ramón!”, le advierte a su patrón. Sin tener mucho tiempo para reaccionar, deciden esconderse en unas vizcacheras y cubrirse de tierra. Los caballos las eluden por temor a caerse y al rato nomás, el tropel de indios pasó. Ramón salió de su escondite y en el lugar donde había estado su criado, halló un camino de sangre: no estaba. Así fue que, según cuenta la mitología rural, levantó la mirada al cielo y prometió que si salía vivo de este entuerto levantaría una iglesia en honor a Nuestra Señora del Cármen, de la que era devoto. Fue así que pasó. El lugar en donde hoy está la Iglesia de López Lecube fue donde se escondió aquella vez.

“Muchos me preguntan ¿por qué hacer una iglesia en medio de la nada?, porque acá pasó la historia”, se responde con sinceridad Raul Ángel Gabella. Nacido en Pelicurá, pero casado con Maria Eva Larralde, que sí vió la luz por primera vez en Lopez Lecube. Ambos recuerdan y dan vida a esta soledad que emana de un caserío establecido en la pradera. “La iglesia se inauguró en 1913, pero se comenzó en el 900. López Lecube donó tierras para que pasara el tren y la estación se hizo en 1906. Gran parte de los materiales se trajeron desde el puerto de Ingeniero White, en carreta” La construcción de la iglesia atrajo a los colonos, a cada familia se le daba un pedazo de tierra. Entonces estaba todo por hacerse y se hizo. Las casas, tímidamente, rodearon la iglesia. Cuando estuvo hecha, Lopez Lecube trajo docentes y utilizó una de las galerías del templo para fundar la primera escuela del pueblo.

“Había panadería, comercios, mucha gente trabajaba en el ferrocarril, y en el campo. Se necesitaba mucha mano de obra, la escuela tenía que dar clases de mañana y tarde por la cantidad de alumnos. Acá en el pueblo teníamos todo, no hacía falta salir”, recuerda Eva. Este maravilloso lugar bendecido por una paz que se huele en el aire, cayó en el olvido como tantos otros en el mapa, pero nunca dejó de irradiar un halo de mística rural. Pasa algo en López Lecube que sólo la fe, la poesía y seguramente la pintura podrían explicarlo. Llegar por la ruta 76, en este tramo de ripio, y de repente ver la iglesia con las sierras a lo lejos y un camino rural que oficia como meridiano, impacta.

Hoy el pueblo tiene una veintena de habitantes. No es un pueblo fantasma. Son pocos, pero los mejores lo que viven aquí, como Andrea Ferreyra, quien estudio enfermería con una condición: poder ejercerla aquí. Ella misma desmalezó la sala sanitaria que hoy tiene una bandera argentina que flamea orgullosa. “Me costó tanto echar a las víboras y a las arañas, pero lo logré. Este es mi lugar en el mundo. Yo siento que la iglesia me protege y no tengo miedo nunca” Ella además de curar los males, les hace los mandados a los habitantes del pueblo.  Va a Felipe Sola o a Pelicurá, trae y lleva, busca y soluciona. Ha roto autos en el camino, pero la fuerza de esta mujer es grande como el Cerro Tres Picos que se ve a lo lejos. “Como el pueblo no tenía una plaza, le hice una” Así como suena, así  fue. En la esquina de la iglesia, está la plaza que hizo Andrea.

Susana Schwerdt fue la que impulsó la cabalgata multitudinaria hasta el templo que se hace todos los años, ella es asesora de Turismo Rural de los grupos de Cambio Rural de INTA, es una persona de hacer y desde hace más de una década incluye a la Iglesia en los recorridos de aquellos que vienen en busca de paz y tranquilidad, que aquí las encuentran. Sino fuera por ella y este puñado de seres angelados, el pueblo y la capilla se vendrían abajo. Necesitan muchas cosas, la lista es interminable. Aquellos que deberían estar presentes aquí, como suele suceder, eligen estar detrás de un escritorio, plenos en su comodidad. La gente del pueblo, el cielo y las palomas saben bien quiénes son los que ponen el hombro acá. El viento trae un latir de historias, el caserío se apronta para recibir el atardecer. Son 20, acaso 30 los habitantes de López Lecube, ellos lo saben: viven en lugar más lindo del mundo. Hay una energía especial aquí.