El caballo es mágico, es un animal que se impone y al mismo tiempo es dócil y se entrega cuando lo monta un niño. Mas allá de todo lo que aporta a nivel terapéutico, el contacto con un animal tan grande que responde a las órdenes, brinda autonomía a los chicos, estimula la parte sensorial, de contacto, en un entorno rodeado de naturaleza“, cuenta Celeste Álvarez, instructora de equinoterapia del centro ubicado en el conurbano bonaerense.

Ella interrumpe la entrevista cuando llega una pareja con un niño con parálisis cerebral que viene a su primera clase y se resiste a subir al caballo, por lo que Celeste se acerca a la rampa preparada para subirse al animal, monta con él que primero está rígido, pero que luego del primer susto por el estornudo del equino, concluye varias vueltas a la pista acariciando a la yegua.

Respetamos los tiempos de cada chico. A veces, se quedan en la rampa y tardan algunas clases en subirse al caballo, otros lo hacen la primera vez. Cada uno es distinto”, aclara la profesora de 35 años que trabaja en equinoterapia desde que era adolescente, que fue voluntaria en distintos espacios y que estudió profesorado en educación especial.

Valeria es una adolescente que convive con una discapacidad mental y que desde la pista, montada en ‘Muñeca’, saluda, ríe, abraza a la yegua, mientras dos asistentes acompañan su andar y le ofrecen distintos objetos para que juegue mientras monta.

“Estos chicos ya tienen otras terapias en consultorios, en lugares cerrados con kinesiólogas, terapistas ocupacionales, fonoaudiólogas, con mucha carga horaria. Acá vienen a divertirse. Puedo programar una clase con objetivos a cumplir pero tiene que ser jugando”, detalla Álvarez.

En el Hípico San Isidro decidieron que los niños, niñas y adolescentes que hacen equinoterapia compartan la pista ecuestre de práctica con otras personas que hacen equitación convencional: “La idea es integrar, vamos adaptando las clases“, cuenta la instructora.

Mía tiene 5 años y llegó en mayo a las clases junto a su mamá Cecilia que estaba preocupada por el miedo que generaba en su hija el contacto con animales. “Ella tiene un retraso madurativo. Cuando veía animales se aislaba aún mas, así que decidimos traerla a equinoterapia. Estamos más que contentos, porque ahora ella no está tan temerosa, socializa, adquirió concentración, equilibrio”, relata la mamá.

Una de las trabas de este tipo de terapia era el costo económico, pero ahora “las obras sociales la reconocen, gracias a la lucha de muchas familias. Se trata de familias que pagan muchas terapias. El costo de vida de quien tiene un nene con discapacidad es alto”, resalta la profesional.

La especialista resalta que los beneficios terapéuticos del caballo fueron mencionados por Hipócrates (“padre de la medicina”) en el año 460 A.C; que las primeras investigaciones específicas sobre la terapia son del año 1875 y que al finalizar la I Guerra Mundial, en Gran Bretaña, una mujer llamada Olive Sands puso sus equinos a disposición del Hospital de Oxford para que sean utilizados con los pacientes sobrevivientes de la contienda bélica.

La equinoterapia brinda la posibilidad de vivir una vida diferente y hacer florecer en su interior, la alegría y las ganas de vivir. Los padres y familiares de los pacientes adquieren un sentido de confianza que les permite apoyar los chicos en su camino hacia la autodependencia y la autoestima”, reseña Alvarez.